Villiers del ´Isle Adam

Conde de Villiers de l’Isle-Adam

(Jean-Marie Mathias Philippe Auguste, Saint-Brieuc, 1838-París, 1889)

Escritor francés. Autor de cuentos considerados como obras maestras del género, que presentan una novedosa síntesis de cuento filosófico, relato de terror, ciencia ficción y esoterismo, sus primeras obras (Dos ensayos de poesía, 1858; Primeras poesías, 1859) no permiten deducir lo que fue su producción posterior, una vez que hubo conocido a Charles Baudelaire (1859) y a Stéphane Mallarmé (1864), y descubierto la filosofía de Hegel. En 1866 colaboró en el Parnasse Contemporain. En 1867 fundó la Revue des Lettres et des Arts y escribió su primer «cuento cruel», Él intersigno». En 1870, tomó partido por la comuna. En 1883, la publicación de sus Cuentos crueles le valió cierta notoriedad, pero sus condiciones de vida siguieron siendo precarias hasta su muerte. Entre sus otras obras destacan: las novelas Isis (1862) y La Eva futura (1886); la novela corta Claire Lenoir (1867) y el drama Axël (1890)[1].

 

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Catalina la dulce


Un hugonote que había jurado matar a Catalina de Médicis entró súbitamente en la recámara de ésta, que le pidió una gracia: que le permitiera rezar. El hombre consintió y la Regenta, en voz alta, rezó implorando el perdón para el asesino. Conmovido, el asesino dejó caer el cuchillo y se arrodilló. Catalina lo hizo levantarse.

—¿Qué queréis que haga? —sollozó el hombre.

—Vete, hijo mío —dijo Catalina con dulce e irresistible autoridad. Vete al cadalso.

Villiers del ´Isle Adam
No. 113, Enero-Marzo 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 95

Propósitos


Mientras se daba vigorosos pases con el cepillo pensaba en sus problemas. Esa mañana —como todas las demás— había discutido con su marido. Tenía que ser mas firme, más fuerte.

“Debo dejar de ser tan frágil”, pensaba en esto cuando su cabeza se zafó del cuello, hizo una parábola en el aire y cayó —con un golpe sordo sobre el tocador.

“Arnulfo”, le gritó a su marido.

Él suspiró fastidiado. Tomó la cabeza y la colocó en el cuerpo que, por cierto, aún sostenía el cepillo.

“También tengo que dejar de ser tan dependiente”, se dijo a sí misma mientras su marido le atornillaba la cabeza.

Virginia del Río
No. 113, Enero-Marzo 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 9