Alfredo García Valdés

Alfredo García Valdés

 Nació en Cedros, Zacatecas, el 31 de mayo de 1964. Poeta y ensayista. Ha sido editor en el FCE y colaborador de Aquí Vamos, Casa del Tiempo, Deslinde, El Cuento, El Semanario Cultural, La Jornada Semanal, Los Universitarios, Sábado, Tierra Adentro, y Vuelta. Becario del INBA, en ensayo, 1991; del FONCA, 1992, y del FOECA-Coahuila, en cuento.

OBRA:

Ensayo: Máscaras. Prosa de arte menor, CONACULTA, 1996.

Poesía: Silva de amor nocturno, CONACULTA, Tierra Adentro, 48, 1992. || Cajón de ausentes, Consejo Editorial de Coahuila, 1994. || Manual de viento y esgrima, Libros del Bosque, núm. 2, 1998. || La viga en el ojo, CONACULTA-DGP/ICOCULT, El Guardagujas, 2002. || Manual de viento y esgrima, CONACULTA, Práctica Mortal, 2007.

 

Carlos Valdés

 

Carlos Valdés

(1928, Guadalajara , México- 1991)

Fragmento de:

GRACIA Y NOSTALGIAS DEL PADRE AMOROSO

(Biografía escrita por su hijo Carlos Valdés Martín)

Un amigo me platicaba que, en sentido emocional, su propio padre nunca lo conoció bien, pues el progenitor ignoraba detalles tan elementales de su hijo como el año escolar que cursaba. Y no digo que ese señor fuera malo, sino demasiado distante, según las costumbres de la anterior generación, donde el papel masculino no debía entrometerse en los temas hogareños ni acercarse a la educación infantil, porque el espacio del varón pertenecía al trabajo y otras actividades serias, mientras el hogar recaía en la mujer.

En contra de las costumbre del promedio de su generación, mi padre luchó en varios aspectos, se colocó en contra de las opiniones del rebaño y actuó para labrarse una posición personal dentro de la vanguardia intelectual del México del medio siglo XX. Oriundo de Guadalajara, con la doble carga de ser el hijo menor y un provinciano sin estudios terminados emigró a la ciudad de México, con la extraña convicción de que su principal amada sería la literatura. Así de sencillo: las letras y su denso universo de escrituras serían su pasión amorosa, para lo cual desgastaría la vista a golpes de lámparas incandescentes y alimentación estricta de café negro y cigarros de marca Del Prado. En efecto, de acuerdo a un código implícito de su generación intelectual, Carlos Valdés Vázquez buscaba una alimentación magra y una excitación nerviosa fuerte, mediante los vicios ligeros del tabaco y el café ligero.

Acompañado por su designio personal buscó subir la cuesta de la gran capital, sin ningún apoyo familiar significativo, y aunque su familia no tuvo el interés para oponerse activamente, su padre, el “papá Pino” (por Agripino) siempre despreció las letras y le reconvenía por no dedicarse a negocios contantes y sonantes. Claro, el abuelo era contador y pequeño empresario, muy activo y hasta con sus ratos de idealista, porque participó en las filas revolucionarias y entre 1911 y 1912 anduvo hasta “a salto de mata”, pues huyó de la persecución y quedó desplazado entre las huestes revolucionarias. Pero el abuelo no se enorgullecía de su pasado revolucionario y deseaba que sus hijos, incluyendo el menor fueran profesionistas o empresarios prósperos, y de preferencia los quería ligados a la minería, pues una mina de plata representó su máximo pero breve periodo de bonanza, que permitió una vida cómoda y sosegada en la vejez del papá Pino.

