Indecisión

El viento inmemorial se agitaba con violencia y hacía remolinos aquí y allá. Penetró algunos metros en la gruta arrastrando tras sí un polvillo de arena con el que, suspendido, formó un montón del tamaño de un puño y, lentamente, fue fabricando un hombrecito ya vestido con ropas exiguas y raídas y que, sin embargo, blandía una lanza azul de una delicada transparencia. No bien estuvo conformado inició el humúnculo una decidida marcha hacia el oscuro interior de la caverna. A los pocos pasos, la alabarda vítrea comenzó a iluminar potentemente todo el misterioso camino dentro del inmenso antro, negro e infinito. El hombrecito parecía muy pálido bajo la iluminación de su lanza pero se le veía fuerte e inagotable. Pasó por entre enormes peñas, por aluviones y minas; cruzó montañas y ríos; enfrentó bestias y demonios. Todo con una determinación inquebrantable. Holló, además, la tierra con marcha incontenible y el propósito de ira hasta el final para encontrar el amor. Ninguno de los más feroces obstáculos ni de las más sutiles ilusiones pudieron separarlo de su designio. Recorrió siete mil veces mil noches y siete mil veces mil días la mayor extensión posible del laberinto, y finalmente, encontró la salida de la espelunca, más allá de la cual estaba el paraíso, el jardín de las delicias.

No obstante, lleva allí diez mil años, en la puerta de la felicidad, sin poder penetrar en ella, con su amor deslizándose entre las manos, un montoncillo de arena que no cobra forma, que se disuelve.

Javier Navarro
No. 102, Abril-Junio 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 197

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Estival

Creo recordar perfectamente. Cuando llegué junto al mostrador pude verlo bien, y, me dije: “Si. Sin lugar a dudas, es un gancho”. Discutía con el patrón del establecimiento, acerca de la calidad de un puñal que sostenía en un a de sus manos (por cierto, el mismo que yo había examinado en ocasión anterior). No pude menos que intervenir. Y, sugerente, le hablé:

—Llévelo, amigo. El material es inmejorable. Su tamaño y su peso, son correctos. Además, su punta es ideal.

Giró sobre sí. Al mirarme, sonrío. Su cara tullida, semejaba un árido llano iluminado por luz otoñal.

—“Vaya, vaya” —me dijo. Solamente, que yo no compro cosa alguna sin antes probarla, “amigo”.

Dijo esto, al mismo tiempo que su maño derecha se extendía en dirección a la puerta. Salimos.

—No te detengas. Dime: ¿qué sucedió después…?

—Perdió la oportunidad de obtener un buen puñal. Yo tenía razón: es magnífico.

Sergio Esparza Jiménez
No. 102, Abril-Junio 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 189

El atentado

La puerta se abrió iracunda. Sorprendido, vi en los ojos del hombre que entró, la pasión por el cuchillo que portaba en la mano derecha. Se precipitó sobre mí con velocidad de vértigo, me hice a un lado y el puñal violó la almohada y el colchón de mi cama. Arremetí contra él con toda mi fuerza pero sólo conseguí que me golpeara. Fui a dar contra la ventana. Desde allí pude observar al otro cuchillero esperando afuera el llamado de su compañero. Sentí miedo. El brazo armado cortó el aire y comprendí que mi camisa era ya un retazo inservible; en un momento estaba tirado de espaldas, con él mirándome, decidido a terminar con todo. Ante su impulso, levanté la pierna apuntando a su cara y sentí la cosquilla del puñal atravesar el tacón del zapato.

Un alarido transformó el ambiente.

Mientras le ayudo a quitarse el calambre de la pierna, mi esposa, recostada a un lado mío, se disculpa por despertarme así, tan bruscamente.

—No te preocupes— le digo. De otro modo ahora yo sería un homicida, o peor aún, estuviera muerto.

Guillermo Lavín
No. 102, Abril-Junio 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 188

Clasificación de los libros

No me molesta que me interrumpan mientras leo, pero, si tiran el libro al agua entonces la cosa cambia. Hay dos clases de libros: Los de hojas de aire y hojas de vidrio. Los primeros son los de más volumen y tienen gran venta. Los de hojas de vidrio tienen 50 hojas. En la primera hoja se puede ver, a través de ella, el contorno del Tibet y una metralleta. En las demás hojas hay colores de tamaño comparable al de un sonido que se vuelca en un espacio no relativo. Luego un gato gris durmiendo sobre cenizas grises en un cuarto gris con puertas rojas de sed. La hoja del centro suele ser sonora, razón por la cual muy pocos la miran; cuando no es sonora equivale a la muerte de un lector, si no se precave.

La hoja 32 está contenida dentro de otra, y está dentro de otro más y así sucesivamente, hasta llegar a un espiral giratorio. Luego está el vacío, y el vacío se contiene a sí mismo. En alguna hoja está el lector mismo viéndose. Habla una imagen con otra, cierran el libro.

La última hoja contiene el fin del tiempo. Por lo tanto nadie la ha leído, a no ser el autor.

Nestor Curbelo
No. 102, Abril-Junio 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 183