El incidente

Abandonó la cama después de una noche llena de fiebres y altas temperaturas y se dirigió a la regadera.

Fue al observar el agua atravesar su cuerpo sin mojarlo cuando descubrió que había muerto durante la noche.

Javier Quiroga G.
No. 38, Septiembre-Octubre 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 682

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El entierro

Definitivamente una mañana soleada y alegre no es conveniente para sepultar a un muerto. La alegría de la vida se filtra materialmente en los poros de nuestra piel y durante el cortejo fúnebre uno no puede pensar más que en vivir. Las caras de los niños que corren por las calles nos llenan de contento a pesar de nuestra pena, y el sol, y el aire, y las flores, y todo, tal parece que se han puesto de acuerdo para robarnos nuestra tristeza. Uno se fume entonces un cigarrillo para tratar sinceramente de apoderarse del dolor, pero todo es inútil. Hasta que una nube compasiva cubre el sol. Entonces la mañana se obscurece y las lágrimas fluyen espontáneamente a nuestros ojos.

Efraín Astudillo Ávila
No. 38, Septiembre-Octubre 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 682

Levitación

Había logrado al fin el llamado “milagro de la levitación”.

—¡Pero qué tontos son todos! ¡Tan fácil que es! ¡Y nada de tazas de chocolate, nada de eso! ¡Pero hombre, es mil veces más sencillo! Ese Lewis era un genio. Allí estuvo el secreto, disfrazado. ¡Tantos años y a nadie se le ocurrió usarlo!; solamente se muerde un poco de este lado para subir, luego, para bajar ¡qué fácil!, se le muerde del otro lado. Muy poquito ¿eh?, porque puede uno enterrarse o ira dar hasta el otro lado, con los chinos, ¡ja! Te haré una demostración. Pero no dirás nada; yo y sólo yo voy a hacer negocio con esto, Detenme.

Después de un pequeño mordisco, comenzó a elevarse mientras el otro brincaba de gusto, pisoteando el pedazo de hongo.

—¡Estúpido, bruto, mira lo que haces! —le gritaba agitando los brazos como avecilla sus alas. —¿no te das cuenta? ¡Pronto, dámelo así!

Mordió como un desesperado la torta negra de tierra y hongo, sin resultado.

Gritaba y pateaba mientras el otro le veía elevarse más y más, hasta desaparecer en el azul, como globo de niño.

Nadie le vio bajar, ¡tal vez se haya reventado!

Yolanda Margarita Fernández Ordoñez
No. 38, Septiembre-Octubre 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 682