Luis Ignacio Helguera

Luis Ignacio Helguera, in memoriam

Por Ricardo Cayuela Gally

 En El pez en el agua, en un memorable capítulo sobre los talentos desperdiciados de la cultura del Perú, Vargas Llosa narra el sino de un grupo de amigos y contemporáneos, especialmente dotado para las artes y las ciencias, que se pierde en destinos trágicos, vidas truncas, trayectorias rotas. No puede ser otro el epitafio de Luis Ignacio Helguera (México, 1962-2003): premio al mérito académico en sus estudios de filosofía y licenciado con los máximos honores con una tesis sobre Heiddegger que, en opinión de sus maestros, es una precoz obra maestra; sus derroteros intelectuales lo llevaron a practicar el ensayo literario, la crítica musical (hasta convertirse en uno de los mejores comentaristas musicales del país, como atestigua su libro El atril del melómano), el aforismo (recogidos en el libro Ígneos), el cuento (cuyo título más emblemático y representativo es El cara de niño) y la poesía (con libros tan significativos para su generación como Traspatio y Murciélago al mediodía).

     Quizá la línea secreta que une toda su obra de creación sea la concisión y la permutabilidad de los géneros: sus aforismos tienen la elegante economía de medios de sus poemas: “Ni sí, ni no, ni ni”; “El velorio es una fiesta sin anfitrión”; “La lluvia es de ayer: cuando llueve, está lloviendo en patios de ayer. Por eso cuando llueve, miramos melancólicos por la ventana”; “El mar: única monotonía que no cansa”; “Soñé que no podía dormir, y que al fin me dormía y soñaba que no podía dormir. Desperté exhausto”. Sus poemas son también pequeños relatos en prosa, con la inteligencia-bisturí de sus aforismos: Helguera fue un poeta del instante, de lo cotidiano vuelto trascendente a fuerza de decantación y sutileza; sus cuentos, de aliento contenido, son historias redondas, breves, a caballo entre la fábula y el aforismo largo, siempre con alguna paradoja o giro irónico como secreto motor narrativo, cuentos que son pequeñas minucias astronómicas perfectamente observadas. Helguera unía un sentido de respeto artesanal por la palabra escrita con una agudísima inteligencia para encontrar nuevos vinos en odres viejos, a la manera de sus maestros y/o modelos: Rossi, Monterroso, Morábito…

     Además, fue también editor, primero como redactor de Vuelta y luego como jefe de redacción de la revista musical Pauta, de su amigo y mentor Mario Lavista. Por si fuera poco, su antología del poema en prosa publicada por el Fondo de Cultura Económica es de obligada consulta y una buena forma de acercarse a sus afinidades electivas, abiertas y secretas.

     Por ello, al dolor y la impotencia de la muerte de un amigo se añade la sensación de pérdida enorme para nuestra cultura. Destino trágico, vida trunca, trayectoria rota. Con el ego del artista que escenifica su suicidio “atado al potro del alcohol” delante de sus amigos, que lloran en silencio su ruina diaria mientras se resignan a acompañarlo una vez más, después de agotados todos los recursos de la cordura, a tomar una última copa que nunca es una ni última, Nacho vivió absurdamente insatisfecho, pese a tenerlo todo: talento, inteligencia, una mujer y una hija bellísimas y extraordinarias, buenos y leales amigos, una familia central en la cultura mexicana como apoyo y una serie infinita de pasiones que pueden acompañar una vida de por vida. Pero sus fantasmas internos tenían prisa y otros planes.

     La verdadera pasión que regía su vida era el ajedrez. No sólo como el excelente jugador que era, imaginativo y audaz —uno de los grandes jugadores mexicanos en el uso de los peones y experto donde los haya en la defensa francesa (que simula una taimada contención en el bando negro para luego contraatacar con furia sobre las desprevenidas piezas blancas)—, sino porque le fascinaban el ajedrez y su cultura, el ajedrez como metáfora del mundo. Por ello no sólo hablaba del asunto con Juan José Arreola, al que le hizo una célebre entrevista, o con su tío Eduardo Lizalde, o recitaba de memoria los sonetos de Borges, o analizaba al detalle La defensa de Nabokov, sino que tenía toda una colección de frases célebres sobre el ajedrez y un interminable catálogo de dichos populares. Llegó incluso a estudiar la vida y la obra de Carlos Torre, el jugador yucateco que derrotó a Murphy y Lasker e hizo tablas con Capablanca y que, sin duda, es uno de los grandes de todos los tiempos, pese a que su meteórica carrera se interrumpió apenas empezada por una enfermedad mental. Nacho conocía de memoria partidas enteras de Torre y fue el primero que me descubrió el célebre encuentro contra Dupré, en donde el genio yucateco obliga al rey rival, jugada tras jugada, a “suicidarse” delante de sus peones, como magnetizado por las piezas enemigas. La partida pasó a la historia del ajedrez como una de las más bellas de todos los tiempos, inmortalizada con el título de “El rey encantado”.

