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“El campeón”
Joseph Hirsch

No. 30, Mayo 1968
Tomo V – Año V

Espejismo


El espejismo es tan sólo una ilusión de óptica, alcanzó a decir el arqueólogo a sus sedientos compañeros, antes que las aguas del oasis se cerraran sobre él.

Guillermo R. Ter-Veen Gómez
No. 113, Enero-Marzo 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 121

Fotógrafo

Tenía la vista cansada, su único ojo ardía y aunque la visión era turbia (sin lágrimas) la resequedad aumentaba.

El placer consistía en dormir cuando le ponían el párpado en su lugar: soñaba y su imaginación le permitía liberarse de su tortuosa vida.

Jornadas de trabajo de 16 horas continuas, mirando sin querer tantos y tantos documentos e inútiles papeles elaborados por altos funcionarios o absurdos proyectos que de sobra sabía, por la experiencia de años forzada a la misma labor, eran un constante repetir; se negaba a mirar, la obligaban cotidianamente a ese martirio —¿Por qué no soy más pequeña? Se preguntaba ¿Toda mi generación sufrirá lo mismo? ¿Así tratarán a mis semejantes? ¿Cuánto tiempo de vida me queda?

Las enfermedades en este tiempo eran más frecuentes, y no faltaba quien después de maldecirla le daba una patada cuando fallaba en sus labores, así que, además de los manoseos cotidianos todavía la culpaban de algo que ella no podía evitar.

La modelo 7000, de esas fotocopiadoras ocupadas en el gobierno, esperaba inútilmente que alguien la comprendiera.

Alejandro Pastrana Salazar
No. 113, Enero-Marzo 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 119

Todo lo contrario


—Veamos, —dijo el profesor. —¿Alguno de ustedes sabe qué es lo contrario de IN?

—OUT —respondió prestamente un alumno.

—No es obligatorio pensar en ingles. En español, lo contrario de IN (como prefijo privativo, claro) suele ser la misma palabra, pero sin esa sílaba.

—Sí, ya sé: insensato y sensato, indócil y dócil, ¿no?

—Parcialmente correcto. No olvide, muchacho, que lo contrario del invierno no es vierno sino verano.

—No se burle, profesor.

—Vamos a ver. ¿Sería capaz de formar una frase, más o menos coherente, con palabras que, si son despojadas del prefijo IN, no confirman la ortodoxia gramatical?

—Probaré, profesor: “Aquel dividuo memorizó sus cógnitas, se sintió dulgente pero dómito, hizo ventario de la famias con que tanto lo habían cordiado, y aunque se resignó a mantenerse cólume, así y todo en las noches padecía de somnio, ya que le preocupaban la flación y su cremento”.

—Sulso pero pecable, —admitió sin euforia el profesor.

Mario Benedetti
No. 113, Enero-Marzo 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 117

La ciudad y los signos


El hombre que viaja y no conoce todavía la ciudad que le espera a lo largo del camino, se pregunta cómo será el palacio real, el cuartel, el molino, el teatro, el bazar. En cada ciudad del imperio cada edificio es diferente y está dispuesto en un orden distinto; pero apenas el forastero llega a la ciudad desconocida y echa una mirada sobre aquel racimo de pagodas y desvanes y cuchitriles, siguiendo la maraña de canales huertos basurales, de pronto distingue cuáles son los palacios de los príncipes, cuales los templos de los grandes sacerdotes, la posada, la prisión, el barrio de los lupanares. Así —dice alguien— se confirma la hipótesis de que cada hombre lleva en la mente una ciudad hecha sólo de diferencias, una ciudad sin figuras y sin forma, y las ciudades particulares la rellenan.
No así en Zoe. En cada lugar de esta ciudad se podría vuelta a vuelta dormir, fabricar arneses, cocinar, acumular monedas de oro, desvestirse, reinar, vender, interrogar oráculos. Cualquier techo piramidal podría cubrir tanto el lazareto de los leprosos como las termas de las odaliscas. El viajero da vueltas y vueltas y no tiene sino dudas: como no consigue distinguir los puntos de la ciudad, aún los puntos que están claros en su mente se le mezclan. Deduce esto: si la existencia en todos sus momentos es toda ella misma, la ciudad de Zoe es el lugar de la existencia indivisible. ¿Pero por qué entonces la ciudad? ¿Qué línea separa el dentro del fuera, el estruendo de las ruedas del aullido de los lobos?