Sin recursos familiares y con sus estudios formales truncos al terminar la preparatoria, Carlos se internó en cualquier actividad sencilla para acercarse hacia la Meca de las letras, enfilándose hacia los torreones del castillo de la gran UNAM. Vendó zapatos de puesto en puesto en el Mercado popular de la lagunilla, aprendió inglés y mecanografía de manera autodidacta para ganar unos pocos pesos con trabajos pagados por cuartilla, también aprendió el viejo arte de arreglar los linotipos para los impresores, tentó suerte con la compraventa de artesanías y antigüedades, incursionó en los tratos del ópalo con los gambusinos del pueblo llamado Magdalena Jalisco, y en muchas otras peripecias para ganarse unas monedas al bolsillo. Y estas variadas actividades, nunca fueron un tropiezo ni una barrera para su inmersión en la literatura, al contrario, la traducción y la mecanografía lo acercaron al ámbito que más le apasionaba, la creación por la escritura.

En fin, no temía hacer el trabajo del más humilde peón, aunque sus manos finas delataban al artista, en verdad poseía unas manos suaves y alargadas, que se atribuyen en especial a los pianistas. Extensiones delicadas para el trato con el mundo, adecuadas para saludar y señalar, para dar indicaciones, poco adecuadas para las rudezas y enemigas de los callos duraderos. Pero ya indiqué que no rehuyó del trabajo manual, ni de algunas actividades que en el ámbito intelectual se desprecian, y sin él ser un portento, por ejemplo practicó la carpintería y conservó algunos libreros de fabricación propia durante toda la vida…[1].

 

Lea la biografía íntegra haciendo Clic en la foto

Carlos Valdés con Rulfo, JoséEmilio Pacheco

Rosario Castellanos, García Ponce

en la torre de rectoría de la UNAM 

 

 


Sibaritismo árabe


Y he aquí que se paró esta en la frutería y compró manzanas de Siria, membrillos osmaní, melocotones de Omán, jazmines de Alepo, nenúfares de Damasco, cohombros del Nilo, limones de Egipto, cidras sultaní, bayas de mirto, flores de henné, anémonas rojas de color sangre, violetas, flores de granado y narcisos… hasta llegar a la tienda de un confitero, y allí compró ella una bandeja y la cubrió de cuanto había en la confitería: enrejados de azúcar con manteca, pastas aterciopeladas perfumadas con amizcle y deliciosamente rellenas, bizcochos llamados sabun, pastelillos, tortas de limón, confituras sabrosas, dulces llamados muchabac, bocadillos huecos llamados lucmet-el-kadi, otros cuyo nombre es assabihzeinaab, hechos con manteca, miel y leche… Después se detuvo en la casa de un destilador y compró diez clases de aguas: de rosas, de azahar y otras muchas, y varias bebidas embriagantes, como asimismo un hisopo para aspersiones de aguas de rosas amizclada, granos de incienso macho, palo de áloe, ámbar gris y amizcle, y finalmente velas de cera de Alejandría.

Las mil noches y una noche
No. 35, Abril 1969
Tomo VI – Año IV
Pág. 344

Montaña-marina-de-la-madre


“Has de saber que en los tiempos antiguos bajó a esta montaña una gennia de la raza de los genn chinos. Y he aquí que un día en sus excursiones terrestres tropezó con un hombre y le amo con amor apasionado. Pero temiendo por ella la cólera de los genn de su raza, si se divulgaba la aventura, cuando ya no pudo reprimir el ardor de sus deseos, se puso en busca de un paraje solitario donde ocultar su amante a los ojos de sus parientes los genn, y acabó por dar con esta montaña desconocida de hombres y de genn, por no ser camino ni estos ni de aquellos. Se apoderó entonces de su amante y le transportó por los aires para depositarle en esta isla, donde hubo de vivir con él. Y de cuando en cuando se ausentaba de aquí para hacer acto de presencia entre sus parientes, dándose prisa por regresar enseguida, ocultamente, junto a su bien amado. Con lo cual, al cabo de cierto tiempo de llevar aquella vida, quedó encinta de él varias veces, y echo al mundo en esta montaña numerosos hijos. Y cuando pasaban cerca de esta montaña los mercaderes que viajaban por acá, oían desde sus navíos voces de niños que parecían los gritos quejumbrosos de una madre lamentándose, y se decían: “¡En esta montaña debe haber alguna pobre madre que perdió a sus hijos.” Y ese es el motivo de tal nombre”.

