Diálogo

—Cuánto se van a reír de nosotros las generaciones de siglos venideros.

—Bueno, puede que lo hagan, si es que les damos ocasión de que existan.

Luis René Aubrey
No. 38, Septiembre-Octubre 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 681

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El cafetómano

Cuando se sentía deprimido —que era casi todos los días— se metía al café, a ese ambiente nebuloso, calidoscópico, coloidal, irrespirable, donde cada segundo es una gota de plomo derretido en un ojo.

Y se ponía a oír como las palabras se arrastran confundiéndose en el polvo del tiempo, incoherentes, cacofónicas.

De vez en vez, pedía una taza de café —americano, por favor—, casi inmóvil, porque su imaginación cayó abatida, en su intento de evasión, por las prosaicas imágenes que con la asociación de los sonidos, los olores y las escenas grotescas de los rostros gesticulantes, al llegar en explosiones a su cerebro le paralizan el mecanismo.

Se llena y se vacía el local varias veces y él igual.

Hasta que le metálico ruido de las cortinas, que indican el cierre, lo empujan a la calle —como no queriendo—, liquida su cuenta, se mueve lentamente, con la sensación de que no sabe que hará al salir, si matarse o acostarse con la primer mujer que encuentre.

Teresa Osorio
No. 38, Septiembre-Octubre 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 681

Cuento para cuento

El primer hombre vino y se sentó para tomar asiento. Luego los demás llegaron para lo mismo. El primer hombre dijo que comenzaba la reunión para iniciar la reunión. Enseguida alguien propuso proponer un orden que ordenase la discusión. Otro discrepó para discrepar en que no se podía hacer lo que no se podía. Entonces se originó un debate para debatir. El primer hombre hizo sonar la campanilla para que sonase. Y todos quedaron de acuerdo en quedar de acuerdo. Se levantaron para dejar el asiento y salieron con esa finalidad. Un periodista que llegó corriendo para llegar apresurado, interrogó para preguntar al señor gobernante que gobernaba para gobernar. Le contestaron para responderle que ya se había resuelto resolverse la ley para legislar que deja satisfechos a los satisfechos, pobres a los pobres, y se dio por terminada la conmoción para darla finalizada.

J. Poniachik
No. 38, Septiembre-Octubre 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 681

Un recuerdo

Una vez, me acuerdo, un señor loco se me acercó, iba yo a la tienda de la esquina a comprar creo que refrescos para la casa, cuando se me acercó y me dijo: “Toma”, y me dio mil pesos. Yo era escuincle, y el tendero fue el que contó el dinero y me dijo que eran mil pesos, y llamó un gendarme, y entre los dos me asustaron y se quedaron con el dinero. Ahora, ya grande, me acuerdo de lo que me pasó y quisiera saber qué me pasó y quisiera saber qué es lo que Dios me quiso dar a entender con eso. Quien sabe.

A veces hasta se me va el sueño.

(No se cita al autor)
No. 38, Septiembre-Octubre 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 681