Las meigas


Estas dos mujeres, que aparecen cara a cara en la entraña lunar de la fotografía, han guardado silencio por un instante conciliador. Buscan establecer una comarca propia para reconocerse, para saberse ambas aprendices, ambas detentadoras de un antiguo poder.

Nadie parece turbarlas en el borroso interior que la fotografía apenas logra mostrar; nada parece interponerse entre ellas y el asumido deseo de mirarse, una a otra, largamente, ahora que el instante es un blando destello que se prolonga entre las dos, una extraña ramificación del árbol mayúsculo bajo el que se hallan detenidas, mirándose en silencio.

Sin embargo, una duda empaña la taimada contemplación: si cada de estas blancas mujeres, previsiblemente enlutadas, fuese la exacta réplica de la otra, ¿qué sería de nuestro mundo?

Jorge Esquinca
No. 117, Enero-Marzo 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 37

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Frecuentación de la muerte

María Estuardo fue condenada a decapitación el 25 de octubre de 1586, pero la sentencia no se cumplió hasta el 8 de febrero del año siguiente. Esa demora (sobre cuyas razones los historiadores todavía no se han puesto de acuerdo) significó para la infeliz reina un auxilio providencial. Dispuso de ciento cinco días y ciento cinco noches para imaginar la atroz ceremonia. La imaginó en todos sus detalles, en sus pormenores más ínfimos. Ciento cinco veces salió una mañana de su habitación, atravesó las heladas galerías del castillo de Fotheringhay, llegó al vasto hall central. Ciento cinco veces subió al cadalso, ciento cinco veces el verdugo se arrodilló y le pidió perdón, ciento cinco veces ella le respondió que lo perdonaba y que la muerte pondría fin a sus padecimientos. Ciento cinco veces oró, apoyó la cabeza en el tajo, sintió en la nuca el golpe del hacha. Ciento cinco veces abrió los ojos y estaba viva. Cuando en la mañana del 8 de febrero de 1587 el sheriff la condujo hasta el patíbulo, María Estuardo creyó que estaba soñando una vez más la escena de la ejecución. Subió serena al cadalso, perdonó con voz firme al verdugo, oró sin angustia, apoyo sobre el tajo un cuello impasible y murió creyendo que enseguida despertaría de esa pesadilla para volver a soñarla al día siguiente. Isabel, enterada de la admirable conducta de su rival en el momento de la decapitación, se pilló una rabieta.

Marco Denevi
No. 117, Enero-Marzo 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 29

Jorge Esquinca

JORGE ESQUINCA

(1957- ).

Nació en la ciudad de México en 1957.
En Guadalajara, Jalisco, donde radica desde hace muchos años, estudió ciencias de la comunicación en el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores.

Fue fundador de la Editorial Cuarto Menguante, de Guadalajara.

Poeta y traductor, en su producción lírica sobresalen los libros La noche en blanco (1983), Augurios (1984), Alianza de los reinos (1988), Paloma de otros diluvios (1990), El cardo de la voz (1991), L edad del bosque (1993) y Sol de las cosas (1993).

En 1998 reunió la totalidad de su producción poética en el volumen Paso de ciervo[1].

La iluminada


La que se encamina al mar con una lámpara encendida, ignora la presencia del faro. Su ignorancia es flor de invierno, voluntaria. Armada con la débil lumbre de su lámpara, ella va hacia el mar. No la distraen las voces del puerto, los guiños cómplices de sus hermanas, ni la tibieza inesperada de unas manos que la alcanzaron, anhelantes, en la penumbra del callejón. Pues la que va al mar, abriéndose paso con la llama incierta de su lámpara, sabe que ha de salvar nuestras vidas.

Jorge Esquinca
No. 117, Enero-Marzo 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 23