La valija


Sucedió que fuimos a comprar una valija y la única buena era demasiado cara.

—No importa —dije— compramos una del mismo tamaño aunque no sea de cuero; esa por ejemplo.

—Pero es muy fea —dijo mi mujer.

—Se le pone una funda.

—¿Y adentro? ¡Es ordinaria!

—Adentro se le hace un forro.

Pero mi mujer, que es una lógica impecable, dijo:

—Si hacemos una funda para afuera y un forro para adentro, ¿para qué compramos una valija?

Tenía razón y decidimos no comprar nada.

Caminamos unos pasos y ella se entreparó, me tomó del brazo y produjo esta hermosa conclusión:

—Si no hay valija en el medio, el forro tampoco se necesita.

—La funda, vista por dentro, puede quedar fea —aventuré yo, aplicando su premisa anterior; pero Isabel dijo:

—A la funda se le hace costura inglesa y queda reversible, con lo cual ya no hay ni forro ni funda, sino otra cosa, algo único y doble a la vez; aunque ye digo —agregó pensando intensamente— nuestra intención es llevar la ropa con la cual viajamos ¿no es así?

—Claro —dije yo.

—Y bueno, Fabián —se me quedó mirando— si la ropa sola ya es demasiado problema, ¿a qué complicarse la vida llevando otras cosas, y dobles, para peor?

Por ser fiel a esa lógica, es que traigo así, sobre los hombros. Yo sé. Parezco un ropavejero, un desgraciado, pero es por ser fiel a mi mujer. ¡Es tan inteligente!

Carlos Maggi
No. 93, Mayo-Junio 1985
Tomo XVI – Año XX
Pág. 680

Reflejo

Prav, entra al cuarto de baño. Se enfrenta al espejo.

Observa largo tiempo el reflejo de su imagen.

Saca de un costado de su cintura el revólver.

Apunta al espejo. Dispara. El cristal no se rompe, sólo despide fragmentos de piel, sangre, esquirlas de hueso.

Felipe Guadarrama Barragán
No. 93, Mayo-Junio 1985
Tomo XVI – Año XX
Pág. 668

La visita

Yo estaba leyendo en mi cama cuando ella apareció en el umbral. Lucía muy hermosa con su vestido antiguo, sus largos cabellos sobre los hombros y los ojos castaños iluminados por el perenne deseo; fue mi primera impresión, y en seguida el pensamiento rápido de que no habría podido entrar en la casa, pues todo permanecía cerrado, y ni siquiera el ladrido del perro habíame advertido su presencia. No soñaba, puedo asegurarlo; me encontraba tan lúcido como ahora. Pero ella clavó en mí sus bellos ojos atormentados y comenzó a hablar con esa voz sensual y enronquecida, mezcla extraña de súplica y apremio. Me dijo que volvía para siempre; que la perdonara; que me amaba con absoluta certeza; que había puesto fin a todos sus extravíos. No atiné a responder y sonreí, derrotado… Se acercó al lecho, nos besamos, se encendió la pasión con el voraz fuego de antaño y nos sumimos en la quemante desesperación del placer. Miré hacia el espejo colgado en la pared, y me dí cuenta con estupor que su imagen blanca y voluptuosa no se reflejaba en la clara superficie. El artero terror a lo efímero me golpeó desde las caricias. Comprendí todo de súbito, dolorosamente; Emma había abandonado sólo por un momento el ficticio mundo de la novela para escarnecerse por mi endémica infidelidad, para vengarse con las armas del rencoroso Amor del injusto y trágico destino a que la encadenó Flaubert en el alma innumerable de sus lectores.

Edmundo Moure Rojas
No. 93, Mayo-Junio 1985
Tomo XVI – Año XX
Pág. 655