Las mil noches y una noche
No. 35, Abril 1969
Tomo VI – Año IV
Pág. 341

Georges Ribemont-Dessaignes

Georges Ribemont-Dessaignes

(Montpellier, 1884-Saint Jeannet, 1974)

Escritor francés. Fue uno de los miembros más destacados del dadaísmo.

Pintor y compositor, debe su fama sobre todo a sus piezas de teatro (El emperador de China, 1916; El verdugo de Perú, 1928; Fausto, 1931), a sus novelas (Ariana, 1925; Elisa, 1931) y a sus memorias y ensayos (Fronteras humanas, 1929; Ya antaño o Del movimiento dadá al espacio abstracto, 1958)[1].

Ablusiones adecuadas


El sabio dijo: “¡En verdad que contestaste de un modo excelente! Pero ¿Qué hacen los ángeles y los demonios junto a aquel que practica sus abluciones?”

Simpatía respondió: “Cuando el hombre se prepara a verificar sus abluciones, loa ángeles se colocan a la derecha y los diablos a la izquierda; pero no bien pronuncia la fórmula inicial: “¡En el nombre de Alah!”, los diablos se ponen en fuga y los arcángeles se aproximan a él, desplegando sobre su cabeza un dosel luminoso de forma cuadrada que sostienen por las cuatro puntas, y cantan alabanzas a Alah e imploran el perdón de los pecados de aquel hombre. ¡Pero en cuanto se olvida él de invocar el nombre de Alah o deja de pronunciarlo, los diablos vuelven tumultuosos, y trabajan todo lo posible por turbarle el alma, sugerirle la duda y enfriarle el espíritu y el fervor!”.

Historia de la docta Simpatía, en Las mil y una noches
No. 35, Abril 1969
Tomo VI – Año IV
Pág. 335

Historia verídica


A un señor se le caen al suelo los anteojos, que hacen un ruido terrible al chocar con las baldosas. El señor se agacha afligidísimo porque los cristales de anteojos cuestan muy caro, pero descubre con asombro que por milagro no se le han roto.

Ahora este señor se siente profundamente agradecido , y comprende que lo ocurrido vale por una advertencia amistosa, de modo que se encamina a una casa de óptica y adquiere en seguida un estuche de cuero almohadillado doble protección, a fin de curarse en salud. Una hora más tarde se le cae el estuche, y al agacharse sin mayor inquietud descubre que los anteojos se han hecho polvo. A este señor le lleva un rato comprender que los designios de la Providencia son inescrutables, y que en realidad el milagro ha ocurrido ahora.

Julio Cortazar
No. 35, Abril 1969
Tomo VI – Año IV
Pág. 323

La caída


Susana tenía entonces las mejillas pecosas de una fruta, pero ¿y Aurora? La podría reconocer por la cicatriz que debe llevar en una pierna, de resultas de una caída. Creo que fue en la huerta. Aurora había subido a un manzano y me prometía un fruto; en vez de dejar caer la manzana se dejó caer ella, distraída.

