El tesoro

—Te digo que el tesoro ahí está. Yo y mi compa Julián estuvimos escarbando varios días, y ya llevamos como cinco metros de hondo, cuando doy un barretazo y sonó fofo… flojito… el fierro casi se me fue de las manos.

—¿Y por qué no lo sacaron?

—Subí todo tembloroso de la emoción y le dije a mi compa: “¡Ya le llegamos! Baja tú a seguirle”. El me dijo: “por qué no bajas tú que ya sabes dónde está”.

—…iba a hacerlo, cuando le vide los ojitos… y ya no bajé. Le volví a insistir que bajara, y él tampoco quiso bajar.

—…así que lo dejamos pendiente.

—¿Cómo sabes que tu compa Julián no volvió a sacarlo él solo?

—Pos… pos… de que él no regresó, estoy seguro.

Morelos Herrejón
No. 38, Septiembre-Octubre 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 635

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Crimen perfecto

Ya me cansó la maestra. —Voy a tener que matarla, no me va a quedar más remedio. —Ni modo, ella lo quiso. —Hablaba, hablaba, hablaba, siempre hablaba, hablaba… su voz me retumba en los oídos como un martilleo. —Horrible, era horrible. —Ella hablaba, hablaba… ¡Cállese! ¡Cállese! ¡No se calla! ¡Por favor!— Ella hablaba, hablaba, hablaba…
Ahora ya no habla, está en silencio, sólo sus ojos fijos aún miran; miran hacia el infinito, miran hacia la nada, parece que ignoran o saben; pero no, ella ya no puede hablar; pero… he sabido que las personas en estado de coma son capaces de escuchar, ¿escuchara ella? ¿Cómo saberlo?—De cualquier modo, aún en el caso de que oiga… je je je, ella no puede hablar, no puede hablar…
Por fin ha llegado la paz a mis oídos, por fin no escucho su voz, el martilleo ha cesado, todo está en calma, ella ya no puede hablar; y si lo hace, nadie la escuchará. Está sola… está encerrada bajo tierra, está cumpliendo su castigo, su horrible castigo por hablar y hablar y hablar, ahora está sola… y yo la he ayudado a que esté ahí, en esa horrible y oscura caja; pero mi alma está en paz, en calma, tranquila, ahora ya no escucho su voz, ya no escucho su voz, ya no escucho su voz…

Morelia Rodríguez Rosales
No. 38, Septiembre-Octubre 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 634

El encuentro

En cuanto lo vio supo que lo conocía de otra parte, así que, después de pensarlo por un momento le preguntó.

—¿No recuerda dónde nos conocimos?

—Sí, en uno de sus sueños.

Una vez satisfecha la curiosidad, cada quién continuó su camino.

Javier Quiroga G.
No. 38, Septiembre-Octubre 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 634

El deseo de Narciso

Como hoy, también ese día llegué a mi cuarto, les juro que era el mismo que de costumbre, solo que aquella noche yo venía más cansado que otras veces. Sin encender, me desvestí mecánicamente empezando a buscar el lugar de mi cama. Yo lo que deseaba era descansar, descansar de tanta ansiedad que no me fue correspondida.

Ya cuando me pensaba acostar, me encontré con que un cuerpo intruso estaba dormido en mi cama; de pronto, sentí ganas de gritarle, de arrojarlo furioso, pero me asaltó la curiosidad y me acerqué para ver de que se trataba, lentamente, hasta lograr meter su rostro en mis ojos. No me causó temor, quizás un poco de extrañeza; porque resulta que la persona que estaba dormida, era yo mismo. Me detuve a contemplarme un largo tiempo, me alegró verme así descansando, con aquella expresión de ternura.

Fue cuando supe que no tendría otra oportunidad, allí estaba mi respuesta, iba a saber por fin cuáles eran los deleites que yo podría ofrecer al hacer el amor; me incliné ansioso, delicado, a despertarme con un beso en la boca más tentadora que he visto.

Luis René Aubrey
No. 38, Septiembre-Octubre 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 633