Italo Calvino
No. 113, Enero-Marzo 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 115

En la cruz


Oía gritos, gritos. El crucificado volvió la vista hacia sus pies y vio a María Magdalena, a María, madre de Santiago y José, a un ramo de mujeres.

Sobre su cabeza, en la cruz, se leía: ESTE ES JESÚS, REY DE LOS JUDÍOS. A sus flancos estaban crucificados dos ladrones.

Alzó de nuevo la cara y vio entre sombra la impresionante multitud que esperaba su muerte. El aire se llevaba y le llevaba insultos, befas, rumores. Oyó de pronto: “Si eres hijo de Dios, sálvate tú mismo.” Sacerdotes, escribas y ancianos lo escarnecían despreciativamente. Se sintió aturdido y pensó que lo mejor sería que acabara pronto. De súbito su vista se detuvo en un rostro que gritaba y reconoció a un mudo al que había hecho hablar. Trató de seguir los rostros en la multitud, y fijó cerca del templo a un ciego al que había hecho ver y cuyos ojos llameaban ahora de ira y de odio, y junto a él, embriagándose, a un leproso al que había sanado, y no muy lejos de ellos, a un paralítico al que devolvió la movilidad y que ahora se divertía haciendo gestos y ademanes obscenos. En ese instante, lleno de incomprensión y dolor, volvió los ojos hacia el cielo y gritó por última vez a su Padre.

Marco Antonio Campos
No. 113, Enero-Marzo 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 113

Rogelio Treviño

Rogelio Treviño: Una obra sólida, transparente, luminosa

 

Por: Jorge A. Hernández

La primera vez que supe de Rogelio Treviño fue hace varios años, una noche cuando atravesaba caminando la entonces lujuriosa calle Mariscal, y una de las personas que me acompañaba me dijo: “El es el mejor poeta de Chihuahua”.

Estaba parado entre un puesto de tacos y las escaleras que daban a la entrada del bar Freegay. Llevaba una boina tipo jugador de golf que porta en otras de sus fotos, vendía unas flores que parecían arrancadas de un jardín de casa.

La imagen cándida e inofensiva que tenía de los escritores en ese momento, como foto de contraportada de los libros de Grijalbo, sufrió un tropiezo al verle la marca del hambre y el frío visible en su delgado rostro.

Por mucho tiempo no supe de él, hasta después que tomé clases de teatro en Ciudad Juárez en la misma escuela que su hija Xitlali, una chica bastante talentosa para el dibujo, muy tímida y amable.

Hasta hace unas semanas vuelvo a escuchar su nombre. En los periódicos y las redes sociales hablan de su muerte. Que su cuerpo había permanecido en calidad de desconocido por alrededor de un mes y que había fallecido de hipotermia por que dormía en las calles.

Treviño alguna vez dijo: la labor del poeta es revelarlo, decirlo, cantarlo aunque le partan la madre (…) un artista inculto es una aberración del arte (…) el poeta que se vende, se alquila o maquilla sus versos, hace de su poema una prostituta verbal y eso es muy triste…(*)

El periodista y escritor Mauricio Rodríguez, comentó acerca de este artista que fue uno de esos poetas que no sólo deben de leerse sino además vivirse. “Al final de cuentas es la función primordial del artista, la de renacer a través de la emoción que provoca en el que le aprecia y él lo logró de manera precisa”.

Por su parte, Arturo Ramírez-Lara autor del libro “Cartas para dormir a Jonás” también expresó su pesar ante este lamentable suceso, calificando a Treviño como “un tipo muy dedicado a su trabajo, cultísimo además que había leído de todo y a todos”.

Enrique Servín, escritor también chihuahuense quien conoció al poeta, nos ofrece a continuación un panorama más amplio de su vida y obra, en la entrevista que ofreció para esta publicación, pero que lamentablemente por falta de espacio, tuvo que ser condensada.

