Cuento

Una tarde, en que estaba mirando los reflejos de un estanque, encontré entre ellos un pequeño espejo. Lo puse en tu corazón para que mi imagen se reflejara cada vez que pensaras en mí…

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Salí desnuda por la noche, pasando por mil cortinajes desgarrados y negros —hechos de tela de araña— que al pasar acariciaban mi cuerpo. Me gustaba ver las flores del campo cuando dormían y todos sus pétalos se encontraban cerrados, envueltos por la obscuridad. En el suelo encontré un corazón arrancado —no sé de quién—, palpitante todavía. A lo lejos distinguí una silueta y al irme acercando vi que se trataba de ti. Me extrañó verte en mitad de la noche, pues nuestras citas eran siempre durante el crepúsculo. Dentro de mi cuerpo había crecido un bosque de todos los tonos imaginables de verde. Germinó porque el último atardecer que estuvimos juntos, tú me regalaste una semilla plateada. Al presentir tu presencia, empezaron a surgir ramificaciones en mi piel con el fin de acercarte a mí. De repente me sobresalté al oír pasos y aullidos de mantarrayas. Tú estabas ausente y tus pensamientos iban más allá de los acantilados, atravesando la región de la niebla. Al verte de frente, ya no miré mi imagen reflejada en el espejo, sobre tu corazón. Y entonces comprendí que aquel corazón arrancado encarnaba un presentimiento.

Yolanda Sassoon
No. 38, Septiembre-Octubre 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 666

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