En la cruz


Oía gritos, gritos. El crucificado volvió la vista hacia sus pies y vio a María Magdalena, a María, madre de Santiago y José, a un ramo de mujeres.

Sobre su cabeza, en la cruz, se leía: ESTE ES JESÚS, REY DE LOS JUDÍOS. A sus flancos estaban crucificados dos ladrones.

Alzó de nuevo la cara y vio entre sombra la impresionante multitud que esperaba su muerte. El aire se llevaba y le llevaba insultos, befas, rumores. Oyó de pronto: “Si eres hijo de Dios, sálvate tú mismo.” Sacerdotes, escribas y ancianos lo escarnecían despreciativamente. Se sintió aturdido y pensó que lo mejor sería que acabara pronto. De súbito su vista se detuvo en un rostro que gritaba y reconoció a un mudo al que había hecho hablar. Trató de seguir los rostros en la multitud, y fijó cerca del templo a un ciego al que había hecho ver y cuyos ojos llameaban ahora de ira y de odio, y junto a él, embriagándose, a un leproso al que había sanado, y no muy lejos de ellos, a un paralítico al que devolvió la movilidad y que ahora se divertía haciendo gestos y ademanes obscenos. En ese instante, lleno de incomprensión y dolor, volvió los ojos hacia el cielo y gritó por última vez a su Padre.

Marco Antonio Campos
No. 113, Enero-Marzo 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 113

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