Navidad

La mujer era rubia y delgada. Recibió la carta en las últimas horas de la tarde e inmediatamente se vistió y fue. Nadie la detuvo en la entrada. Un hombre gordo estaba sentado en una silla de madera, cerca de los ascensores. Estos eran viejos, con botones verdes en el comando. De un verde muy pálido. La luz, dentro del habitáculo, era fuerte y amarillenta. Tocó el botón del cuarto piso y las puertas se cerraron. Hubo chirridos metálicos hasta que, silenciosamente, el ascensor se detuvo. Se encontró en un corredor mal iluminado. Fue hasta una de las puertas y golpeó. Esperó. Nadie contestaba. Golpeó nuevamente y esperó largo rato. Dio media vuelta y regresó al ascensor. Llamó dos veces. La luz indicaba que se había detenido en el segundo piso. Llamó de nuevo, con insistencia, pero el ascensor permaneció en el segundo piso. Fue hasta el otro ascensor y esperó que llegara. Subió a él. Marcó el botón de la planta baja, pero el elevador continuó ascendiendo. Se detuvo en el piso 24. Sin saber por qué, salió. El ascensor cerró sus puertas y descendió. Había un silencio total en el corredor donde se encontraba ahora. Llamó al otro ascensor, sin éxito. Comenzó a caminar por el corredor escuchando el retumbar de sus propios pasos en las oficinas vacías. Al llegar al fondo había otro corredor. Se detuvo. Miró un momento y luego comenzó a regresar hacia los ascensores. El otro pasillo tenía piso de goma, con canaletas. Miró su reloj. Eran las once, pero no sentía hambre. Se paró frente a los ascensores y los miró un momento. Sintió frío. Caminó unos pasos y vio una escalera. Fue hacia ella. La escalera era de mármol, muy vieja y con gran separación entre los escalones. A un costado se abría un patio, donde había muchas plantas en macetas, y una galería de metal y vidrios gruesos, que parecía muy antigua. Fue hacia la escalera y empezó a subir. Cuando ya había hecho un tramo, miró hacia arriba y vio que los escalones iban haciéndose cada vez más estrechos, hasta terminar en una ventanita de rejas por donde entraba un poco de luna. Se quedó un momento quieta. Luego fue bajando con dificultad, porque tenía zuecos y la escalera estaba empinada. Al llegar al último escalón, se sentó. Puso la cabeza entre sus manos y entonces lloró. Era navidad.

Jorge Ávila
No. 102, Abril-Junio 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 209

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Venganza

Sentí tanto coraje que no me contestaras cuando te pedí hacer el amor que, sin pensarlo más, tiré de la válvula para que el aire de tu cuerpo escapara.

Horacio Benjamín Morales
No. 102, Abril-Junio 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 207

De vuelta a casa

Norma sacó la cartera y preguntó frente a la caja:

—¿Cuánto es?

—Quinientos sesenta.

—Permítame, señorita, por favor. Era una voz varonil sobre su hombro. Norma alisó su pelo discretamente mientras volvía la cabeza para dar las gracias. Se sintió halagada. Recordó que tenía los puntos de la media corridos. Se enderezó sumiendo el estómago y sonrió.

—¿Me permite llevarla?

El olor a lavanda la envolvía.

—Vivo muy cerca.

—Pero está empezando a llover.

Se dirigieron a un Mustang y ella se arrellanó en el confortable asiento.

(Bendita lluvia. Por mí que llueva cuarenta días y cuarenta noches. El tapiz parece de terciopelo. No puedo llegar a casa con este hombre, si lo ve Ernesto tendré problemas.)

—Es en esta calle.

(Puedo decirle que vivo en la casa de la esquina. Ojalá me invitara a cenar, y luego a bailar, ésa sí debe ser vida. ¡Que distinto!)

—¿Y cómo va Susanita en sus clases?

—¿Susanita?

—Susana del Río

—Su… Susana… ¿es usted su papa?

—Si, maestra. ¿No me recuerda? En la última junta de Padres de Familia.

—Ah, sí… Bien… va bien. Es aquí.

Teresa De Riggen
No. 102, Abril-Junio 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 203