Sirenas


En el siglo VI, una sirena fue capturada y bautizada en el norte de Gales, y llegó a figurar como una santa en ciertos almanaques antiguos, bajo el nombre de Murgan. Otra, en 1403, pasó por la brecha en un dique, y habitó en Haarlem hasta el día de su muerte. Nadie la comprendía, pero le enseñaron a hilar y veneraba como por instinto la cruz. Un cronista del siglo XVI razonó que no era un pescado porque sabía hilar, y que no era una mujer porque podía vivir el en agua.

Jorge Luis Borges
No. 35, Abril 1969
Tomo VI – Año IV
Pág. 299

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Irrebatible


“Nuestro Profeta, ¡sean con él la paz y la plegaria! dijo: “El verdadero sabio es el que prefiere las cosas inmortales a las perecederas.” Y se cuenta que el asceta Sabet lloró tanto, que se le enfermaron los ojos. Entonces llamaron a un médico, y le dijo: “No puedo curarte, como no me prometas una cosa”. Y el asceta preguntó: “¿Qué cosa he de prometerte?”. Y dijo el médico: ¡Que dejarás de llorar!” Pero el asceta repuso “¿Y para qué me servirán los ojos si ya no llorara?”

Las mil noches y una noche
No. 35, Abril 1969
Tomo VI – Año IV
Pág. 298

Elegía musulmana


El mandadero vio entonces que había abierto la puerta otra joven, cuyo talle, elegante y gracioso, era un verdadero modelo, especialmente por sus pechos redondos y salientes, su gentil postura, su belleza, y todas las perfecciones de su talle y de todo lo demás. Su frente era blanca como la primera luz de la luna nueva, sus ojos como los ojos de las gacelas, sus cejas como la luna creciente del Ramadán, sus mejillas como anémonas, su boca como el sello de Soleimán, su rostro como la luna llena al salir, sus dos pechos como granadas gemelas. En cuanto a su vientre juvenil, elástico y flexible, se ocultaba bajo la ropa como una carta preciada bajo el rollo que la envuelve… y en el lecho había una joven de maravillosa hermosa, con ojos babilónicos, un talle esbelto como la letra Aleph, y un rostro tan bello, que podía envidiarlo el sol luminoso. Era una estrella brillante, una noble hermosura de Arabia.

Las mil noches y una noche
No. 35, Abril 1969
Tomo VI – Año IV
Pág. 297