Blanco


—Ven, acércate más, mírame bien. Estoy aquí, otra vez, para darte contigo. No me dejes así, tan pura, tan blanca, con ansia de tus pensamientos.

—No sé si pueda, me da miedo.

—Vísteme. Piénsame cubierta con el vestido negro que me inventas, mánchame con las ideas vertiginosas de tu mente. Trázame de nuevo.

—Tengo miedo de no hacerlo bien, tengo miedo al fracaso.

—Lo harás bien, lo sé, Acércate y penétrame en silencio, que sólo se oiga el ruido de tu cuerpo llenándome de ríos, pintándome de formas.

—¿Y si me quedo corto?, ¿si te falto?, ¿si me paso?

—Pon los ojos, la mirada, el universo, en tus manos y tócame. Dame la locura de tu gracia, dame la fluidez del sentimiento.

—¿Y si no puedo?, ¿si no te amo lo suficiente para volcarme, pervertirte, transformarte?

—Entonces vendrá otra a seducirte como lo hago yo ahora.

Se posará frente a ti y volverá el rito. Mirará, como yo, tus inseguridades, tus miedos, y te atrapará para que la inundes con tus desvaríos, para que le digas, te abras, le cuentes.

—No quiero tocarte y luego ver en ti mi fracaso. No quiero verte después y dejar de quererte. No quiero que seas mi espejo negro. Tengo miedo a ya no desearte.

—Dame tu alma dorada, tu mente infinita. Arriesga tu vida, el puño, la letra. Transfórmame, querido escritor, que quiero dejar de ser hoja blanca.

Edmée Pardo Murray
No. 117, Enero-Marzo 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 15

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