Después del combate


A Laura Vargas
Desde el primer instante que la vi en la corte de Esparta supe que jamás la olvidaría. Y desde ese instante, en los mares y el cielo de toda Grecia, su rostro me perseguía obstinadamente, desoladoramente. Por ella, diosa entre las mujeres, violé el sagrado pacto del hospedaje y manché la amistad. No me arrepiento. Si la rapté fue porque era el único modo de hacerla mía, y ahora —lo ven todos—, ilumina los campos de la murada Ilión.

Aún siento en el cuello la soga de Menelao, ramo de Ares, y si aún vivo no es por mi agilidad ni mi lanza, sino por afrodita de oro, que me ama y protege como a ningún mortal. Cómo voy a arrepentirme de mi acto, qué va; menos ahora que descubro en el cuerpo de Helena una columna de fuego. Volvería a repetir el rapto infinitamente. Volvería a la vida sólo por aquella noche, cuando dormí en sus ojos por primera vez. Volvería a luchar cien, mil, dos mil veces con todos los aqueos y mil más con Menelao, por revivir esta noche, cuando ella, Helena, me mordía sin piedad los miembros, y con lágrimas en los ojos, se quejaba britándome: “Ámame perro, cobarde, ámame hasta la muerte.”

Marco Antonio Campos
No. 113, Enero-Marzo 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 69

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