“Personalmente, percibo a Rogelio como un poeta plenamente moderno en lo formal, muy adueñado de la tradición de la vanguardia, de su lenguaje y de sus recursos. Pero al nivel del discurso encuentro un contenido más bien ecléctico; una mezcla de gnosticismo y tradiciones esotéricas diversas, particularmente el Hermetismo y la metafísica de Guénon. Y también, por supuesto, una actitud romántica. A Rogelio no le hubieran molestado estos comentarios, porque él consideraba que todas las tradiciones filosóficas no son, en realidad, sino las partes dispersas de una misma sabiduría, los “fragmentos de una enseñanza desconocida”, para decirlo con el título del libro de Ouspensky, a quien él, por supuesto, leyó. Creo que la verdadera lectura de la obra de Rogelio Treviño, la lectura seria de su poesía, apenas si comienza. Se le ha admirado hasta ahora por su perfección formal, por la pasión que emana de su visión, incluso por el personaje que él mismo se afanó en construir, ya que encarnaba a la vez los estereotipos del “poeta maldito” y el “poeta romántico”. Pero no se ha hecho un análisis atento de su evolución literaria ni de su verdadero legado artístico y, por lo tanto, es difícil hablar de categorías, tendencias o influencias en su trabajo”.

¿En qué radica la importancia o grandeza de su obra Septentrión?
Es un poema extraordinario, sin duda alguna. Una obra verdaderamente sinfónica, maravillosamente rítmica, muy bien estructurada, caracterizada por un desarrollo impecable, y por una muy atrevida utilización de recursos muy poco usuales, tales como la inclusión de fragmentos de partituras musicales, la inclusión deliberada de otros textos, la utilización de frases en un idioma indígena y la incursión eventual, por decirlo así, en remansos de prosa poética, o simplemente de prosa. Pero aún así, yo no estoy seguro de que Septentrión sea su mejor poema. Es, repito, el más complejo y el más extenso, el más diverso internamente. También es el poema que marca su madurez como escrito. Sin embargo, debo confesar que no lo considero un poema perfecto; creo que abusa de la enumeración en un par de momentos, dejando al descubierto una cierta intención escritural, es decir: una ambición determinada en la concepción o el plan de escritura del poema —y que es la de la totalización, la de lograr un poema-río—, intención que de pronto se vuelve visible, evidente, y por lo tanto deja de funcionar

¿En qué se diferencia Treviño, al resto de los intelectuales de su generación?
Si por “su generación” nos referimos al par de grupos locales con los que convivió durante muchos años en Ciudad Juárez y en la Ciudad de Chihuahua, se me ocurre que habría dos grandes diferencias. La primera sería, como ya lo dije, su profunda religiosidad, su afiliación a la tradición esotérica, con la cual tuvo contacto, si no me equivoco, a través de José María Lugo, un poeta nicaragüense que vivió en el Norte de México hasta el final de su vida. La segunda, quizá derivada de la anterior, fue su casi total falta de interés en lo social, y, más específicamente, en lo político.

¿Cómo era el ambiente literario en el tiempo cuando se empieza a conocer la obra de este poeta?
Era la era anterior al Internet, y tanto Juárez como Chihuahua eran ciudades bastante aisladas y además mucho más pequeñas que ahora, al margen de la vida literaria nacional, que giraba en torno a la Ciudad de México y sus alrededores. El acceso a los libros era difícil, porque había pocas librerías y muy pocas (y muy malas) bibliotecas. Muchos jóvenes vivíamos en la ilusión de que el paraíso (la revolución socialista, el mundo igualitario y de la prosperidad permanente) estaba a la vuelta de la esquina.Los escritores nos reuníamos en cafés a leer e intercambiar y comentar libros. O en casas, a festejar y hablar de literatura. No existían revistas culturales serias, salvo las de circulación nacional, difíciles de conseguir localmente.No había premios, ni becas, ni (casi) manera de publicar fuera de la Ciudad de México,  de manera que la literatura tenía algo de “espíritu de voluntariado”, algo de heroico.