     Por ello jugar con Helguera era una delicia: por ser un rival temido y casi siempre victorioso, pero también porque el juego en sí se convertía en un diálogo, antes, durante y después, sobre la cultura del ajedrez y sus metáforas. Y por extensión, sobre todo lo demás que nos unía: la literatura, la pasión dolida por la ciudad de México, la música…

     Nacho era el líder de una tertulia de ajedrez que acabó convertida en una pequeña institución semanal para sus integrantes. La mañana de los sábados, en la cafetería de la librería Gandhi, con el novelista Daniel Sada, con el pintor Gustavo Aceves, con el asesino del gambito Alberto MacLane, con el historiador y editor del Instituto Mora Hugo Vargas, con el narrador Armando Alanís, y luego los jueves por la noche, en un sistema de casa rotativa, al que luego se sumarían el poeta Luigi Amara y Jorgito Hernández, nos reuníamos a imaginar conjuras y celadas en nuestro universo-tablero de 64 escaques e infinitas posibilidades. Con la puntualidad que rige las pasiones genuinas e innecesarias, nos reuníamos a jugar y Nacho era el centro indiscutible de aquellos aquelarres, en donde nunca faltaron los excesos, dentro y fuera del tablero; competitivo, festivo, desbordado, su performance era insustituible. Incluso esa pasión nos hizo competir en el abierto por equipos de la primera fuerza de México, en un memorable viaje a Tlaxcala en donde nuestro equipo, titulado modestamente Nabokov, compuesto por Aceves, Alanís, MacLane, Helguera y quien esto escribe, logró un meritorio cuarto lugar nacional.

     Con Nacho jugué en los escenarios y las circunstancias más dispares: desde los bucólicos jardines del hotel San Miguel Regla de Guanajuato, cuando coincidimos en un Festival Cervantino, hasta el insólito torneo que protagonizamos en un table-dance, para pasmo y angustia de las bailarinas que no entendían como unos “varoncitos” podían concentrarse en las “fichas” y el tablero y despreciar, cierto que sólo por turnos, sus alegres contorsiones en el escenario.

Estas líneas no pretenden ser una valoración objetiva de un autor y una personalidad cultural: son sólo el veloz retrato de un amigo entrañable, genial y atormentado, al que el polvo del destino se llevó a urdir jaques mates a otros demonios[1].

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El sapo


Salta de vez en cuando sólo
Para comprobar su radical
Estático.
Juan José Arreola,
“El sapo”, Bestiario

Al autor del Confabulario,
En sus 70 años

Nació entre la piedra y el charco, pesado como una roca musgosa y sorpresivamente ágil como el alud. Piedra y pedrada. Sueño viviente de las piedras, el sapo sueña a su vez con las piedras que lo soñaron; sueña nostálgicamente con el retorno a su origen rupestre, con el perfecto reposo, con la muerte sin nacimiento de la cosa. A diferencia de las señoras de tocador, el sapo sabe bien que la solución no es untar esas cremas y maquillajes hipócritas sobre la cara ajada, sino al revés: propiciar que el cutis se vuelva cada vez más rugoso y negroverduzco, hasta que se pudra y se sumerja, así, en el sueño y olvido definitivos de la piedra. Y para regresar a su origen, se mueve, brinca un poco de vez en cuando sólo para certificar su fracaso; que todavía no; que el compás de su garganta sigue vivo y atlético, sepultado bajo la masa pedregosa de su cuerpo; que sus ojos no se han cerrado y son todavía dinámicos y… saltones.

El pobre sapo se debate dramáticamente entre Heráclito y Parménides. Y se esconde bajo los arbustos, para contemplar de lejos, inflado de envidia, al sapo de piedra que se quedó escuchando, a una orilla de la fuente, boquiabierto y extasiado, las melodías cristalinas del agua.

