Flor roja

El combatiente alcanzó a sonreír, satisfecho, antes que las balas del terror lo aplastaran contra esa tierra ya empapada en sangre nueva, en sangre vieja, en sangre…

Muchos años después, un niño pasó por aquel sitio y cortó una flor roja… muy bella, muy roja; la contempló tranquilamente durante unos minutos, la guardó después en su mochila y, tras reacomodarse el fusil al hombro, continuó su marcha.

Hugo Carlos Martínez Téllez
No. 113, Enero-Marzo 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 71

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Después del combate


A Laura Vargas
Desde el primer instante que la vi en la corte de Esparta supe que jamás la olvidaría. Y desde ese instante, en los mares y el cielo de toda Grecia, su rostro me perseguía obstinadamente, desoladoramente. Por ella, diosa entre las mujeres, violé el sagrado pacto del hospedaje y manché la amistad. No me arrepiento. Si la rapté fue porque era el único modo de hacerla mía, y ahora —lo ven todos—, ilumina los campos de la murada Ilión.

Aún siento en el cuello la soga de Menelao, ramo de Ares, y si aún vivo no es por mi agilidad ni mi lanza, sino por afrodita de oro, que me ama y protege como a ningún mortal. Cómo voy a arrepentirme de mi acto, qué va; menos ahora que descubro en el cuerpo de Helena una columna de fuego. Volvería a repetir el rapto infinitamente. Volvería a la vida sólo por aquella noche, cuando dormí en sus ojos por primera vez. Volvería a luchar cien, mil, dos mil veces con todos los aqueos y mil más con Menelao, por revivir esta noche, cuando ella, Helena, me mordía sin piedad los miembros, y con lágrimas en los ojos, se quejaba britándome: “Ámame perro, cobarde, ámame hasta la muerte.”

Marco Antonio Campos
No. 113, Enero-Marzo 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 69

René de Obaldía

René de Obaldía

(Hong Kong, 1918)

Dramaturgo, novelista y poeta francés. Se trasladó a Francia con su madre a muy temprana edad, combatió en la Segunda Guerra Mundial y fue prisionero durante cuatro años en un campo de concentración en Silesia.

Después de la guerra se dedicó a la literatura, colaboró en numerosas revistas y publicó Midi (1949), una antología poética de inspiración surrealista que le valió el Premio Louis Parrot.

Otros premios subrayaron el éxito de sus novelas, todas de humor negro, normalmente satíricas y burlescas: Fugue a Waterloo (1956, Grand Prix de l’Humour Noir), narración del inicio y el fin de un amor; El centenario (1960, Prix Combat) y Banquet des méduses (1973). El autor es aún más conocido por sus originales comedias: Génousie (1960); Le vent du large (1964); Viento en las ramas de Sassafras (1965), parodia del western, representada en el teatro Gramont con M. Simon; Le poivre de Caïenne (1965), y Le sacrifice du bourreau (1967).

En sus obras teatrales, ligadas al Nouveau Théatre, tienen un gran peso la ironía, el sentido del absurdo y la desproporción, los juegos de palabras (por ejemplo en Génousie) y la inversión de las estructuras habituales del discurso, de forma que a menudo se le relaciona con Ionesco.

Sin embargo, sus obras teatrales, más que desmembrar el lenguaje tradicional, se construyen mediante el uso mixto y efectista de todos los recursos lingüísticos y literarios, tanto los tradicionales como los vanguardistas. Por ello, parece en la actualidad dotado de gran vitalidad, mientras que el antiteatro de Ionesco se acerca al agotamiento de su propia función histórica. De su obra poética destacan Les richesses naturelles (1952) y Innocentines (1976)[1].

 

El balón


Un alto muro separaba el patio de recreo de los chicos del patio de recreo de las chicas. Para esas criaturas que estaban entre los trece y los dieciséis años ¿qué mejor recreo que dejarlos estar juntos? Los maestros pensaban distinto. Y el muro, exasperando las diferencias de sexo, sugería uniones secretas.

Inútil pensar siquiera en escalar el muro. Por lo contrario, el balón desafiaba el obstáculo; viajaba maravillosamente de un patio al otro.

¡Oh juegos! ¡Minutos púberes! ¡Oh las redondeces latentes! ¡Las mudas de ropa!

Aquel balón parecía un balón honrado. De hecho, lo era. En cada despegue, cargado de sexualidad, ronroneaba. Principios machos y principios hembras se concentraban en su corazón. Finalmente iba tomando un aspecto singular. A veces volvía con barba, o dolores de barriga, ronchas, espinillas…

Por turnos, manifestaba rudezas ferruginosas, dulzuras lácteas, saltos de temperatura… El chico o la chica que lo lanzaba se estremecía de pies a cabeza.

—¡Confisco este balón! —dijo un día la institutriz.

¡Oh suplicios aéreos! ¡Pasiones de cristal! ¡Transparencias! ¡Oh la primera sangre cuya mancha cubre el universo! ¡Oh!

Pocos meses después, los alumnos notaron que la malvada maestra había ocultado el balón en su vientre.

Pero nadie se atrevía a reclamarlo.

René de Obaldía (traducción de José de la Colina)
No. 113, Enero-Marzo 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 63