El Upir

Ella, erguida, el pelo largo y suelto, dijo que, se iba, él respondió que muy bien, y ella caminó hasta la puerta. No sé qué es el amor, dijo él con toda la petulancia que asumía en esos momentos, nunca he amado. Es inútil, pensó ella, hace mucho que es inútil. A unos cuantos pasos estaba la calle con su ruido a gente, a hojas de árbol, libres con el viento, y a vida que transita. En el momento que ella abrió la puerta fue el primer golpe, trató de defenderse cubriéndose la cara con las manos, pero otro golpe la derribó. El mundo se hizo confuso, como girar en un carro de feria. Cuando no era más que una masa sanguinolenta, viscosa, reducida a la posición de feto, los brazos y las piernas vueltos hacia adentro, el pelo enmarañado de muñeca rota, y las facciones informes bajo la sangre, él se arrodilló gritando: ¡Te amo!

Yolanda Argudín
No. 102, Abril-Junio 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 256

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