Precocidad

Lindo bebé de mamá que desde el vientre supo lo inútil que sería la vida que al nacer lloró tanto que terminó ahogándose en las aguas saladas de su incontenible llanto.

José Marcelo del Castillo
No. 102, Abril-Junio 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 180

En las naves

A Carmen Toscano

“Veinte años hace que dejamos nuestra patria. Veinte años tras la misma suerte. Hace un momento salvábamos el cadáver de Patroclo de la furia de Héctor y de Eneas, y yo, con mi grito, vibraba el oído y el corazón de los aqueos. Pero, ¿de qué sirven el coraje y el combate si la mujer amada está cerca y a la vez demasiado lejos? Vaya, una guerra por una mujer, y para colmo mi mujer. Hace un momento escuchaba las lamentaciones de Aquiles por la muerte de Patroclo, su mejor amigo, en tanto mi hermano, Agamenón, se paseaba inquieto por las naves y la playa. Ha de pensar que somos una raza maldecida y maldita, y que nuestra sangre —la sangre de los atridas— está manchada para siempre. Hemos sido crueles en la esperanza y lo seremos más en la victoria. Pero, ¿Habrá victoria? ¿Podré volver a Esparta, con ella, mi esposa…? ¿Podré olvidar estas playas, los muros, el mar, las esperas? No lo creo…”

La noche se ha cerrado. Como en la tierra un rebaño de cabras corre a través de los campos, así, allá lejos, allá arriba, un rebaño de estrellas pace en el jardín del cielo. La noche está azul y verde, y allá, tras los muros, con el resplandor de la luna, se ilumina el cuerpo de Helena, la mujer más bella de las mujeres.

Marco Antonio Campos
No. 102, Abril-Junio 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 179

Alejandro Rossi

Alejandro Francisco Rossi Guerrero

(Florencia, 22 de septiembre de 1932, México, D.F., 5 de junio de 2009)

Fue un filósofo y escritor mexicano de origen italiano. Bien conocido en México, su país de adopción, por su trayectoria filosófica y por haber sido estrecho colaborador de Octavio Paz en sus empresas culturales. Su obra literaria, no demasiado extensa, parece inclinarse por el ensayo, aunque también ha realizado incursiones en la narrativa breve.

Realizó sus estudios en Roma, Florencia, Buenos Aires, y Los Ángeles. Una vez residiendo en la Ciudad de México ingresó a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México donde obtuvo su licenciatura. Realizó estudios de posgrado en Friburgo de Brisgovia y en la Universidad de Oxford. Impartió clases y fue investigador del Instituto de Investigaciones Filosóficas de su Alma máter

Fue cofundador y codirector de la revista hispanoamericana Crítica, así como miembro del consejo de redacción de la revista Plural y director interino de la revista Vuelta. Fue invitado en 1983 al St. Anthony’s College de la Universidad de Oxford en Inglaterra. Luego, preparó la antología José Gaos: Filosofía de la Filosofía (Crítica, 1989) y colaboró en libros como Philosophie und Rechtstheorie in Mexiko (Duncker & Humbolt, Berlín, 1989) y en Philosophical Analysis in Latin America (Reidel Dordrecht, Holanda). Otras obras son “Manual del Distraído” y “La Fábula de las Regiones”. Ha sido autor de ensayos como “Lenguaje y significado” (Siglo XXI, 1968, FCE., 1995). Asimismo rindió homenaje muchos años después a uno de los puntales de su pensamiento, José Ortega y Gasset, en un volumen escrito en colaboración con otros autores (FCE, 1984, 1996).

Rossi primero fue miembro del Consejo de Redacción de la revista Plural, suplemento cultural del periódico Excélsior que encabezaba el poeta Octavio Paz, mientras Julio Scherer García era el director de aquel matutino. Cuando en 1976 (8-07-1976) el diario que fue sometido a un cerco publicitario por el entonces presidente Luis Echeverría Álvarez (1970-1976) —debido a las críticas que se ejercían desde allí contra su gobierno— Rossi siguió a Paz y a sus colaboradores, para fundar la revista Vuelta, siendo su director interino algunos meses; para luego formar parte del Consejo de Redacción hasta el último día en que se imprimió esta. La revista literaria Vuelta fue acredora del Premio Príncipe de Asturias de Comunicación en 1993.

Como escritor, el nombre de Alejandro Rossi ha estado asociado fundamentalmente a un libro que por sí solo hubiera bastado para garantizarle un lugar aparte en las letras hispánicas de los últimos años. Un lugar pequeño en cuanto al espacio, medio oculto, de no fácil acceso, felizmente minoritario. El Manual del distraído, en efecto, es una de esas breves y singulares obras maestras de la literatura. Libro inclasificable, a medio camino entre el ensayo a la manera de Montaigne y el cuento, hecho de pequeños ensayos, narraciones breves, textos de circunstancias y fragmentos cuya unidad reside antes que nada en un tono literario: claridad, fluidez, amenidad y una precisión verbal para la que no se me ocurre calificativo más adecuado que borgeana (pocos autores han asimilado mejor la lección de Borges que Rossi, una lección que es, ante todo, estilística). Una de las peculiaridades de la trayectoria literaria de Rossi es que en su caso no hubo un proceso de aprendizaje visible, una serie de obras en las que paulatinamente fuera madurando su estilo. A la hora de publicar las entregas del Manual del distraído era ya perfectamente dueño de él. Hubo, como se verá, una evolución, pero sus facultades estilísticas básicas ya estaban desarrolladas.

En el primer libro de Rossi destaca, antes que nada, una insólita exactitud verbal, pero también la capacidad de observación, la fascinación por el detalle y por esa épica cotidiana que Eugenio Montale e Italo Svevo conocieron a fondo. Los ensayos del Manual del Distraído (ensayos en el mejor y más auténtico sentido de la palabra, textos como Confiar, Calles y casas o Enseñar) son verdaderos modelos del género y las narraciones, en apariencia sencillas, con frecuencia ocultan algo más, pues el relato, en Rossi, es casi siempre un metarrelato y una reflexión sobre el acto de narrar, rasgo que se agudiza en sus obras posteriores.

Ya en los últimos textos del Manual del distraído aparecen los personajes emblemáticos del mundo narrativo de Rossi: el memorable Gorrondona — el Crítico carnicero, el Búfalo, una enorme masa hecha de bilis, resentimiento y sarcasmo — y el cándido Leñada, el eterno aspirante a escritor, sin olvidar al anónimo narrador de sus historias. La vena paródica de Rossi encontró en el mundo del café literario y sus parroquianos un refugio ideal. Esta es la línea que prosigue en su siguiente obra, ya más puramente narrativa, Un café con Gorrondona. Más de una afinidad guardan estas narraciones con las de H. Bustos Domecq, otra de las referencias clásicas del autor.

Hasta este momento de su obra literaria, todo se desarrollaba con cierta normalidad. Rossi había escrito una serie de ensayos memorables, personalísimos, y creado con un puñado de cuentos un mundo narrativo propio. Faltaba, sin embargo, algo más. Sospecho que no pocos de sus lectores se habrán desconcertado al leer por primera vez los relatos que a la postre integrarían La fábula de las regiones. ¿Qué se le había perdido a Rossi en el trópico, en ese “vasto reino de pesadumbre” que, por otro lado, mostrara conocer tan bien al reseñar El otoño del patriarca en las páginas del Manual del distraído?[1]