El regreso


Uno de los delirios de Platón fue, que absuelto todo el círculo del año magno (así llamaba a aquel espacio de tiempo en que todos los astros, después de innumerables giros, se han de restituir a la misma positura y orden que tuvieron entre sí), se han de renovar todas las cosas; esto es, han de volver a aparecer sobre el teatro del mundo los mismos actores a representar los mismos sucesos, cobrando nueva existencia hombres, brutos, plantas, piedras; en fin, cuanto hubo animado e inanimado en los anteriores siglos, para repetirse en ellos los mismos ejercicios los mismos acontecimientos, los mismos juegos de la fortuna que tuvieron en su primera existencia.

Padre Feijoo, citado por Borges
No. 35, Abril 1969
Tomo VI – Año IV
Pág. 286

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Insomnio


Al principio, se te llena el oído de nada: puntitos blancos sobre una superficie negra, espesa. De ahí, al latido de las sienes que te hace pardear con los ojos cerrados. Y la lengua que recorre distancias inconmensurables.

Humedad: color rojo, tibieza. Negro: masa informe. Un claxon, el relámpago amarillo que atraviesa la ventana y te abre la cabeza.

Sobre la almohada, después, sentirás la caricia fría en la mejilla, la oreja, una parte del cuello. Golpes en la frente. Un martillo. Paredes que se derrumban, se desintegran, caen estrecha y lentamente por un tubo.

Tienes las manos, la boca, los poros de la nariz, las órbitas, llenos de polvo, de cal y escombros.

Vuelve a ensayar: uno, el miedo. Dos, sueño. Tres, temblor de todas las partes de tu cuerpo. Saliva transparente que se desliza por las comisuras de la boca y se hunde en la almohada.

En el hombro izquierdo se te clava la inmovilidad. Tus dedos palpan sobre la sábana los mismos puntos negros. Imaginas el árbol que en la calle se da sombra a sí mismo, la reja que rechina, la voz de aquel que te piensa a medianoche, vestida de desnudeces.

Ya está, casi. La cabeza hundida en un molde de yeso, el resto cubierto de cera. El cuello, sólo el cuello, libre. Abre los ojos: sobre el asfalto las ruedas de un coche. A lo lejos, una fuente de piedra.

Paciencia, todo consiste en no actuar. La barricada del temor te resguarda. Silencio. Los ojos te dilatan, saltan y revientan en el espacio como granadas de remediosvaro. La rama de pirú se ha introducido por una grieta de la pared. En las manos tienes sangre, de tanto hundir en ellas las uñas. Y un avión trascurre en el cielo como un largo minuto rugiente.

Irene Prieto
No. 35, Abril 1969
Tomo VI – Año IV
Pág. 279

El hombre de oro


Se acercó primero al trono el sabio hindi, se prosternó ante el rey, besó la tierra entre sus manos, y después de haberle deseado alegría y dicha en aquel día de fiesta, le ofreció un presente verdaderamente real: consistía en un hombre de oro, incrustado de gemas y pedrerías de gran precio, que tenía en la mano una trompeta de oro. Y le dijo el rey Sabur: “¡Oh, sabio! ¿para qué sirve esta figura?” El sabio contestó: “¡Oh mi señor! ¡este hombre de oro posee una virtud admirable! ¡Si le colocas a la puerta de la ciudad, será un guardián a toda prueba, pues si viniese un enemigo para tomar la plaza, le adivinará a distancia, y soplando en la trompeta que tiene a la altura de su rostro, le paralizará y le hará caer muerto de terror!”.

Historia Mágica del caballo de ébano en “Las mil noches y una noche”
No. 35, Abril 1969
Tomo VI – Año IV
Pág. 273