Mercado de cerdos

Llovía, el piso de tierra del mercado de cerdos era un lodazal. Compradores y vendedores se agazapaban bajo los tejabanes. El agua y los excrementos formaban charcos que la gente sorteaba entre maldiciones y escupitajos.

—¡Trescientos pesos por ese marrano!

—¡Cuatrocientos!

—¡Trescientos cincuenta! Es lo último.

—Si está más flaco que mi abuela.

—Pero fibrudo como mi abuelo.

Se acercó una muchacha. Abigail. La lluvia empapaba su vestido.

—Mujer, te vas a resfriar —se aventuró a decir el comprador—.

—¿Qué más da?

—Se enojará tu marido… espera, luego sigues tu camino.

Abigail esperó. Temblaba.

—¿Eres casada?

—N.

—¿Hija de familia?

—Sólo de madre.

—¿No te pega si tardas? Vamos a otro sitio a atajarnos del aguacero.

Abigail calló.

—Vamos.

—Nunca lo he hecho.

—Hasta no ver no creer. Te compras unos trapitos de a cien pesos, le susurró al final.

A Abigail se le hizo un nudo en la garganta. Siguió su camino. Había mentido. No tenía ni madre. En el día no había probado bocado. Vivía arrimada a una mendiga. Pero por la tercera parte de lo que se ofrecía por un puerco trasijado y hocicudo, ¡no!… aún no.

Siguió su camino. El agua le chorreaba por las guedejas.

Edmundo Flores Cuevas
No. 38, Septiembre-Octubre 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 654

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El torneo

Por algunos momentos la lucha se vuelve realmente insostenible; entonces, movido por cansancio o caballerosidad, cedo el triunfo a mi adversario y me retiro con un vago sentimiento de culpa. Estoy plenamente convencido de que tengo la razón y que merezco el triunfo, sin embargo, mi adversario aprovecha esos momentos de debilidad para tirarse a fondo y alzarse siempre con la victoria… y la razón.

Hasta ahora no he podido vencer jamás a este adversario en este singular torneo en que por toda arma se esgrime la palabra. Y lo curiosos es que mi adversario no maneja el arma mejor que yo; ante otros adversarios de mayor maestría, me he levantado victorioso. La habilidad de mi adversario de marras consiste, creo yo, en su defensa pasiva y tenaz. Se escuda de tal manera en una sola idea que todos mis golpes, aún los más certeros, se estrellan contra ella; hasta que me canso. Y es entonces cuando mi adversario me asesta el golpe definitivo.

Y aquí estoy, siempre derrotado, pero siempre luchando; hasta que un día mi adversario se decida a darme el golpe mortal que me aparte parta siempre del torneo.

Efraín Astudillo Ávila
No. 38, Septiembre-Octubre 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 651

Avecillas en problemas

No es que Felipe fuera un muchacho malvado pero es que El Gordo le había asegurado que matar pájaros a tiro de resortera no tenía igual como diversión… ah! El Gordo era un experto conocedor de los placeres de la vida. Pero el día que Felipe se procuró semejante entretenimiento por primera vez, la imagen del pajarillo muerto y sangrante le provocó más bien náuseas y vagamente recordaba haber lloriqueado. Así que la pandilla lo tildó de mariquita. El Gordo no dejaba de ufanarse enumerando la multitud de avechuchos muertos con sus certeros resorterazos. Y Felipe seguía siendo la mariquita de la pandilla. Hasta que tuvo una corazonada: nunca había presenciado la maestría del Gordo en el asunto y allí estaba posado en el suelo un regordete y distraído pajarillo; Felipe tomó su reportera y se la dio al Gordo… y hasta ahora El Gordo no ha sabido, como nunca supo, maniobrar una resortera.

David Cruz Martínez
No. 38, Septiembre-Octubre 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 650