Cosas de la vida

De vez en cuando la pieza donde trabajo se inunda. El agua sube unos diez o quince centímetros. Cuando empieza el gluglú, voy al comedor y allí me instalo con todo y máquina. En el comedor, con cierta frecuencia, el piso se cubre de clavos. Como tengo la costumbre de levantarme cada rato, para caminar de pared a pared, porque así se me ocurren cosas, los clavos, es natural, estorban. Entonces cojo la máquina y voy a mi cuarto. Sucede que a veces mi cuarto se llena de plumas. Para decir la verdad: las plumas esas no son nada feas; pero apestan como si sus pájaros se hubieran vomitado en ellas. Así, hay que salir. Si sucede en la noche, agarro lo más pronto posible los cojines y cobijas y tiendo la cama en el suelo del comedor o de la pieza donde trabajo.

Todo esto no me es agradable. Un día hasta se lo reproché, claro que suavemente, al administrador del edificio. Él me contestó: “Mi querido señor, usted duerme con las ventanas abiertas. ¡Cómo quiere que no entren las plumas!” Creo que hasta cierto punto tiene razón. Además no hay que exagerar las cosas. Después de todo, el agua no sube jamás arriba de diez o quince centímetros y los clavos desaparecen tan de repente como aparecen. Las plumas, si. Pero salgo del cuarto, y ya. Y nunca, o casi nunca, ocurre al mismo tiempo lo de los clavos, las plumas y el agua. En fin, cosas de la vida.

Aunque de vez en cuando me entra el miedo de que algún día…

Mariana Frenk
No. 38, Septiembre-Octubre 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 622

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