Xavier Villaurrutia
No. 35, Abril 1969
Tomo VI – Año IV
Pág. 314

El anillo de Soleiman


Quien desee llegar a ser dueño y soberano de los hombres, de los genios, de las aves y de los animales, no tendrá más que encontrar el anillo que el profeta Soleimán lleva al dedo en la Isla de los Siete Mares que le sirve de sepultura. Ese anillo mágico es el que Adán, padre de los hombres, llevaba al dedo en el paraíso antes de su pecado, y que se lo quitó el ángel Gobrail, donándoselo al prudente Soleimán más tarde. Pero ningún navío podría intentar surcar los piélagos y llegar a esa isla situada allende los Siete Mares. Sólo llevará a cabo esta empresa quien encuentre el vegetal con cuyo jugo basta frotar la planta de los pies para poder caminar por la superficie del mar. Ese vegetal se encuentra en el reino subterráneo de la reina Yamlika. Y únicamente esta princesa sabe el lugar donde crece la planta; porque conoce el lenguaje de las plantas y las flores todas, y no ignora ninguna de sus virtudes. Quien quiera dar con ese anillo, vaya primero al reino subterráneo de la reina Yamlika. ¡Y si es tan dichoso que triunfa y se apodera del anillo, no solamente podrá entonces dominar a todos los seres creados, sino que también penetrará en la Comarca de las Tinieblas para beber en la Fuente de la Vida, que da belleza, juventud, ciencia, prudencia e inmortalidad!

Historia de la reina Yamlika en Las mil y una noches
No. 35, Abril 1969
Tomo VI – Año IV
Pág. 313

Sirenas


En el siglo VI, una sirena fue capturada y bautizada en el norte de Gales, y llegó a figurar como una santa en ciertos almanaques antiguos, bajo el nombre de Murgan. Otra, en 1403, pasó por la brecha en un dique, y habitó en Haarlem hasta el día de su muerte. Nadie la comprendía, pero le enseñaron a hilar y veneraba como por instinto la cruz. Un cronista del siglo XVI razonó que no era un pescado porque sabía hilar, y que no era una mujer porque podía vivir el en agua.

Jorge Luis Borges
No. 35, Abril 1969
Tomo VI – Año IV
Pág. 299

Irrebatible


“Nuestro Profeta, ¡sean con él la paz y la plegaria! dijo: “El verdadero sabio es el que prefiere las cosas inmortales a las perecederas.” Y se cuenta que el asceta Sabet lloró tanto, que se le enfermaron los ojos. Entonces llamaron a un médico, y le dijo: “No puedo curarte, como no me prometas una cosa”. Y el asceta preguntó: “¿Qué cosa he de prometerte?”. Y dijo el médico: ¡Que dejarás de llorar!” Pero el asceta repuso “¿Y para qué me servirán los ojos si ya no llorara?”

Las mil noches y una noche
No. 35, Abril 1969
Tomo VI – Año IV
Pág. 298

Elegía musulmana


El mandadero vio entonces que había abierto la puerta otra joven, cuyo talle, elegante y gracioso, era un verdadero modelo, especialmente por sus pechos redondos y salientes, su gentil postura, su belleza, y todas las perfecciones de su talle y de todo lo demás. Su frente era blanca como la primera luz de la luna nueva, sus ojos como los ojos de las gacelas, sus cejas como la luna creciente del Ramadán, sus mejillas como anémonas, su boca como el sello de Soleimán, su rostro como la luna llena al salir, sus dos pechos como granadas gemelas. En cuanto a su vientre juvenil, elástico y flexible, se ocultaba bajo la ropa como una carta preciada bajo el rollo que la envuelve… y en el lecho había una joven de maravillosa hermosa, con ojos babilónicos, un talle esbelto como la letra Aleph, y un rostro tan bello, que podía envidiarlo el sol luminoso. Era una estrella brillante, una noble hermosura de Arabia.

Las mil noches y una noche
No. 35, Abril 1969
Tomo VI – Año IV
Pág. 297

El regreso


Uno de los delirios de Platón fue, que absuelto todo el círculo del año magno (así llamaba a aquel espacio de tiempo en que todos los astros, después de innumerables giros, se han de restituir a la misma positura y orden que tuvieron entre sí), se han de renovar todas las cosas; esto es, han de volver a aparecer sobre el teatro del mundo los mismos actores a representar los mismos sucesos, cobrando nueva existencia hombres, brutos, plantas, piedras; en fin, cuanto hubo animado e inanimado en los anteriores siglos, para repetirse en ellos los mismos ejercicios los mismos acontecimientos, los mismos juegos de la fortuna que tuvieron en su primera existencia.

