Arthur Koestler

Arthur Koestler

(Budapest, 5 de septiembre de 1905 – Londres, 3 de marzo de 1983)

 

Fue un novelista, ensayista, historiador, periodista, activista político y filósofo social húngaro de origen judío. Su nombre de nacimiento fue Kösztler Artúr, que cambió posteriormente a Arthur Koestler al nacionalizarse británico.

Vivió intensamente la revolución dirigida por Béla Kun, sintiéndose un “comunista romántico”. Tras la caída de la “Comuna”, escapó de Hungría con su madre y se instaló en Viena. Entre 1922 y 1929 se hizo sionista seguidor de Zeev Jabotinsky. Tras abandonar sus estudios, partió hacia Palestina para trabajar en un kibutz, pero no estaba preparado para las labores agrícolas. Regresó a Europa, a Berlín, donde ingresó clandestinamente en el Partido Comunista en 1931.

Viajó a la Unión Soviética pero al conocer el régimen de Stalin regresó en 1934. Estuvo como corresponsal del diario inglés News Chronicle en la Guerra Civil Española y fue detenido por los franquistas tras la caída de Málaga en febrero de 1937. Encarcelado en Sevilla, fue condenado a muerte y finalmente canjeado por la esposa del aviador del ejército nacionalista Carlos Haya, gracias a la mediación del Foreign Office. A la vuelta de la guerra civil española, abandonó definitivamente el Partido Comunista y se convirtió en un detractor acérrimo del comunismo. Participó en la Segunda Guerra Mundial donde, apresado por los nazis, fue internado en el campo de concentración de Vernet d’Ariège. Gracias a la ayuda de un miembro del Servicio de Inteligencia fue puesto en libertad condicional y se estableció en Marsella, desde donde consiguió pasar a Argelia y de allí a Casablanca e Inglaterra.

De su internamiento en el Vernet d’Ariège escribió La lie de la terre (1941).

Se interesó por la parapsicología, a la que dedicó sus libros Las raíces del azar y El desafío del azar.

Enfermo de leucemia y Parkinson, se suicidó en 1983[1].

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El dacapitador


Durante el reinado del segundo emperador de la dinastía Ming, vivía un verdugo llamado Wang Lung. Era un maestro en su arte, y su fama se extendía por todas las provincias del imperio. En aquellos días, las ejecuciones eran frecuentes, y a veces había que decapitar a quince o veinte personas en una sola sesión. Wang Lung tenía la costumbre de esperar al pié del patíbulo con una sonrisa amable, silbando alguna melodía agradable, mientras escondía detrás de la espalda su espada curva, para decapitar al condenado con un rápido movimiento cuando éste subiera al patíbulo.

Ese Wang Lung tenía una sola ambición en su vida; pero su realización le costó cincuenta años de intensos esfuerzos. Su ambición era decapitar a un condenado con un mandoble tan rápido que, de acuerdo con las leyes de la inercia, la cabeza de la víctima quedara plantada sobre el tronco, así como queda un plato sobre la mesa cuando se retira repentinamente un mantel.

El gran día de Wang Lung llegó por fin, cuando ya tenía setenta y ocho años. En ese día memorable tuvo que despachar de este mundo a dieciséis clientes para que se reunieran con las sombras de sus antepasados. Como de costumbre, se encontraba al pie del patíbulo, y ya habían rodado por el polvo once cabezas rapadas, impulsadas por un inimitable mandoble del maestro. Su triunfo coincidió con el duodécimo condenado. Cuando el hombre empezó a subir los escalones del patíbulo, la espada de Wang Lung relampagueó con una velocidad tan increíble, que la cabeza del decapitado siguió en su lugar, mientras subía los escalones restantes sin advertir lo que le había ocurrido. Cuando llegó arriba, el hombre habló así a Wang Lung:

—¡Oh cruel Wang Lung! ¿Por qué prolongas la agonía de mi espera, cuando despachaste a todos los demás con tan piadosa y amable rapidez?

Al oír estas palabras, Wang Lung comprendió que la ambición de su vida se había realizado. Una sonrisa serena se extendió por su rostro; luego, con exquisita cortesía, dijo al condenado:

—Tenga la amabilidad de inclinar la cabeza, por favor.

Arthur Koestler
No. 117, Enero-Marzo 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 89

Pesca de sirenas

Hundir el barco hasta el fondo del mar, si es preciso, hasta que la quilla repose sobre la negra arena del fondo, en medio de la oscuridad y del silencio. Se corre el riesgo de que el navío no vuelva más a flote. Pero si vuelve, en su arboladura, enredadas en las jarcias, habrá sirenas.

Marco Denevi
No. 117, Enero-Marzo 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 85

Ícaro

Cuenta la leyenda que al salir volando del laberinto, Ícaro se acercó tanto al sol que la cera que sostenía sus alas se derritió y él cayo al mar ahogándose. Lo que en realidad pasó fue que, hechizado por el fulgor del astro, Ícaro decidió fundirse con él. Ahora, convertido en un rayo solar, llega hasta el sitio más recóndito del laberinto para guiar a los que se han perdido y, algunas veces, hasta les presta sus alas para que puedan salir.

Bernardo Esquinca Azcárate
No. 117, Enero-Marzo 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 71