Monólogo del atardecer


Para comenzar digamos que soy Samuel Gordiani, inquilino de varias semanas en éste, el mejor hotel de la ciudad. Digamos que estoy aquí por razones puramente comerciales, que he tenido más éxitos del esperado y que hoy viernes he concluido bastante temprano en la tarde dimisión de mercadear los fabulosos productos cosméticos de la Casa Ardina. Me encuentro aquí en el tranquilo bar del Hotel sorbiendo sin mucha premura un martini preparado con auténtica vodka rusa. Digamos que estoy leyendo en el diario vespertino los últimos acontecimientos; sobre todo, digamos que tengo una comprensión sobrepromedio de la política y la economía, tanto a nivel insular como internacional, y que, de no ser por este afán de correrías, hubiera podido ser un auténtico profesor universitario. Digamos, que estoy entregado a la lectura con el entusiasmo del hombre que ha terminado todas las preocupaciones de la semana, que estoy sumamente tranquilo y escucho la música lejana de algún transmisor radial. Digamos, por fin, que usted entra al bar y sin media palabras, con pasmosa tranquilidad, saca, sin saber de dónde, su revólver Magnum 44, dispara a quemarropa, y caigo, sin decir palabras, sin despedirme, tendido en el periódico de la tarde.

Angel Maldonado
No. 87, 1981
Tomo XIII – Año XVII
Pág. 721

Los seres térmicos


Al visionario y teósofo Rudolf Steiner le fue revelado que este planeta, antes de ser la tierra que conocemos, pasó por una etapa solar, y antes por una etapa saturnina. El hombre, ahora, consta de un cuerpo físico, de un cuerpo etéreo, de un cuerpo astral y de un yo; a principios de la etapa o época saturnina, era un cuerpo físico, únicamente. Este cuerpo no era visible ni siquiera tangible, ya que entonces no había en la tierra ni sólidos ni líquidos ni gases. Sólo había estados de calor, Formas Térmicas. Los diversos colores definían en el espacio cósmico figuras regulares e irregulares; cada hombre, cada ser, era un organismo hecho de temperaturas cambiantes. Según el testimonio de Steiner, la humanidad de la época saturnina fue un ciego y sordo e impalpable conjunto de calores y fríos articulados. “Para el investigador, el calor no es otra cosa que una substancia aún más sutil que un gas”, leemos en una página de la obra Die Geheimwissennschaft im Umriss (Bosquejo de las Ciencias Ocultas). Antes de la etapa solar, espíritus de fuego o arcángeles animaron los cuerpos de aquellos “hombres”, que empezaron a brillar y a resplandecer.

¿Soñó estas cosas Rudolf Steiner? ¿Las soñó porque alguna vez habían ocurrido, en el fondo del tiempo? Lo cierto es que son harto más asombrosas que los demiurgos y serpientes y toros de otras cosmogonías.

Jorge Luis Borges
No. 87, 1981
Tomo XIII – Año XVII
Pág. 717

El ibis


El ibis dormido es funámbulo sedentario, palafito, sueño clavado en un alfiler; el estallido de las alas, cuello, ojos y ambiciones carroñeras siempre es inminente. Es un ser creado por deseos portentosos. Pieza de coleccionista, mas antiguo que las ruinas donde posa el almohadón en que consiste, permanecerá inmutable más que la piedra susceptible al modelado —por decirlo así— de aire, agua, albañiles y ociosos. Flor de pluma, venerado y execrado, pájaro divino, entre tantas maravillas nada iguala la arquitectura del hueso metatarsiano de su pie ni la sociedad secreta que infaliblemente conspira en su rodilla. Sin ellos no sería ni asombro ni dios, lloraríamos su majestad como a la ciudad saqueada, y yo no habría escrito el discurso que aquí llega a su término.

Hugo Hiriart
No. 87, 1981
Tomo XIII – Año XVII
Pág. 715

Génesis

Llevó Dios todos sus proyectos a la práctica. Separó tinieblas, abismos, precipicios, reglamentó mares, encausó ríos, puso simientes y en abierta expansión, dejó volar las aves.

En el sexto día todo era bueno y salió a caminar. Llegado el mediodía el sudor perlaba su frente; hizo Dios un alto en el camino para mirar el intenso azulear del día y se limpió el sudor con el dorso de la mano; dos gotas cayeron y formaron lodo con el polvo. De una nació un hombre bello y absolutamente blanco.

Más se sentía un vacío y viendo Dios que no se llenaba, preguntó:

—¿Y la mujer?

Le contestó el hombre:

—Llegará tarde, señor; se fue de compras porque no tenía nada que ponerse.

Alma Molina Peñuñuri
No. 87, 1981
Tomo XIII – Año XVII
Pág. 713