La venganza de Flaubert


Mi padre solía mandarme a la cocina para que viera si él se encontraba allá. Yo iba a buscarlo y regresaba para decirle que no. Insistía preguntando que si lo había buscado bien, y yo, motivada por la duda, volvía al lugar para cerciorarme. Los viajes podían repetirse dos o tres veces hasta que mi padre quedaba convencido. Entonces él soltaba una carcajada.

Hoy en la mañana, cuando desayunábamos en la cocina, me mandó a ver si se encontraba en su recámara. Regresé corriendo y asustada le dije: sí, estás allá y lo que estás haciendo es lamentable y vergonzoso; no debiste mandarme a mirar eso.

Mi padre dejó caer la servilleta sobre el plato y se fue a la recámara a ver qué era eso que estaba haciendo y que a mí me había disgustado tanto.

Adela Fernández
No. 113, Enero-Marzo 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 58

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