Pitigrilli

Pitigrilli

Seudónimo de Dino Segre.

(Turín, 9 de mayo de 1893 – Turín, 8 de mayo de 1975)

Hijo de David Segre, de religión judía y de Lucia Ellena, católica, quien lo hizo bautizar con el desconocimiento del padre. Se graduó en Leyes en la Universidad de Turín en 1916.

Formó pareja por poco tiempo con la poetisa Amalia Guglielminetti. Se desempeñó como periodista y escritor de novelas.

En 1921 publicó Cocaina, una de sus más reconocidas obras.

En 1924 fundó la revista literaria Grandi Firme, la cual atrajo un público de jóvenes literatos. La revista se editó hasta 1938, cuando el gobierno fascista la prohibió.

A partir de 1930 viajó por Europa, estableciéndose primordialmente en París, alternando breves períodos de permanencia en Italia. Regresó a Italia en 1940, arriesgándose a ser detenido por ser judío, y se mudó con su familia a Suiza en 1943, donde se quedó hasta 1947.

En 1948 viajó a la Argentina, donde se radicó por diez años. Regresó a Europa, permaneciendo más que nada en París con ocasionales visitas a su casa en Turín. Murió en esa ciudad[1].

 

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Coherencia


Después de haber arrojado de los confines de Israel a todos los magos y adivinos, Saúl, dudoso sobre el éxito de la batalla contra los filisteos, fue a Endor para consultar a su pitonisa.

Pitigrilli
No. 28, Febrero 1968
Tomo V – Año IV
Pág. 336

Iván Sergueievich Turgueniev

Iván Sergueievich Turgueniev

(Oriol, Rusia, 1818-Bougival, Francia, 1883) 

Escritor ruso. Perteneciente a una familia noble rural, pasó su infancia en la hacienda materna, hasta que se trasladó a Berlín para seguir estudios superiores, momento en que entró en contacto con la filosofía hegeliana. De vuelta a su país, inició su carrera literaria con relatos que se inscriben dentro de la estética posromántica del momento (años treinta), mientras trabajaba como funcionario público, cargo que abandonó en 1843 por un gran amor, Pauline Viardot, cantante rusa constantemente en gira, con la que Turgueniev mantuvo una apasionada relación.

Con la publicación en 1852 de Apuntes de un cazador consolidó su fama de escritor, al tiempo que era condenado al destierro de sus propiedades por parte del gobierno con motivo de un artículo sobre Gogol, autor considerado subversivo. Siguió escribiendo relatos, hasta que publicó su primera novela, Rudin (1856), en la que desarrolla por extenso su teoría de los hombres «superfluos», jóvenes intelectuales formados en la universidad e inflamados de ideas revolucionarias, incapaces, sin embargo, de operar en la sociedad. Siguen la misma línea las novelas Nido de hidalgos (1859), donde defiende ideas eslavófilas, y Vísperas (1860).

En parte como respuesta a las acusaciones recibidas por esta última, de no crear héroes positivos, escribió Padres e hijos (1862), en la que retoma sus ideas sobre los nuevos hombres progresistas, que él denominó «nihilistas», y con la que le llegó el reproche de los críticos sobre su condición de rentista que alienta de forma prudente, y sólo con la pluma, ideologías reformistas.

Turgueniev, dolido, se mantuvo a partir de entonces alejado de las controversias ideológico-políticas del momento, mientras ya estaba definitivamente instalado fuera de Rusia, a caballo entre Alemania y Francia y se dedicaba a escribir algunas novelas cortas (Aguas primaverales, 1870), relatos y algún drama y poemas en prosa. Murió en Francia al lado de Pauline, la familia de ella y algunos amigos escritores[1].

 

No se conocían


Una vez se le ocurrió al Ser Supremo dar un gran festín en sus palacios azules. Y todos los virtuosos fueron invitados a él.

Reuniéronse muchedumbre de ellos…, grandes y chicos. Los pequeños virtuosos resultaban más simpáticos y amables que los grandes; pero todos parecían satisfechos…, y cortésmente conversaban entre sí, como cumple tratándose de parientes próximos y de amigos…

…Pero he aquí que el Ser Supremo hubo de fijarse en dos bellísimas señoras que, al parecer, no se conocían. Y el anfitrión cogió de la mano a una de aquellas damas y la presentó a la otra.

—¡La Beneficencia! —dijo señalando a la primera.

—¡La Gratitud! —añadió, señalando a la otra.

Ambas virtuosas se miraron con indecible asombro; desde que el mundo es mundo… —y miren si hace tiempo— ¡aquélla era la primera vez que se encontraban!

Iván S. Turgueniev
No. 28, Febrero 1968
Tomo V – Año IV
Pág. 335