No hay plazo que no…


Ni los médicos podrían precisar cuando cuánto tiempo, qué milagro dentro del estado de coma, cuánta agonía. El viejo sólo esperaba. La puerta del cuarto blanco se abrió y la figura de una mujer oscureció las paredes. El viejo suspiró: la había reconocido. Ella dijo:

—Discúlpame, viejo amigo. Tú sabes cómo es la ciudad y su tráfico. Pero ya estoy aquí para servirte

Eduardo Osorio
No. 118, Abril-Junio 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 198

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