El llamado

El teléfono sonó ocupado, y ocupado, y ocupado…

¿Estaría descompuesto?

No: luego llamó, y llamó, y llamó.

Ya nadie respondió.

Traigo un nudo dentro de mí.

Pancrasio Gordillo

(Nom de plume)

Domicilio conocido.

Tercer planeta.

Sistema Solar.

Vía Láctea.

P.S.: si me saco el premio, señor Valadés, déselo a la primera criatura que se encuentre en la calle, que sea menor de 10 años.

(No se cita al autor)
No. 38, Septiembre-Octubre 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 681

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Frente a una imagen

A Patricia y Fernando

La experiencia de la noche pasada le decía a Daniel que no debía cruzar más el amplio patio de la vieja mansión.

Tenía la necesidad imperiosa de hacer lo más corto posible el camino a casa. Parado frente al gran solar pensaba lo largo que le resultaría hacer el rodeo hasta la esquina y llegar a la puerta de su casa.

También pensaba en lo que le esperaría si tomaba por el camino más corto. Se pasó varias horas pensando. Recordó que la noche anterior, al cruzar el solar que estaba frente a de él, le había salido al paso el hijo idiota de los dueños de ese montón de ruinas.

El camino más largo y seguro le parecía demasiado pesado y sin embargo, parado enfrente del solar, seguía indeciso.

El sol surgió y con él, los ruidos de la gente que se dirigía a su trabajo, sin embargo la indecisión seguía en él.

Por fin corrió con toda rapidez por el solar de la casa vieja. Detrás de un gran árbol le salió a su paso el idiota con los ojos saliéndose de sus órbitas, la boca abierta dejaba escapar entre sonidos guturales una baba que corría hasta el mentón. Daniel se paró en seco y un nudo le obstruyó la garganta. Era una grande y horrible imagen que parada frente a él le hacía de nuevo sentir la experiencia pasada.

Quiso dar vuelta y salir del lugar pero otra vez la indecisión volvió a invadirle. Al frente, el idiota que cerraba el paso, y el camino más largo a su casa hacían que Daniel se mantuviera estático. Por fin, a pesar de la repulsión que le causaba aquel ser, decidió sentarse en el suelo a esperar. El idiota hizo lo mismo y mirándose ambos los ojos, quedaron uno frente del otro.

Venancio Machado Lamas
No. 38, Septiembre-Octubre 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 678

Regresión

Había tenido una bella figura, como correspondía a su manera de ser, cuando vivía apegado a los más altos ideales.

Ejercía la vida espiritual no solamente con pensamientos y palabras, sino con hechos y todo cuanto hacía estaba de acuerdo con sus elevadas reflexiones. En él era imposible la menor falta de correspondencia entre las ideas y los actos. La modelación exterior estaba siempre en exacta armonía con su interior.

La fascinación de los placeres inmediatos y la paulatina pérdida de la fe en los fines remotos e improbables, contagiado además por la felicidad que rinde la buena fortuna, motivaron la modificación de aquel orden. Se fue transformando.

Todo mundo podía ver cómo a cada suplantación, se operaba también un cambio exterior. Primero perdió su hermosa esbeltez y sus pasos se hicieron pesados. Luego oscurecieron sus ojos y se poblaron sus cejas. En la etapa siguiente sus brazos crecieron y sus espaldas se cubrieron de pelo. Poco después asomaron enormes colmillos entre sus belfos y luego tuvo que andar a gatas. Finalmente, cuando dejó de creer en Dios, perdió el lenguaje.

Eugenio Trueba
No. 38, Septiembre-Octubre 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 677

El viaje

Se miró en el cristal de la ventanilla. Los árboles y los postes, árboles muertos, desfilaban en una carrera veloz. El traca-traca del ferrocarril lo fue adormeciendo. Sus ojos claros, verdes o azules según su estado de ánimo, se ocultaban tras los párpados.

—Me faltan tres horas para llegar —escuchó que pensaba. Y se sumió en un sueño inquieto.

A ratos recobraba la conciencia. Como iba solo en un camerín no se avergonzaba de haberse dormido. La revista que llevaba estaba en el suelo alfombrado. El nudo de la corbata se encontraba descentrado y sus ojos estaban enrojecidos.

—Debo llegar. Debo llegar —era un resto de conciencia lo que lo mantenía despierto.

—Me esperan. De seguro María se encuentra en la estación. Y los niños. Ah, la vieja Andrea que me cuidaba de pequeño. Porque yo fui niño. Y corría. Y amaba la lluvia —recordó que tenía sed y se mojó los labios.

—El cristal es irrompible —prosiguió cambiando de tema, —y las paredes tan suaves, tan acogedoras —intentó moverse pero no pudo hacerlo.

—De seguro estoy dormido y todo es producto de la imaginación.

En el exterior el sol hería más que calentaba. Calcinaba las pequeñas hojas de la milpa que no crecería nunca.

—Debo llegar —insistió— debo llegar. Los niños me esperan para jugar. La casa con los corredores largos, y esas habitaciones altas y ventiladas— miró el cubículo donde se encontraba.

—Aquí me siento preso —cerró los ojos y durmió. De vez en cuando su lengua seca trataba en vano de mojar los labios.

Durmió hasta llegar a la estación. Ahí se abrió la puerta del camerín. Entraron dos hombres vestidos de blanco y tomándolo uno de cada brazo lo sacaron al pasillo. En el patio de la estación una camioneta pintada de blanco con un letrero en negro “Sanatorio de recuperación mental”, esperaba.

Amalia Álvarez González
No. 38, Septiembre-Octubre 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 676