Padre Feijoo, citado por Borges
No. 35, Abril 1969
Tomo VI – Año IV
Pág. 286

Insomnio


Al principio, se te llena el oído de nada: puntitos blancos sobre una superficie negra, espesa. De ahí, al latido de las sienes que te hace pardear con los ojos cerrados. Y la lengua que recorre distancias inconmensurables.

Humedad: color rojo, tibieza. Negro: masa informe. Un claxon, el relámpago amarillo que atraviesa la ventana y te abre la cabeza.

Sobre la almohada, después, sentirás la caricia fría en la mejilla, la oreja, una parte del cuello. Golpes en la frente. Un martillo. Paredes que se derrumban, se desintegran, caen estrecha y lentamente por un tubo.

Tienes las manos, la boca, los poros de la nariz, las órbitas, llenos de polvo, de cal y escombros.

Vuelve a ensayar: uno, el miedo. Dos, sueño. Tres, temblor de todas las partes de tu cuerpo. Saliva transparente que se desliza por las comisuras de la boca y se hunde en la almohada.

En el hombro izquierdo se te clava la inmovilidad. Tus dedos palpan sobre la sábana los mismos puntos negros. Imaginas el árbol que en la calle se da sombra a sí mismo, la reja que rechina, la voz de aquel que te piensa a medianoche, vestida de desnudeces.

Ya está, casi. La cabeza hundida en un molde de yeso, el resto cubierto de cera. El cuello, sólo el cuello, libre. Abre los ojos: sobre el asfalto las ruedas de un coche. A lo lejos, una fuente de piedra.

Paciencia, todo consiste en no actuar. La barricada del temor te resguarda. Silencio. Los ojos te dilatan, saltan y revientan en el espacio como granadas de remediosvaro. La rama de pirú se ha introducido por una grieta de la pared. En las manos tienes sangre, de tanto hundir en ellas las uñas. Y un avión trascurre en el cielo como un largo minuto rugiente.

Irene Prieto
No. 35, Abril 1969
Tomo VI – Año IV
Pág. 279

El hombre de oro


Se acercó primero al trono el sabio hindi, se prosternó ante el rey, besó la tierra entre sus manos, y después de haberle deseado alegría y dicha en aquel día de fiesta, le ofreció un presente verdaderamente real: consistía en un hombre de oro, incrustado de gemas y pedrerías de gran precio, que tenía en la mano una trompeta de oro. Y le dijo el rey Sabur: “¡Oh, sabio! ¿para qué sirve esta figura?” El sabio contestó: “¡Oh mi señor! ¡este hombre de oro posee una virtud admirable! ¡Si le colocas a la puerta de la ciudad, será un guardián a toda prueba, pues si viniese un enemigo para tomar la plaza, le adivinará a distancia, y soplando en la trompeta que tiene a la altura de su rostro, le paralizará y le hará caer muerto de terror!”.

Historia Mágica del caballo de ébano en “Las mil noches y una noche”
No. 35, Abril 1969
Tomo VI – Año IV
Pág. 273

Quemazones de vanidades


Vestidos con blancas túnicas, portando ramos de olivo y pequeñas cruces rojas, la legión sagrada de niños inquisidores de Savonarola recorría la Florencia del Renacimiento en escuadrones para vigilar la moralidad de las calles, y penetrar a las casas. Le arrancaban los velos y las joyas a las mujeres, y los adornos a los hombres. Perseguían a los jugadores, a las cortesanas y a los blasfemos, y les cortaban el pelo a los jóvenes. Cuando el jefe de una casa cooperaba, recogían pacíficamente los objetos “vanos”, y pronunciaban sobre la casa una bendición compuesta especialmente por Savonarola. De lo contrario saqueaban la casa en busca de pinturas “lascivas”, libros, piezas de escultura y objetos “paganos”. Éstos los arrojaban a las calles donde los mutilaban, los acumulaban en cestos que luego llevaban a la plaza pública donde prendían grandes hogueras, que fueron conocidas como las famosas Quemazones de Vanidades de 1497 y 1498: la mayor catástrofe para los tesoros artísticos florentinos hasta la inundación ocurrida en 1966.