¿Cómo comienza Rogelio Treviño a vivir en las calles?
Creo que, en su vida personal, el momento clave fue la ruptura con su primera esposa. Esto ocurrió hace ya muchos años, a raíz del problema de salud que Rogelio padecía, y que no es ningún secreto para nadie. Después de eso Rogelio conoció varias temporadas de recuperación y estabilidad, pero sus crisis eran recurrentes y siempre desembocaban en rupturas de todo tipo, a veces de modo muy dramático. Esto lo orilló en varias ocasiones a llevar una vida trashumante y muy precaria, durmiendo donde podía, en ocasiones por años enteros.

¿Cómo manejaba su alcoholismo?
Rogelio no solamente no hacía gran cosa por controlar su enfermedad sino que, al contrario, la consideraba una parte integral de su destino y hasta de su proceso espiritual. Así se lo dijo en numerosas ocasiones a sus amigos, así lo escribió, de manera metafórica, en algunos textos, y así lo demuestra el final de su narración autobiográfica, “La mujer que no fui”, que cierra con una dramática predicción de lo que habría de ser su fin. Rogelio no sólo lo sacrificaba todo en aras de la creación de una obra, sino que pensaba que para la creación de esa obra era necesario el autosacrificio, la autoinmolación, el desmantelamiento del “yo” aún a costa de la renuncia a la integridad física y psíquica. El alcohol fue su vía para abandonarse a ese sacrificio, aunque también podría decirse que esa ideología fue su pretexto para abandonarse al alcohol.

¿Donde pasó sus últimos días?
No sé mucho sobre esto. Parece que en una cochera que les prestaban a él y a otros amigos que lo acompañaban. En cualquier caso, las circunstancias de su muerte no quedan claras. Su cuerpo fue encontrado casi dos meses después de su desaparición. Algunas circunstancias son muy extrañas. Parece que otras dos personas murieron junto con él, si es posible decir esto. Según unas versiones, Rogelio murió en el hospital, cuando ya sus otros dos compañeros habían fallecido. Nadie avisó a los familiares. ¿Negligencia criminal? ¿Pacto suicida? Nadie reclamó los cuerpos. En fin, yo no conozco más que diferentes versiones.

¿Cuales son los elementos principales que uno encuentra en su poesía o narrativa?

Una visión trascendentalista, un sentimiento de que todo es sagrado, incluso el mal, incluso el dolor. Un manejo elegante del mito religioso, especialmente los de la tradición clásica, pero también del Hinduísmo, el Hermetismo y de otras religiones. Una delicadeza extraordinaria. Una complejidad que incluye lo lírico, lo épico, lo dramático. Un manejo impecable del lenguaje, rayano en lo litúrgico, en lo ritual.

La obra de 40 años de Rogelio Treviño es el testimonio más importante que se queda para las próximas generaciones, una obra angular dentro de la poesía chihuahuense que acertadamente describe Servín para finalizar la entrevista como: “una obra sólida, transparente, muy luminosa. Digna de ser contada entre lo más valioso que produjo su generación[1].

Conoce a Rogelio Treviño en esta serie de videos 

 

 


 

Una sospecha


Una familia compuesta de padre, madre y dos niños, salió a pasear y se sentó a descansar en medio de un bosque. La niña oyó un llamado, se fue a corretear por el interior del bosque y volvió minutos más tarde. Al principio los padres ni veían cambio en ella, pero gradualmente empezaron a notar algo raro, lo fueron siguiendo cada vez más y más, hasta que, pasando los años, sospechaban que otra niña, no la suya, volvió del bosque aquella vez.

Nathaniel Hawthorne
No. 113, Enero-Marzo 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 109

Aparición


La bella joven se reía tanto a la orilla del mar que, como la risa es la mayor provocadora de curiosidad, asomó su cabeza un tritón para ver lo que pasaba.

—¡Un tritón! —gritó ella.

Pero el tritón, tranquilo y sonriente, la serenó con la pregunta más inesperada:

—¿Quiere decirme qué hora es?

