El último juego


Ahí estaba esperando el momento de tomar la decisión. Esta vez todo estaba preparado. Iba a contemplar por fin, el último momento antes del gran viaje. Por mucho tiempo se había preguntado cómo serían los instantes entre dos mundos, entre dos realidades distintas. El espejo que minutos después serviría para contemplar su obra, se encontraba colocado frente a la chimenea. Tenía la seguridad de que un suicidio bien ejecutado podía ser una obra de arte. Se vio por última vez. Su rostro había envejecido durante los últimos días. Apenas pudo pasar la saliva que resbaló despacio por la garganta. El día estaba nublado. Este era el final de todos los juegos. Tomó la pistola y la llevó hasta la boca. Miró el cañón y lo introdujo hasta cerca de la garganta. Mano firme, el dedo empezó a apretar despacio. Se volvió a ver el espejo; para su sorpresa, no reflejaba nada. Quiso detenerse, pero el dedo ya había apretado el gatillo.

José Enrique Patlán
No. 75, Enero-Febrero 1977
Tomo XII – Año XII
Pág. 161

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Vedettes

La luz de las lámparas bañaba aquellos cuerpos casi desnudos, maniquíes sudorosos cuyas piernas bailaban rítmicamente al compás de aquel interminable y ensordecedor murmullo.

Detrás de sus miradas decididas, se podía adivinar fácilmente sus pensamientos.

—Tendré dinero, fama, gloria… Es necesario que triunfe.

De pronto vino la oscuridad… El silencio absoluto… La cara de la marioneta desplomada estaba distorsionada, su actuación había acabado y casi imperceptiblemente alcanzaba a escuchar la voz del tercer protagonista en aquel escenario:

—Seis… siete… ocho… nueve… ¿Fuera!

La obra brutal terminó en el primer round.

Luis Quijano Rivera
No. 75, Enero-Febrero 1977
Tomo XII – Año XII
Pág. 147

Una moneda


Un hombre tenía entre sus manos una moneda; la miraba atento, mientras rodaba en el malabarismo que le imprimía con sus dedos.

Me atreví a preguntarle: ¿Qué tiene su moneda?

—Esta moneda encierra mi futuro —y me la mostró.

La moneda era rara, en una de sus caras tenía el símbolo de la ilusión; en la otra el signo de la prosperidad.

—¿Por qué guarda su porvenir? — inquirí de nuevo.

—Porque soy indeciso, la lanzaré al aire y ella me lo dirá.

Frotándose las manos con entusiasmo, lanzó la moneda con tal fuerza, que la vimos subir, subir… despidiendo destellos de luz.

La cara del hombre se fue descomponiendo…

La moneda nunca bajó.

Moisés Plata Becerril
No. 75, Enero-Febrero 1977
Tomo XII – Año XII
Pág. 143

Retorno

Tras arduas buscas, un aviador lo percibió a la mitad del desierto. En el viaje de retorno fue hundiéndose en el silencio, con la mirada perdida bajo los párpados inmóviles aún blanqueados de arena. Se mantuvo indiferente a los gritos de alegría, los abrazos y las caricias de los suyos, a las preguntas de los periodistas, a los lampos de los fotógrafos. Tardó algún tiempo en adaptarse a la —como suele decirse— vida común y corriente, y a la ciudad, y a los trabajos y los días, y al acto conyugal y al futbol por televisión. A veces, solo, en la alta noche, se enfrentaba al espejo de la salita hogareña, no para mirarse, sino para contemplar el solitario horizonte de arena y cielo y luz que veía extendido a sus espaldas, y se preguntaba si su exilio duraría toda la vida.

José de la Colina en Espejismos
No. 75, Enero-Febrero 1977
Tomo XII – Año XII
Pág. 138

José de la Colina
No. 89, Enero-Febrero 1984
Tomo XIV – Año XIV
Pág. 145