Comprensión


En el momento de abandonarle, ella comprendía que era un buen hombre —el mejor de los hombres— que la había hecho feliz y que seguiría haciéndola feliz toda su vida. Ella comprendía que, al irse, lo mataba y que ella misma sería desgraciada. Comprendía que le seguía queriendo como el primer día, que quizá le amaba más que entonces. Comprendía, por otra parte, que el seductor era un hombre despreciable, que no la quería ni la querría nunca, que la abandonaría en breve dejando su vida rota. También comprendía que ella misma —la seducida— no amaba al seductor y ni siquiera se sentía verdaderamente atraída por él. ¿Por qué se iba entonces?

Porque —a pesar de todo— había decidido hacerlo.

N. D.: El apólogo anterior puede parecer al lector una curiosa anomalía o divertida excepción. Lo esencial es —por tanto— que comprenda que el autor no le cree tal excepción, sino que —muy al contrario— lo propone como regla general.

Luis Martín Santos
No. 88, Septiembre- Noviembre 1983
Tomo XIV – Año XIX
Pág. 81

Largo vuelo


El gigantesco aparato, un Jumbo Jet-747, se disponía, después de 98 horas de vuelo ininterrumpido, a aterrizar en su lugar de destino. Las condiciones del vuelo habían sido perfectamente normales y no hubo problemas con la manera especial de autoabastecer en el aire al avión.

Salió el tren de aterrizaje y se oyó la voz característica de la aeromoza anunciando a través de los parlantes del aparato lo siguiente: “Su atención, por favor, señores pasajeros. TWZN, su línea aérea predilecta, les agradece su gran voluntad de viajar con nosotros durante todo ese tiempo y por tan larga travesía. Gracias por habernos seleccionado. Dentro de contados momentos estaremos aterrizando en el Aeropuerto Internacional del Infierno. Por favor, apaguen sus cigarrillos, coloquen sus espaldas en posición vertical y ajústense los cinturones.

Gracias”…

José Gregorio Lobo
No. 88, Septiembre- Noviembre 1983
Tomo XIV – Año XIX
Pág. 75

El minotauro, o “Yo también soy los clásicos, u Homenaje a Borges


Otra leyenda cuenta que el héroe, llegado al centro del laberinto, no encontró ningún minotauro y que durante años y más años dio vueltas y más vueltas y finalmente murió allí dentro, pues el Laberinto era sólo el otro nombre del Minotauro.

José de la Colina
No. 88, Septiembre- Noviembre 1983
Tomo XIV – Año XIX
Pág. 72