Sísifo

¡Imbécil! Fue el día de mi cumpleaños. Recuerdo que le pedía a Dios que hiciera retroceder el tiempo y me enviara por unos días a mis años juveniles. Yo le avisaría cuando quisiera que me regresara a los cuarenta y siete.

Y por ahí ando. Nuevamente haciendo el mapa de geografía, otra vez esperando a Luis que va a morir a los veinte, volviendo a llorar el desprecio de Ema, y siendo Julián que conversaba con papá en la casa de la avenida.

Y, por supuesto, a mí a esa edad ni se me pasaba por la cabeza que fuera el regreso de un hombre maduro, ni se me iba a ocurrir algo tan insólito como pedirle a Dios que me enviara a los cuarenta y siete.

Y aquí estoy ahora, congelado en este futuro hueco, en esta inmortalidad idiota, temiendo —teniendo la certeza— de que dentro de algunos años, cuando la vida de Julián esté a punto de desembocar en mí para que prosiga esta historia ridícula y se termine todo de una buena vez, a él se le va a dar por pedirle a Dios que lo envíe a los años juveniles.

Y yo sé que va a ser así, pues es lo que siempre hace Julián cuando cumple los cuarenta y siete y se pone nostálgico, imbécilmente nostálgico.

Marcelino Cereijido
No. 87, 1981
Tomo XIII – Año XVII
Pág. 765

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