Nevermore

Corrían haciendo zigzags a través de un campo de trigo, felices y contentos, jugando y cantando, escondiéndose de las nubes, riéndose con el sol.
Y de pronto cayeron en un agujero circular y profundo, como oficina de gobierno. Decidieron aprovechar la ocasión y pagar sus impuestos prediales, renovar su pasaporte, resellar su licencia de manejar, cobrar el cheque mensual de una pensión y tramitar un permiso migratorio.
Hasta la fecha siguen circulando, a la velocidad reglamentaria, por el carril central del periférico y no pueden salir.

Ana F. Aguilar
No. 38, Septiembre-Octubre 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 642

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Un sueño dentro del sueño

Esta es una historia que nunca sucedió, pero que está existiendo en mí y en ti; es como quisiéramos que fuese la leyenda de nuestro fuego y de nuestro universo, sellado e inmóvil. Hermético es el mundo de las ideas, pero con la llave de la existencia llevamos ese hermetismo hacia una realidad, la realidad de nuestros sueños. Los sueños que arañan ojos en las noches invisibles, en los lechos fríos de sábanas vegetales, y con esos sueños tenemos junto a nuestro rostro una evidente mentira…
“Me encontraba problemática y sincera, pero a la vez, miraba con sombro el episodio extraño que acontecía cada vez, cuando me miraba en un espejo: Una mano —la izquierda— se negaba a obedecer a la mano derecha, y mis pies helados se sentían muy pequeños dentro de los zapatos. A la tarde, la sucedió una noche terriblemente negra; el rostro, excitado, con alucinaciones de domingos morados y de lunes blancos. La humilde renunciación de la mano derecha, humilló a la mano izquierda, quien quiso al fin obedecer a ese estrechamiento. Los pies siguieron caminando sobre una línea recta y blanca. ¡Eran libres! —separados del cuerpo— ya sin la influencia vertical. Llegaron a un lugar hermoso y no se percataron de la mirada infinita que se posó sobre ellos, y al mirarlos, oblicuamente cayó sobre ellos una luz inexplicable, ¡bellísima! Girando sobre las grietas del suelo, danzaron y siguieron girando. Sobre la mano, mano de soledades y nunca satisfechas, insaciable y fría, quedó escrita una respuesta”… (Oyes los secos aleteos de un gorrión desesperado, y miras las impenetrables aguas de lodo y cieno)…

Irma Isabel Fernández Arias
No. 38, Septiembre-Octubre 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 639

El trasplante

El delirio del último instante que nos hace vivir en un segundo toda nuestra existencia pasada, hizo, desde que sufrió el encandilamiento de aquellos dos faros de la muerte que bajo la lluvia parecían reír, que recordara desde su infancia hasta el feliz día en que recibiera su título de médico y su especialización en cardiología. Recordó también su combate sostenido contra todo lo establecido, las mil voces que en su contra se alzaron cuando argumentó que una persona deja de vivir, cuando deja de presentar las funciones primordiales en órganos, como el cerebro, y que obrando a tiempo se podría salvar otra vida, con el corazón de quien ha dejado de existir.

Oyó, revolcado en lodo y en su propia sangre, el ulular de las sirenas; alcanzó a percibir en sus espaldas el frío metálico y pensó, con esperanza, en una mesa de operaciones.

Escuchó el tintineo de mil instrumentos quirúrgicos. Sabía a ciencia cierta que se le iba a operar en la cabeza, pues la sentía en mil pedazos. Por eso, el terror, como fuego líquido, recorrió sus venas ante la imposibilidad de mover alguna parte de su cuerpo, que manifestara vida, que detuviera aquella incisión que sufría en el pecho; y sintió con pavor, las manos que desgarraban sus tejidos, escarbando y buscando aquel órgano que ya no latía.

Gabriel Samperio Mellado
No. 38, Septiembre-Octubre 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 637

¡Ahora sí!

No creí nunca en supermanes y batmans, pero, ¡ahora sí! Hace una semana iba caminando y empecé a sentir removerse el estómago y todo el vientre, luego los fuertes latidos del corazón (¡¡Pumm!!, …, ¡¡Pumm!!, …), el dulce crecimiento de los pulmones (hhamm, fff, hhhamm, ffff, hhamm), el ruidito raudo de la sangre )rrom-rrom-rrumm-rrom), y todo aquello que se remueve y se queda quieto y se remueve y sigue acá dentro. Le metí una bofetada a una doña que venía, salí saltando por las capotas de los carros que pasaban, subí a los techos. Llegué por fin a mi cuarto y me encerré; he estado una semana aquí acostado escogiendo mi nombre de batalla, porque ¡ahora si que creo en supermanes y batmans!

Pedro A. Rovetto V.
No. 38, Septiembre-Octubre 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 635