Los beneficios de la costumbre


Esta tarde el techo de mi casa podría caerse. Podría caerse sobre mi cabeza. Abrir un hoyo en el piso y arrastrarme bajo tierra. Diez, veinte, treinta metros bajo tierra, lo suficiente para no volver a salir de allí. ¿Quién ha dicho que el aire o la luz son necesarios? ¿Quién se ha empeñado en hacernos vivir entre los otros? Esta tarde no ha sucedido absolutamente nada y es precisamente eso lo que la hace especialmente detestable. Las cosas sólo suceden en los periódicos, nunca en un rostro o en un cuerpo. Las caras de la gente con la que me cruzo por las calles son exactamente las mismas de ayer o de hace un mes o un año. Nadie se atreve a detenerse un día a mitad de la calle y abofetear al primero que pase o sacarse el pito y mear junto a un farol entonando in tota voce el “Adios a la vida” de la Tosca. Nadie fuma los cigarrillos al revés o camina de cabeza. Nadie compra el periódico y se sienta a cagar (y a leerlo plácidamente) a mitad del zócalo. Esta tarde es exactamente como todas las tardes. ¿Quién puede negarlo? Y después de vivir treinta o cuarenta años con la corbata al cuello y el maletín bajo el brazo, no me cabe la menor duda que terminaremos por acostumbrarnos. Nos hemos acostumbrado a tantas cosas: la bomba atómica, por ejemplo, las fábricas, los campos de concentración o una bonita lámpara de piel de judío. ¿Por qué no acostumbrarnos a una tarde como ésta?

Armando Pereira
No. 102, Abril-Junio 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 254

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