Metamorfosis

Mis ojos son dos rendijas sin pestañas, la nariz está completamente achatada, la boca se encuentra unida con una goma verde acementada, mis orejas tienen dos tapones aislantes del ruido. Mi cuerpo es una enorme bola cubierta de una costra de púas. Manos y pies desaparecieron de mi exterior y me crecen por dentro. Todo este aislamiento me lo procuré a mí misma al comprobar con tristeza la realidad de la condición humana. Hoy habito una gran caja de cristal en el salón de fenómenos del Museo de Historia.

Miles de ojos curiosos se clavan en mi horror día tras día y se asombran incapaces de reconocer en mí el efecto de sus obras.

Los lunes, cuando limpian el museo y apagan todas las luces, me ruedo despacito hasta mi esquina favorita. Ahí lloro en silencio, mis uñas dejan de arañarme. Alargo los brazos hasta que se tocan con mis manos y entonces, sólo entonces, me abrazo en silencio dentro de mi entraña profunda y oscura.

Beatriz Sanromán
No. 87, 1981
Tomo XIII – Año XVII
Pág. 771

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Marcelino Cereijido

Marcelino Cereijido

(Buenos Aires, 1933)

Es doctor en fisiología por la Universidad de Buenos Aires. Realizó su posdoctorado en la Universidad de Harvard. Se ha desempeñado como profesor e investigador en el Instituto de Fisiología de la Universidad de Múnich y en el departamento de biología celular de la Universidad de Nueva York. Es profesor emérito del Centro de Investigaciones y Estudios Avanzados del Instituto Politécnico Nacional, en México. Ha sido asesor del Centro Latinoamericano de Biología de la UNESCO. Es miembro de la Comisión Dictaminadora del Sistema Nacional de Investigadores de México y del Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia de la República. Ha recibido los premios Nacional de Ciencias y Artes (1995) y el Premio Internacional de Ciencias Bernardo A. Houssay (1993) de la Organización de los Estados Americanos, entre otros. Es autor de más de un centenar de artículos científicos y de libros como La madre de todos los desastres; La muerte y sus ventajas; La ciencia como calamidad; y Ciencia sin seso, locura doble[1]

Sísifo

¡Imbécil! Fue el día de mi cumpleaños. Recuerdo que le pedía a Dios que hiciera retroceder el tiempo y me enviara por unos días a mis años juveniles. Yo le avisaría cuando quisiera que me regresara a los cuarenta y siete.

Y por ahí ando. Nuevamente haciendo el mapa de geografía, otra vez esperando a Luis que va a morir a los veinte, volviendo a llorar el desprecio de Ema, y siendo Julián que conversaba con papá en la casa de la avenida.

Y, por supuesto, a mí a esa edad ni se me pasaba por la cabeza que fuera el regreso de un hombre maduro, ni se me iba a ocurrir algo tan insólito como pedirle a Dios que me enviara a los cuarenta y siete.

Y aquí estoy ahora, congelado en este futuro hueco, en esta inmortalidad idiota, temiendo —teniendo la certeza— de que dentro de algunos años, cuando la vida de Julián esté a punto de desembocar en mí para que prosiga esta historia ridícula y se termine todo de una buena vez, a él se le va a dar por pedirle a Dios que lo envíe a los años juveniles.

Y yo sé que va a ser así, pues es lo que siempre hace Julián cuando cumple los cuarenta y siete y se pone nostálgico, imbécilmente nostálgico.

Marcelino Cereijido
No. 87, 1981
Tomo XIII – Año XVII
Pág. 765

De las distintas clases de mentes


Decía el filósofo Chi Hua, quien asimismo tenía experiencia como arquitecto y era misógino: la mente del ser humano se parece notablemente a las construcciones que levantan los hombres para habitar en su interior. La mente del niño es un cuarto único, amplio, blanco y soleado donde se van colocando las cosas esenciales. La del adolescente empieza a dividirse en unos pocos cuartos, pero con menos luz y algunos pasadizos. La mente del adulto está distribuida en numerosos compartimentos amontonados caprichosamente, con pasillos, escaleras rectas y de caracol, y los baña una luz artificial potente y engañosa. La del anciano ha derribado tabiques innecesarios y hay de nuevo un solo cuarto, cada vez más despojado de cosas, una mesa y una cama. En cuanto a la mente de la mujer —sonreía Chi Hua con malicia—, es como un laberinto en contínuo movimiento lleno de luces fugaces y sombras ilusorias de insignificancias que cambian continuamente de sitio.

Rodolfo Modern
No. 87, 1981
Tomo XIII – Año XVII
Pág. 761