Los beneficios de la costumbre


Esta tarde el techo de mi casa podría caerse. Podría caerse sobre mi cabeza. Abrir un hoyo en el piso y arrastrarme bajo tierra. Diez, veinte, treinta metros bajo tierra, lo suficiente para no volver a salir de allí. ¿Quién ha dicho que el aire o la luz son necesarios? ¿Quién se ha empeñado en hacernos vivir entre los otros? Esta tarde no ha sucedido absolutamente nada y es precisamente eso lo que la hace especialmente detestable. Las cosas sólo suceden en los periódicos, nunca en un rostro o en un cuerpo. Las caras de la gente con la que me cruzo por las calles son exactamente las mismas de ayer o de hace un mes o un año. Nadie se atreve a detenerse un día a mitad de la calle y abofetear al primero que pase o sacarse el pito y mear junto a un farol entonando in tota voce el “Adios a la vida” de la Tosca. Nadie fuma los cigarrillos al revés o camina de cabeza. Nadie compra el periódico y se sienta a cagar (y a leerlo plácidamente) a mitad del zócalo. Esta tarde es exactamente como todas las tardes. ¿Quién puede negarlo? Y después de vivir treinta o cuarenta años con la corbata al cuello y el maletín bajo el brazo, no me cabe la menor duda que terminaremos por acostumbrarnos. Nos hemos acostumbrado a tantas cosas: la bomba atómica, por ejemplo, las fábricas, los campos de concentración o una bonita lámpara de piel de judío. ¿Por qué no acostumbrarnos a una tarde como ésta?

Armando Pereira
No. 102, Abril-Junio 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 254

Entonces

…ya en Josafat, ante la infinita muchedumbre de todos, buenos y malos, culpables y jueces, ignorando el juicio de los hombres, y a pesar del berrinche que hicieron unos que esperaban ver condenados a otros, Dios perdonó con un sólo gesto: de un manotazo borró el infierno.

Eduardo Gurría
No. 102, Abril-Junio 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 237

Fin de metástasis

Se cuela por la nuca y ocupa sus dominios, opacando con su vaho el mundo. Entonces hay que correr al botiquín a atragantarse de calmantes, como si a él le importara.

Para evitarlo, surge el contorsionista y queda mi cuerpo de feto apretando su cabeza contra el muro. Así consigo disminuirlo, pero sólo mientras regresa el alud de carne fundida a dejarme como un puro dolor flotando en mi miedo de suicida.

El consuelo de otros pica como taladro de vidrio en el centro mismo del tumor. Toda luz es punzo cortante, pero detrás de los párpados sólo hay giros afelpados, motas brillantes que ruedan y surgen como lluvia sobre un farol, haciéndome volver cuando el vómito me cierra las fosas nasales.

Con el cáncer jineteándome alguien me abraza, y yo el dolor, atrincherados detrás de los lentes negros, nos alejamos gesticulando, convencidos de la eternidad del tiempo.

Ahora resoplo acunado en un rincón del baño, pues él se desliza por mis tendones llenándome los ojos de agua incomprimible, inclinándome la cabeza, con estas sus carreras que son un alivio peligroso.

Pavlov y el perro me rompen agujas en los nervios.

En el espejo no reconozco los cuatro ojos vidriosos que se miran como esperando ansiosos el sopor que hay allá donde nunca alcanzaron a mirar.

Rodolfo Gracida Solano
No. 102, Abril-Junio 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 227

La sorpresa

No me quise asomar por el ojo de la cerradura, pese a la innegable atracción que esto representa, no, yo abrí la puerta de golpe. Hacía tiempo ya que tenía el presentimiento ó a la mejor era algo tan obvio que cualquiera esperaría la sorpresa.

Azucena (así se llamaba) llegó una tarde luminosa a alegrar esta (antes) triste casa. Todavía es esta época hay personas a las que les parece inmoral esto, pero a ella me la vendieron casi recién nacida.

Fue creciendo bajo el tierno cuidado de mi tía Jacinta y también, claro, bajo su severa vigilancia. Cuando llegó a la juventud, cuando llegó a la edad en que la sangre les mana incontenible, era tan bonita que hasta peleas se suscitaban por ella a las puertas de la casa. Nuestra intención no era dejarla para siempre sin compañero, pero había que elegir bien, no iba a ser con cualquiera.
Nunca supimos cuando y con quien fue.

Yo no lo creía, pero ella empezó a estar muy inquieta, perdió el apetito y se puso hasta agresiva. No cabía duda, estaba esperando. Mi tía nada me dijo. Ese día que les digo que abrí la puerta (qué pena, pero ella dormía en mi recámara), escuché como pujaba la pobre y ella al verme me lanzó una mirada de orgullo y de ternura.

Parió seis hermosos cachorrillos samoyedos que parecían muñecos de peluche, ya los tenía come y come. Me acerqué con cuidado, acaricié su cabeza y ella presurosa lamió mis manos con su lengua tibia.

Hugo Jiménez Jiménez
No. 102, Abril-Junio 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 226