Apariciones


Tranquila y en extremo discreta era aquella familia que habitaba la escondida casona. Únicamente faltaba a sus costumbres silenciosas las noches en que todos se reunían en la gran sala gótica, para escuchar a la abuela que arrancaba antiquísimas melodías al clavicordio.

Mas no hay dicha perdurable en este mundo. Y una noche, confirmando temores y sospechas de los distintos familiares, el padre dijo con voz que anhelaba ser firme, pero en la que temblaba el miedo:

“Tendremos que abandonar esta casa. Ya no cabe la menor duda de que los vivos se están apareciendo en ella”.

Jorge Mejía Prieto
No. 88, Septiembre- Noviembre 1983
Tomo XIV – Año XIX
Pág. 51

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La isla del maquillaje


La isla del maquillaje donde los expertos de la Agencia Encantada conocían los secretos más íntimos de Mesalina la cortesana de los pezones dorados, y conocían la fórmula del agua de Tristán y del aceite de vitriolo que tiñe los cabellos de rubio, y los secretos de los tatuajes maoríes y de las toilettes de Cleopatra y Belinda y las virtudes de las lociones de glándulas de cocodrilo y sangre de lobo de Isabel de Baviera y de los cosméticos creados por los Macaroni, y donde las cremas, lápices labiales, makeups, polvos y coloretes Max Factor, Revlon, Elizabeth Arden y Mary Quant reviven las glorias pasadas de Ninon de Lenclos, Madame Du Barry, Mae West y Marie Duplessis, y donde —según le explicó el guía a Palinuro— se preparan los productos de la Agencia Encantada para las fotografías y filmaciones. Nuestros expertos saben, por ejemplo, que el burbujeo de una cerveza se pierde en unos segundos y que la crema de un postre de gelatina Jell-O se derrite con el calor de los reflectores, como se derriten las gotas de sudor de un vaso de Seven.Up helado, o la grasa de una pierna de jamón Parma. Por lo tanto, para que cada producto esté listo para la fotografía que lo inmortalizará de por vida en la revista del mismo nombre , o para la filmación del comercial que será admirado por cientos de millones de personas, le ponemos Alka-Selzer a la cerveza y sustituimos la crema del postre por pasta de dientes y las gotas de sudor del vaso por gotas de glicerina y barnizamos con laca cada pierna de jamón. Otras cosas que hacemos en esta isla del maquillaje —le dijo el guía a Palinuro— es peinar a las alfombras Luxor, vestir de gala a las latas de puré de tomate Del Fuerte y de etiqueta a los cigarrillos Players, modelar los senos de los basieres Cross-My-Heart y pintarle la boca a las cajas de té Lipton para que sonrían a las cuatro en punto. Aquí verá usted cómo nuestros expertos se esmeran en sacarle brillo a los guardafangos de los automóviles Mercury hasta que en ellos se refleja, de cuerpo entero, el dios del comercio y protector de los ladrones. Aquí le ponemos bandeja de plata al lubricante Esso, que puede servirse en copa de cristal de Bohemia para brindar por la salud de los cilindros de su automóvil. Aquí, por último, en esta Isla, le ponemos pestañas postizas a las cámaras Retina para que provoquen, con los guiños de su obturador, el amor instantáneo y memorable.

Fernando del Paso
No. 88, Septiembre- Noviembre 1983
Tomo XIV – Año XIX
Pág. 49

De los regalos y sus convenientes


Cuando F´ang, en el periodo de reinado que se conoce con el nombre de “Época de Exilio” se vio obligado a mendigar por los caminos, se detuvo frente a la casa del poderoso comerciante Hu-San a quien había distinguido tantas veces con sus favores. Pero no quiso pedirle nada, porque los inmensos mastines de Hu-San que lo aguardaban en actitud amenazante eran uno de los muchos regalos que le hiciera.

Rodolfo Modern
No. 88, Septiembre- Noviembre 1983
Tomo XIV – Año XIX
Pág. 28

El hogar de los abuelos


El tiempo se detiene, perennemente silencioso, en la casa de los abuelos. Tirado en la rústica cama, que antaño me pareciera tan ancha, contemplo el rubio sol que penetra por la ventana y hace visibles las partículas de polvo atmosférico. Me basta cerrar los ojos para sentirme niño otra vez, y sin preocupaciones, como cuando me iba quedando dormido mientras los ojillos de mi abuela, perdidos entre la arrugas, me contemplaban cariñosamente. Recuerdo cómo, entre sueños, me parecía oír la estridente huida de una gallina mientras la sirvienta gritaba: ¡Chucho! Con las tibiezas de la noche despertaba, sobresaltado, pensando que algún gigante me arrojaba al pozo e inevitablemente volvía los ojos hacia el patio, para cerciorarme de que el aljibe estaba tapado. Nunca supieron ellos mis temores, como no saben ahora del cansancio, amargura y desaliento, gigantes nuevos que me atormentan ahora. En vano, al escribir, trato de dar a estos recuerdos valor universal. Porque… ¿quién no ha tenido abuela y no ha corrido gritando por entre la hierba de un viejo solar? Y, ya adulto, preguntando el enigma de la vida a una lluvia de sol que penetra silenciosamente por una ventana y nos muestra, en partículas de polvo, lo que será de nosotros. ¡Ah, verdaderamente los años no dejan mucha huella en la casa antañona y sus moradores! Sólo la reata del pozo, las piedras del zaguán, que se desgastan, y los cabellos cada vez más blancos de mi abuela me dicen que inevitablemente el tiempo ha pasado y que el zumbido de moscas que arrullan el silencio proviene de distintas a las que ayer volaron.

Mario Mora Barba
No. 88, Septiembre- Noviembre 1983
Tomo XIV – Año XIX
Pág. 27