Ramón Gómez de la Serna
No. 113, Enero-Marzo 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 107

Carlos Isla

Carlos Isla

Nació en San Andrés Tuxtla, Veracruz, el 18 de noviembre de 1945; murió en la ciudad de México el 22 de septiembre de 1986. Poeta y narrador. Fue cofundador de la editorial La Máquina Eléctrica; fundador de Latitudes, de la Editorial Latitudes y de la colección El Pozo y el Péndulo. Colaboró en Batarro, Cedar Rock, Diálogos, Goodly Co., La Palabra y El Hombre, La Vida Literaria, Latitudes, Minnesota Review, Pan American Review, Pirámide, Plural, Revista Mexicana de Cultura, Revista Universidad de México, y Vuelta.

Obra publicada

Cuento: Las malas palabras, Cuadernos de Estraza, 1978. || Cuentos chinos, Latitudes, 1979. || Los líseres, SEP/CIDCLI, 1985.

Novela: Salto mortal, FEM, 1976. || La que se murió de amor, Fantasma, 1977. || Chucho el roto, Ela, 1980. || El tigre de Santa Julia, Universo, 1980. || La Valentina, Ela, 1980. || La Adelita, Ela, 1981. || Valentín de la sierra, Ela, 1981. || El tesoro de Moctezuma, Diana, 1982. || La banda del automóvil gris, Universo, 1983. || Mariano muerte, Universo, 1984. || Corta mechas: el mejor caso de Valente Quintana, Sodoma, 1986. || Crimen en el templo, Sodoma, 1986. || Memorias de un seductor joven, Sodoma, 1986.

Poesía: Gramática de fuego, FEM, 1972. || Domingo (en colaboración con C. W. Truesdale y Robert Bonazzi, edición bilingüe), Latitudes Press, Nueva York, 1974. || Maquinaciones, Joaquín Mortiz, 1975. || Copias al carbón, Latitudes, 1978. || La hora quieta, UNAM, Cuadernos de Poesía, 1982. || Raya en el agua (edición póstuma), Vuelta, 1992[1].

 

Bumerang


Tiene la manía de que está enfermo, lo dice a todo el mundo, el rumor corre y finalmente vuelve a él. Se entera así de que está muy grave, según dicen los demás. Entonces vuelve a lanzar la noticia en un tono catastrófico. Y finalmente, amplificada de boca en boca, la noticia lo alcanza por segunda vez, como un bumerang. De este modo se entera de que está muerto.

Dino Buzzati
No. 113, Enero-Marzo 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 101

Mark Twain

Mark Twain

(Samuel Langhorne Clemens; Florida, EE UU, 1835-Redding, id., 1910)

Escritor estadounidense. Aventurero incansable, encontró en su propia vida la inspiración para sus obras literarias. Creció en Hannibal, pequeño pueblo ribereño del Mississippi. A los doce años quedó huérfano de padre, abandonó los estudios y entró como aprendiz de tipógrafo en una editorial, a la vez que comenzó a escribir sus primeros artículos periodísticos en redacciones de Filadelfia y Saint Louis.

Con dieciocho años, decidió abandonar su hogar e iniciar sus viajes en busca de aventuras y, sobre todo, de fortuna. Trabajó como tipógrafo durante un tiempo en su región, para después dirigirse a Nueva Orleans; de camino, se enroló como aprendiz de piloto de un vapor fluvial, profesión que le entusiasmaba y que desempeñó durante un tiempo, hasta que la guerra de Secesión de 1861 interrumpió el tráfico fluvial, poniendo fin a su carrera de piloto.

Posteriormente se dirigió hacia el oeste, a las montañas de Nevada, donde trabajó en los primitivos campos de mineros. Su deseo de hacer fortuna lo llevó a buscar oro, sin mucho éxito, por lo que se vio obligado a trabajar como periodista, escribiendo artículos que enseguida cobraron un estilo personal. Su primer éxito literario le llegó en 1865, con el cuento corto La famosa rana saltarina de Calaveras, que apareció en un periódico firmado ya con el seudónimo de Mark Twain, nombre técnico de los pilotos que significa «marca dos sondas».

Como periodista, viajó a San Francisco, donde conoció al escritor Bret Harte, quien le animó a proseguir su carrera literaria. Empezó entonces una etapa de continuos viajes, como periodista y conferenciante, que le llevaron a Polinesia y Europa, y cuyas experiencias relató en el libro de viajes Los inocentes en el extranjero (1869), al que siguió A la brega (1872), en el que recrea sus aventuras por el Oeste.