Luis Ignacio Helguera
No. 118, Abril-Junio 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 155

Pere Calders

Pere Calders i Rossinyol

(Barcelona, 29 de septiembre de 1912 – Barcelona, 21 de julio de 1994)

 

Fue un escritor en lengua catalana, considerado uno de los mejores autores de la literatura en catalán.

Pere Calders fue el único hijo del matrimonio formado por el escritor modernista Vicenç Caldés i Arús y Teresa Rusiñol Roviralta. Fue inscrito en el registro como Pedro de Alcántara Caldés i Rusiñol. Aunque nacido en Barcelona, pasó gran parte de su infancia en el campo, en las cercanías de Polinyá, en el Vallés Occidental. En su vocación literaria fue decisiva la influencia de su padre. En Barcelona, hizo sus estudios primarios en la escuela catalana Mossèn Cinto. Uno de los maestros de esta escuela, Josep Parunella, le animó a encaminar sus pasos hacia la literatura. Como resultado, ya a los catorce años escribió un primer relato, El primer arlequí, que se publicaría muchos años después.

La literatura no era, sin embargo, la única vocación de Calders. La otra era el dibujo: durante un tiempo trabajó como ayudante del dibujante checo Karel Černý, y a los diecisiete años, en 1929, ingresó en la Escuela Superior de Bellas Artes de Barcelona.

Cuando tenía veinte años, gracias a los buenos oficios de su amigo y futuro cuñado, Avel·lí Artís-Gener, Tísner, entró a formar parte de la redacción del Diari Mercantil, que entonces dirigía Josep Jané i Olivé. La ayuda de Janés sería de gran importancia a la hora de que Calders viera publicada su obra. En 1933 apareció su primer relato, Història de fantasmes o el capillar «Estrella», en el diario Avui, y en 1936 vio la luz su primer libro, la colección de relatos breves El primer arlequí.

A pesar de los tiempos difíciles que corrían por entonces en España, con el estallido en 1936 de la Guerra Civil, Calders desplegó por entonces una gran actividad creativa, colaborando, como escritor o como dibujante, en numerosas publicaciones, como el mencionado Diari Mercantil, La Rambla, Diari de Barcelona, Treball o L’esquella de la Torratxa.

En 1937 fue incorporado al ejército republicano como técnico cartógrafo. Ese mismo año apareció su novela corta La glòria del doctor Larén. En 1938 quedó finalista del Premio Narcís Oller con su libro de cuentos L’any de la meva gràcia, y del Premio Crexells con Gaeli i l’home déu. El desarrollo posterior de los acontecimientos impidió que estas dos obras llegaran a publicarse. Sí llegó a editarse, sin embargo, otro libro suyo, Unitats de xoc, sobre sus experiencias en el frente.

Tras el final de la guerra civil, y después de haber sido internado en el campo de concentración de Prats de Molló, primero, y luego en el castillo de Roissy-en-Brie, se exilió en México, un país extraño para un catalán de raíces fuertes. La adaptación fue muy difícil, pero siempre agradeció el espíritu generoso del país que le acogió. Desde su exilio, el trabajo de Calders, junto con el de otros intelectuales catalanes, fue clave para el desarrollo de la conciencia y la cultura catalanas. En 1955 publicó Cròniques de la veritat oculta (Premio Víctor Catalá 1954), y posteriormente aparecieron otras dos colecciones de relatos: Gent de l’alta vall ( 1957) y Demà a las tres de la matinada (1959).

El 10 de diciembre de 1962 la familia Calders regresó a Barcelona, y al año siguiente el autor recibió el Premio Sant Jordi por la novela L’ombra de l’atzavara, que se aparta de su línea de escritura más habitual. En 1964 publicó una biografía del poeta Josep Carner, a quien había tratado durante su exilio mexicano. Ronda naval sota la boira (1966) supone el regreso de Calders al peculiar estilo de sus relatos breves. En 1967 publicó una novela corta ambientada en México, titulada Aquí descansa Nevares.

En el terreno profesional, el reconocimiento masivo le llegó con la representación de la obra Antaviana, basada en cuentos suyos, por el grupo teatral Dagoll Dagom, y con música de Jaume Sisa, en el año 1978.

Murió el 21 de julio de 1994 después de una larga enfermedad[1].