Del ascensor a la puerta

Nada me aprovecha más que abrir ceremoniosamente la puerta del ascensor a un rengo. Eso dignifica. Qué gusto verlo descender y ascender mientras camina combando la pierna. Si el rengo es de la pierna izquierda. Dios no lo permita, soy un puro estropajo de alegría. Porque entonces me coloco a su izquierda y respetuoso de los defectos ajenos le cedo el paso con una sonrisa de epopeya.

El pícaro sonríe, pero agacha la cabeza como si le avergonzara salir primero y acelera su comba hacia la salida. Esto ya, decididamente, no lo puedo permitir y casi a la carrera llego a la puerta de salida. A esta altura al rengo le he sacado tres o cuatro metros de ventaja y ostentosamente abro la puerta y ostentosamente la dejo abierta y el rengo (un poema, un compás no haría mejor esa comba) acelera y acelera hasta creer alcanzar esa puerta que yo sostengo, que voy a soltar no bien el rengo confiado me lo quiera agradecer con su tempestuosa sonrisa de rengo. Y rengo, pierna combada, sonrisa, renguera, todo resulta atropellado por la puerta soltada, acelera como corresponde.

Los miércoles repito esa operación a la inversa (puerta de entrada ascensor).

Ramón Plaza
No. 75, Enero-Febrero 1977
Tomo XII – Año XII
Pág. 171

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