El nahual

Cuantas veces le platicaron a Juan Panadero de las esporádicas apariciones del Nahual en las tinieblas de los caminos vecinales, no lo creía. Se mofaba de quienes aseguraban la supervivencia de aborígenes que heredaron de sus ancestros las malas artes de la hechicería, capaces de transformarse en un animal generalmente macho cabrío o en greñudo perro de boca descomunal, cuyos ojos despiden en la oscuridad, siniestros fulgores rojos. Tal es el Nahual. Hasta que una noche yendo Juan Panadero solo y su alma, para el poblado de Tehuipango en plena sierra de Zongolica, entre los estados de Veracruz y Puebla, se encontró de manos a boca en una encrucijada con el Nahual en forma de un chivo, parado a mitad del camino impidiéndole el paso y fue tanto el susto del viandante que se quedó mudo. Afirman los brujos zongoliqueños, que recuperará el habla hasta que vuelva a hallar en una sinuosa vereda el Nahual que lo curará de espanto.

Benito Guerrero Páez.
No. 38, Septiembre-Octubre 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 684

Anuncios

La vida inútil de Manuel Antonio

Ante Manuel Antonio, la entrada a la mina era como una invitación. O un reto. Se abría oscura y casi redonda semejando una boca llena de admiración, o de terror, por lo que estaba allí próximo a suceder. Es probable que sólo se tratase de un bostezo de indiferencia con que la mina demostraba su total desprecio a la vida humana.

Ante la entrada, Manuel Antonio sabía que tenía que seguir mina adentro hasta localizar al pequeño Tavito, ya que la madre, doña Celia, se lo había pedido con lágrimas en los ojos:

—Manuel Antonio, sólo tú puedes salvarlo. Yo sé que tendrás que exponer la vida, porque el techo de esa vieja mina se te puede caer encima en cualquier momento, con cualquier motivo… Pero tú eres el único que conoce la mina y sé que eres noble; no harás oídos sordos a la súplica de una madre afligida.

Sí, Manuel Antonio conocía bastante bien la mina. Cuando todavía era un adolescente trabajó en ella ayudando a su padre, y cuando se nombró una comisión de trabajadores para que pidiera al patrón gringo mayores prestaciones, Manuel Antonio quiso formar parte del grupo y contribuir, siquiera con su presencia, al logro de algo tan importante. Pero la comisión no tuvo éxito y todos sus componentes fueron cesados sin más. Luego se vino la revolución y Manuel Antonio creyó llegada su oportunidad para hacer algo notable y de utilidad para su pueblo. Así que tomó un fusil y se fue a la bola, pero antes de haber podido disparar un tiro, fue alcanzado en el muslo derecho por una bala de procedencia desconocida, y para Manuel Antonio significó el fin de su intervención revolucionaria.

Ahora, a los sesenta años de edad, se le presentaba una nueva oportunidad de lograr su viejo anhelo de hacer algo importante. Salvar la vida de un niño lo era, ciertamente de modo que no pensó más y avanzó con resolución…

Un estruendo ensordecedor y una nube de polvo que salió por la boca de la mina anunciaron a doña Celia el derrumbe de ésta. Se llevó ambas manos al pecho, como queriendo contener los latidos de su corazón, y sus labios musitaron un “¡Dios mío!” que expresaba toda su angustia y desesperanza. El sonido de unos pies que se aproximaban corriendo la sacó de su estupor y al volver la cara vio a Tavito, que miraba sorprendido hacia la mina.

—¿Qué pasó mamacita? ¿Por qué se derrumbó la mina? ¿Quién está adentro?…

—¡Hijito de mi alma! —casi gritó doña Celia, abrazando a su hijo y palpándolo como si no creyera en su existencia— ¿De dónde sales? Creí que estabas adentro de la mina… ¡Oh, creí tantas cosas! ¿Dónde estabas?

—Estaba dentro de la mina mami. Es mi baticueva, ¿sabes?, y tengo una salida secreta por la que me escurro cuando me persiguen mis enemigos —explicó el niño orgullosamente—, Porque has de saber que cuando soy Batman tengo muchos enemigos…

—¡Ay, hijito, que desgracia! ¡Pobre de Manuel Antonio! Murió inútilmente el pobrecito…

Jesús Cisneros Palacios
No. 38, Septiembre-Octubre 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 684

La mariposa y el genio

Un día del mes de junio, un día como cualquier otro, a no ser por…
El mundo de los gusanos vio con extrañeza la llegaba de otro gusano, éste no era igual a ellos, era un poco más corto, más grueso, tenía pelo y una pequeña trompa.

Los demás gusanos al verle le rehuían, juzgaban algo diferente, algo que no iba con ellos.

El nuevo gusano cansado de buscar compañía y ser rechazado decidió encerrarse en sí mismo y entonces por su boca empezó a salir un delgado hilo en el que se fue envolviendo hasta quedar completamente cubierto.

… y ahí quedó hasta que hubo madurado, una vez que lo logró rompió su prisión y elevando el vuelo, alejándose de aquellos con quienes vivía pero que no habían sabido comprender que era distinto porque su misión era diferente.

Rafael Fernández Flores
No. 38, Septiembre-Octubre 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 683

La última voluntad

Junto a aquél árbol que solía abarcar diversos tonos de color en su follaje, según la temporada, ella se despidió. Siempre sonriente, reflejando y expandiendo una alegría exquisita que le hacía ver sobrenaturalmente hermosa. Y no miento al calificarla así; pues desapareció bañando su recuerdo con un velo fantasmal. A pocos días, fui enterado de su repentina muerte.

Seguí acudiendo al sitio en que la vi por vez última. En primavera, el árbol se vestía de un verde intenso. Creía oír su risa florida.

Tiempo después, me cubría de la lluvia bajo el árbol que sabía de mis angustias y entonces las gotas de agua que llegaban a mí, contábanme acerca de su ternurosa femineidad y recordaba los instantes dichosos en su compañía, que ahora, aumentaban mi dolor.

Cuando las hojas se desprendieron y el aire soplaba, parecía flotar un murmullo llamándome a las ramas desnudas, modelaban en su ritmo contornos que algo de ella asemejaban.

Al cabo de varias semanas, me di cuenta de mi próximo final. Cavé, cavé mucho, despojado de ropas, con agobiante esfuerzo contínuo, cuando las horas recrudecían el frío. La pala, convertida en máquina, apartaba la tierra; toda la energía acumulada en mi vida, estaba en ese instante concentrada en su afán ¡y lo había logrado! Entonces, descubiertas ya las raíces, desfalleciente, me acerqué a ellas y dormí… plácidamente… eternamente.

Su entierro fue fácil, ahí se le cubrió, tal fue su última voluntad.

Raúl Linares
No. 38, Septiembre-Octubre 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 683