Y la bajaron del cerro…

A mi mujer la bajaron del cerro a tamborazos, y de tanto pedirle que leyera las obras de Borges y escuchara la música de Wagner, se le fue quitando lo tarugo. Una tarde se acercó para preguntarme hacia dónde fluye el tiempo cósmico. Yo estaba en un de esos días malos en que el calor de agosto me atrofia más de la cuenta, así que sin pensarlo mucho le dí mi mejor respuesta: “El tiempo fluye hacia el futuro”. Se me quedó viendo con sus ojos claros y luego me respondió: “La humanidad retorna con demasiada prisa hacia la alta barbarie; el hombre disfruta desatando guerras; usa los alimentos como arma estratégica; adquiere poder y humilla a los demás y por si fuera poco, rompe la armonía de la naturaleza”.

Sus palabras me hicieron recordar el día en que la conocí; estaba de pie, toda entelerida, mirando con terror las luces de neón; el ruido descomunal de la ciudad le produjo parálisis y su mente buscaba encontrar la orientación en aquel mundo que no era el suyo. Ahora estaba preguntando cosas difíciles.

De súbito comprendí que ella pensaba como yo lo hubiera hecho en otro tiempo y tras reflexionar, le dije: —Tienes razón, el tiempo fluye hacia el pasado, porque hasta yo me estoy volviendo un pendejo.

David Rangel Tapia
No. 102, Abril-Junio 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 178

De verdad

Tres hombres llegaron al enorme portón del edificio de la ITA. Eran aproximadamente las ocho de la noche. Sonaron el timbre y esperaron. El guardián abrió la ventanita pata indagar.

—Somos de la policía de Investigaciones, dijo el que parecía ser el jefe. —Nos acaban de avisar que en este edificio han colocado una bomba.

El hombre con tamaños ojos abiertos ante la noticia, abrió el zaguán y dijo que no habían colocado nada parecido.

—Entonces apártate, —dijo el jefe mientras lo encañonaba y desarmaba—, porque la vamos a poner nosotros.

—Ahora corré, —dijo uno de los guerrilleros—. Porque ésta si es de verdad.

Y salieron los cuatro en carrera abierta.

Melitón Barba
No. 102, Abril-Junio 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 171

El secreto

El caracol de Quechuícuí se formó para hacer feliz a la gente; a los dueños de las manos que pudiesen acariciar su caparazón. Es de una especie tan rara que apenas fue bautizado por el viejo Azue en el punto más verde del Chumbayel, donde hasta los murciélagos se alimentan de alcohol con sueños, y donde la vieja compañera de Azue se deja desenrrollar las arrugas con los besos y caricias de su EL.

Ambos callan su secreto. ¿Quién iba a creerles que el caracol de Quechícuí nació de esas caricias, de esas canas?; ¿Quién les iba a creer que todavía disfrutan haciendo el amor?

Los viejitos se acoplan y se acoplan para seguir haciendo caracolitos que rueden en los ríos para dar felicidad a los hombres.

Yo soy uno de ellos y todavía espero la mano que ha de acariciarme.

Rosalía Martín del Campo y Souza
No. 102, Abril-Junio 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 170

Tanatos

6:45

Los bombardeos eran exactos. Desde mi pantalla los podía apreciar. En línea recta, con su ruido característico de anfibios galácticos Desde mi puesto de mando, por instinto, podía ejercer algún control antes que las víctimas cayeran o se diluyeran simplemente en curiosas explosiones. Mi angustia les daba alguna forma de defensa, pero realmente sólo retardaba su fin. El tiempo corría; mi mano izquierda manipulaba automáticamente los controles y con la derecha me tocaba la sien. Desde mi punto de visión me sentía un privilegiado; pero no lo era: también a mí se me acabaría el tiempo. La embriaguez de las explosiones era total; uno desea no acabar nunca. Por eso perdí la cuenta sobre los últimos bombazos.

Entonces el juego de video se apagó.

6:50

Diez pesos más al tragamonedas.

Etc. etc.

Jorge Antonio García Pérez
No. 102, Abril-Junio 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 167