Hijas de Caín


La raza de Caín era una raza maldita; pero sus mujeres eran hermosas… ¿Cómo eran las hijas de Caín? Sin duda tenían esa belleza semidiabólica de las razas oscuras que en ciertas épocas literarias ha sido descrita con tanta elocuencia. Sin duda tenían una cabellera abundante, negra y ondulada, “como la cabellera anguiliforme de Medusa”, y unos ojos verdosos, indecisos, fríos, penetrantes, “humosos”, enigmáticos, bajo unas cejas unidas; y una nariz breve, de aletas movibles y palpitantes; y unos labios un poco gruesos, como una fruta roja partida en dos, fresa o cereza, fruta que es locura y delicia al morder; y unos dientes muy blancos y apretados, centelleantes, duros, crueles; y una sonrisa indefinible, que lo promete todo, que infunde inquietud invencible, que se burla cuando parece que llama; y una lengua ágil, que aparece entre los dientes apenas entreabiertos, y pasa, a veces, por los labios, “haciendo pensar en cosas oscuras y deliciosas”; y un desnudo “semiandrógino”, “adolescente”, de “estatua de palosanto”, con unos senos diminutos y erguidos, terminados “en rubíes, como gotas de sangre”; y unas manos y unos pies de niño, pero manos y pies que saben todas las cosas en la caricia y en la danza; y unos movimientos suaves, “felinos”, ondulantes, como “la oscilación de las caderas de Salomé” danzando ante Herodes Antipas, como las bayaderas javanesas que vio danzar Monsieur de Phocas, acompañando una visión de hachisch; serpentarios como los de la Serpiente del Paraíso, reveladora del Bien y del Mal; sinuosos y equívocos, anguis in herba; y una piel fina, suave y cálida, ardiente como de fiebre, una piel de noche del trópico; y un perfume intenso, “como de animal en celo”, como “de sándalo y canela mezclados”, y todos los aromas de los ungüentos de Esther, y al mismo tiempo, en el fondo, cierto imperceptible hedor de podredumbre de muerte; en una palabra, todas las seducciones, todas las embriagueces, todos los venenos —porque los extremos se tocan, porque la serpiente se muerde la cola— de las últimas decadencias, de las épocas moribundas que lo han agotado todo ya…

Vicente Risco
No. 29, Abril 1968
Tomo V – Año IV
Pág. 435

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