Tras contraer matrimonio en 1870 con Olivia Langdon, se estableció en Connecticut. Seis años más tarde publicó la primera novela que le daría fama, Las aventuras de Tom Sawyer, basada en su infancia a orillas del Mississippi. Antes había escrito una novela en colaboración con C. D. Warner, La edad dorada (1873), considerada bastante mediocre.

Sin embargo, su talento literario se desplegó plenamente con Las aventuras de Huckleberry Finn (1882), obra ambientada también a orillas del Mississipi, aunque no tan autobiográfica como Tom Sawyer, y que es, sin duda, su obra maestra, e incluso una de las más destacadas de la literatura estadounidense, por la que ha sido considerado el Dickens norteamericano. Cabe destacar también Vida en el Mississippi (1883), obra que, más que una novela, es una espléndida evocación del Sur, no exenta de crítica, a raíz de su trabajo como piloto.

Con un estilo popular, lleno de humor, Mark Twain contrapone en estas obras el mundo idealizado de la infancia, inocente y a la vez pícaro, con una concepción desencantada del hombre adulto, el hombre de la era industrial, de la “edad dorada” que siguió a la guerra civil, engañado por la moralidad y la civilización. En sus obras posteriores, sin embargo, el sentido del humor y la frescura del mundo infantil evocado dejan paso a un pesimismo y a una amargura cada vez más patente, aunque expresada con ironía y sarcasmo.

Una serie de desgracias personales, entre ellas la muerte de una de sus hijas y de su esposa, así como un grave quebranto económico, ensombrecieron los últimos años de su vida. En una de sus últimas obras, El forastero misterioso, manifiesta que se siente como un visitante sobrenatural, llegado con el cometa Halley y que habría de abandonar la Tierra con la siguiente reaparición del cometa, tal como efectivamente sucedió[1].

Un pistolero del oeste


A veces, Jack Slade dejaba a sus enemigos sin molestarlos durante semanas y meses, sin hablar de la ofensa ni mirarlos con sonrisa agorera. Había quienes opinaban que actuaba así para que sus víctimas se confiaran y poderlas atacar de improviso. Otros, en cambio, afirmaban que Slade hacía durar al enemigo da la misma manera que un niño hace durar el caramelo, para disfrutarlo más tiempo, saboreándolo por anticipado.

Mark Twain
No. 113, Enero-Marzo 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 99

Villiers del ´Isle Adam

Conde de Villiers de l’Isle-Adam

(Jean-Marie Mathias Philippe Auguste, Saint-Brieuc, 1838-París, 1889)

Escritor francés. Autor de cuentos considerados como obras maestras del género, que presentan una novedosa síntesis de cuento filosófico, relato de terror, ciencia ficción y esoterismo, sus primeras obras (Dos ensayos de poesía, 1858; Primeras poesías, 1859) no permiten deducir lo que fue su producción posterior, una vez que hubo conocido a Charles Baudelaire (1859) y a Stéphane Mallarmé (1864), y descubierto la filosofía de Hegel. En 1866 colaboró en el Parnasse Contemporain. En 1867 fundó la Revue des Lettres et des Arts y escribió su primer «cuento cruel», Él intersigno». En 1870, tomó partido por la comuna. En 1883, la publicación de sus Cuentos crueles le valió cierta notoriedad, pero sus condiciones de vida siguieron siendo precarias hasta su muerte. Entre sus otras obras destacan: las novelas Isis (1862) y La Eva futura (1886); la novela corta Claire Lenoir (1867) y el drama Axël (1890)[1].

 

Catalina la dulce


Un hugonote que había jurado matar a Catalina de Médicis entró súbitamente en la recámara de ésta, que le pidió una gracia: que le permitiera rezar. El hombre consintió y la Regenta, en voz alta, rezó implorando el perdón para el asesino. Conmovido, el asesino dejó caer el cuchillo y se arrodilló. Catalina lo hizo levantarse.

—¿Qué queréis que haga? —sollozó el hombre.

—Vete, hijo mío —dijo Catalina con dulce e irresistible autoridad. Vete al cadalso.