Joseph Barry
No. 35, Abril 1969
Tomo VI – Año IV
Pág. 269

Max Jacob

Max Jacob

(Quimper, Bretaña, 11 de julio de 1876 – † Campo de concentración de Drancy, 5 de marzo de 1944)

Escritor, poeta, dramaturgo y pintor francés.

Amigo de Pablo Picasso, dejó sus estudios para seguir a los cubistas que se instalaron en Montmartre, París, donde conoció, entre otros, a Apollinaire, Modigliani y Juan Gris. Su producción inicial fue frenética, aunque no se conservan muchos de sus primeros escritos. Su obra Saint Matorel, de 1909, constituye su primera gran creación literaria en el terreno de la novela mística. Su éxito fue acompañado de diversas incursiones en el neoimpresionismo en la pintura, y el surrealismo y el dadaísmo en la literatura. Su obra más importante La siège de Jerusalem fue publicada en 1914, coincidiendo con su conversión al catolicismo.

Otras obras importantes fueron Le cornet à dés (El cubilete de dados, colección de poemas en prosa), La defensa de Tartufo (1919) y Le nom (1926). De origen judío, la Segunda Guerra Mundial le cogió en Saint-Benoit, donde fue apresado y dirigido al campo de concentración de Drancy, en el que murió en 1944. Su cuerpo fue enterrado en 1949 en Saint-Benoît-sur-Loire. Su tumba estaba adornada con uno de sus retratos realizados en 1935 por su amigo René Iché[1].

Hallazgo nocturno


Entro a mi habitación que está, como de costumbre, oscura y fría. Me desvisto en las tinieblas y recorro el conocido camino hasta mi cama que, lógicamente, debía estar vacía, pero con extrañeza descubro que hay alguien en ella.

La primera sensación es, por supuesto, de sorpresa; me repongo al instante y, procurando no despertar al durmiente, hago girar el interruptor de la luz, iluminando perversamente todo el cuarto.

Veo entonces que soy yo la que está acostada en la cama, pero tengo demasiado sueño para sorprenderme de este descubrimiento. Trato de despertar a la que duerme, de echarla a un lado, de hacerla comprender que estoy cansada, que necesito dormir, pero todo es inútil. Hastiada de esfuerzos estériles, me resigno a aceptar esta presencia, en cierta forma extraña, y me acuesto dulcemente a su lado.

Ángela Martínez
No. 35, Abril 1969
Tomo VI – Año IV
Pág. 261

Progresión


Chuang Tzu (Waley: Three ways of thought in anciente China, pág. 25) recurre al mismo interminable regressus contra los monistas que declaraban que las Diez Mil Cosas (el Universo) son una sola. Por lo pronto —arguye— la unidad cósmica y la declaración de esa dualidad ya son tres; esas tres y la declaración de su trinidad ya son cuatro…

Jorge Luis Borges
No. 35, Abril 1969
Tomo VI – Año IV
Pág. 260

De haremes equitativos


Y además de aquellas cuatro mujeres legítimas que habitaban en palacio tenía el rey Omar trescientas sesenta concubinas, tantas como los días del año copto, y cada uno de estos edificios contenía treinta concubinas, cada cual en su habitación, de modo que había trescientos sesenta aposentos reservados. Y el rey Omar, muy equitativo, había dedicado una noche del año a cada una de sus concubinas, de modo que se acostaba una sola noche con cada concubina, a la cual volvía hasta el año siguiente. Y no dejó de proceder de este modo durante un gran espacio de tiempo, y durante toda su vida. Por eso era famoso por su sabiduría admirable y por su probada virilidad.

Las mil noches y una noche
No. 35, Abril 1969
Tomo VI – Año IV
Pág. 259