Villiers del ´Isle Adam
No. 113, Enero-Marzo 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 95

Propósitos


Mientras se daba vigorosos pases con el cepillo pensaba en sus problemas. Esa mañana —como todas las demás— había discutido con su marido. Tenía que ser mas firme, más fuerte.

“Debo dejar de ser tan frágil”, pensaba en esto cuando su cabeza se zafó del cuello, hizo una parábola en el aire y cayó —con un golpe sordo sobre el tocador.

“Arnulfo”, le gritó a su marido.

Él suspiró fastidiado. Tomó la cabeza y la colocó en el cuerpo que, por cierto, aún sostenía el cepillo.

“También tengo que dejar de ser tan dependiente”, se dijo a sí misma mientras su marido le atornillaba la cabeza.

Virginia del Río
No. 113, Enero-Marzo 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 9

Collin de Plancy

Jacques Auguste Simon Collin de Plancy

(Plancy-l’Abbaye, 30 de enero de 1793 – París ? 6 de noviembre de 1887)

Fue un escritor, ocultista y demonólogo francés; editor de importantes trabajos sobre el ocultismo y la demonología.

Libre pensador influído por Voltaire, fue impresor-editor de libros en su villa natal Plancy-l’Abbaye. Entre 1830 y 1837 reside en Bruselas, y regresa a Francia para después renunciar a sus «errores» y retomar la fe católica.

Collin de Plancy siguió la tradición de muchos demonólogos previos, de catalogar a los demonios por el nombre y el título de nobleza, como sucedió con grimorios, Pseudomonarchia daemonum, y Las clavículas de Salomón entre otros.

En 1818 su obra más conocida, Dictionnaire Infernal, se publicó por primera vez, y en 1863 fueron agregados algunas imágenes que hicieron famosa la edición; éste es un libro sobre demonología, que contiene algunos dibujos imaginativos con respecto a la apariencia de ciertos demonios. Se considera uno de los trabajo más extensos como documentación de libros, hechos, cosas, personas, seres, apariencia, magia, comercio en el infierno, adivinaciones, ciencias ocultas, libros negros, los prejuicios, las tradiciones, los cuentos, las creencias en supersticiones, el sorprender, lo misterioso y lo sobrenatural[1].

 

El eterno retorno


Dos alemanes que en una taberna hablaban del gran Año Platónico, en el cual todas las cosas volverían a su primer estado, quisieron persuadir al dueño del lugar, que los escuchaba atentamente, de que no había nada más cierto que ese retorno cíclico, “de tal modo —decían— que dentro de los dieciséis mil años estaremos los dos bebiendo aquí, a la misma hora, bajo la misma luz, en este mismo cuarto”, y luego le pidieron que les diera crédito hasta entonces. El tabernero les respondió que estaba muy de acuerdo en ello; “pero —añadió—, puesto que hace dieciséis mil años que, día a día, hora tras hora, estáis bebiendo aquí, y os habéis ido sin pagar, cubrid vuestra deuda pasada y os daré crédito en el presente”.

Collin de Plancy
No. 113, Enero-Marzo 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 87

Notas de colores

De espalda al público, la seda del vestido negro moldea cuerpo y músculos que se balancean al ritmo de la batuta. La piel se eriza con las notas de la música de Tschaikowsky. Es su debut después de más de diez años de estudio y perfeccionamiento. Las luces del escenario queman su piel y suda copiosamente a causa de los nervios, pero sus sentidos están puestos en las notas que emiten los instrumentos al ser ejecutados por cada uno de los miembros de su orquesta.

Una nota estridente la estremece; su oído se ve afectado cuando la leche se derrama, el niño grita, el agua chorrea de la lavadora y la olla Express deja salir sus vapores ensordecedores.

Esther Vázquez Ramos
No. 113, Enero-Marzo 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 83

El origen de la vida


María le pidió a su madre que le explicara de dónde venían los niños. Entonces la madre la tomó en sus brazos y la introdujo en su vientre. Poco a poco la enorme barriga fue disminuyendo hasta que sólo quedó el vacío que la madre quizo colmar a través de la maternidad.

Dominique Menkes Bancet
No. 113, Enero-Marzo 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 81