La protección inútil


Lo sé muy bien, soy de una timidez enfermiza, estar en el mundo me es hierro, me es guijarro. Hasta el agua, casi siempre mi aliada, resbala seca y hostil contra estos labios que la quisieran almendra y encaje; al atardecer, bajo la luz ambigua que todavía me permite errar por la ciudad, el perfil de las nubes, ese perfil suavísimo, lacera brutalmente mi piel y me obliga a huir gritando, a refugiarme bajo los portales. Me aconsejan que viaje en subterráneo para mayor seguridad, o que me compre un sombrero de alas flotantes. De nada vale que me hablen con el tono que suscitan los niños, yo miro hacia lo lejos donde sin embargo hay una golondrina esperando para afilar sus tijeras en mi cuello. Los consejeros municipales han llegado a votar créditos para mi protección, la gente se preocupa por mí.

Gracias, señoras y señores, me gustaría retribuir tanta gentileza con ternura y civilidad: desgraciadamente ustedes estarán siempre allí y eso es acantilado a pique, máquina para moler la sombra, insoportable exageración de una bondad armada de garras de coral. Cada vez me parece más penoso complicar la existencia ajena, pero no queda ninguna isla desierta, ninguna arboleda de mala fama, ni siquiera un corralito para encerrarme en él y, desde allí, mirar a los demás bajo la luz de la alianza. ¿Tengo yo la culpa, oh tierra poblada de espinas, de ser un unicornio?

Julio Cortazar
No. 93, Mayo-Junio 1985
Tomo XVI – Año XX
Pág. 693

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Los cuatro fuegos


Fursa, nos dice Beda, fue un asceta irlandés que había convertido a muchos sajones. En el curso de una enfermedad fue arrebatado por los ángeles en espíritu y subió al cielo.

Durante la ascensión vio cuatro fuegos que enrojecían el aire negro, no muy distantes uno del otro.

Los ángeles le explicaron que esos fuegos consumirán el mundo y que sus nombres son Discordia, Iniquidad, Mentira y Codicia. Los fuegos se agrandaron hasta juntarse y llegaron a él; Fursa temió, pero los ángeles le dijeron: No te quemará el fuego que no encendiste. En efecto, los ángeles dividieron las llamas y Fursa llegó al paraíso, donde vio cosas admirables. Al volver a la tierra, fue amenazado una segunda vez por el fuego, desde el cual un demonio le arrojó el alma candente de un réprobo, que le quemó el hombro derecho y el mentón. Un ángel le dijo: Ahora te quema el fuego que has encendido. En la tierra aceptaste la ropa de un pecador, ahora su castigo te alcanzará.

Jorge Luis Borges
No. 93, Mayo-Junio 1985
Tomo XVI – Año XX
Pág. 690

Defensa


No su señoría —risas—, no arrojé a mi pobre y anciana tía al precipicio en su frágil silla de ruedas para satisfacer mis repulsivos instintos. Tampoco lo hice por la millonaria herencia que estaba a mi nombre. Es sólo que no soporto ver a una asquerosa y repugnante vieja estropajosa sufrir sin motivos. El ruido también fue bonito…

Mauricio-José Schwarz
No. 93, Mayo-Junio 1985
Tomo XVI – Año XX
Pág. 689

En la cabina telefónica


Entré a la cabina para telefonear y al ir a marcar el número vi que las cifras no estaban señaladas en la rueda, pero de todas maneras a riesgo de no llegar a acertar nunca, lo intenté. Fue mi mujer quien hablaba y estaba de buen humor. Al despedirme le pregunté si todo iba bien en casa: “Estoy a tu espalda”, me dijo. Volví la cabeza y era cierto.

A. F. Molina
No. 93, Mayo-Junio 1985
Tomo XVI – Año XX
Pág. 688

Hambre


Desperté con un apetito atroz e inaplazable; me dirigí a la cocina: el refrigerador estaba vacío; de una alacena obtuve un libro con decenas y docenas de sabrosísimas recetas; de inmediato lo herví en la olla de presión y luego puse la mesa dispuesto a darme un suculento banquete con sus páginas.

René Avilés Fabila
No. 93, Mayo-Junio 1985
Tomo XVI – Año XX
Pág. 685

Pär Fabien Lagerkvist

Pär Fabien Lagerkvist

(Växjö, Småland, 23 de mayo de 1891 – Estocolmo, 11 de julio de 1974).

Escritor sueco, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1951. Cultivó poemas, obras de teatro, novelas, cuentos y ensayos. Su obra se caracteriza por el pesimismo, la angustia, la indagación de la naturaleza humana y las constantes alusiones a la muerte.

Pär Lagerkvist nació en 1891 en el seno de una familia campesina de la provincia de Småland. Sus padres eran de educación tradicionalista, con profundas bases religiosas en la fe cristiana. De 1910 a 1912 estudia arte y literatura en la Universidad de Uppsala.

 Su interés hacia el arte lo llevan a viajar a París, donde estudia arte y conoce el movimiento cubista y expresionista.

 Durante la Primera Guerra Mundial, vivió en Dinamarca; allí escribió su primera obra teatral en 1917, llamada El último ser humano, así como Angustia, libro de poesía fuertemente inspirado en la guerra.

 A su regreso a Suecia, en 1919 se convierte en crítico de teatro en Estocolmo, donde escribe numerosos ensayos en prensa. Al mismo tiempo, continúa su obra literaria, que le acarrearía una gran aceptación entre el público y una no menor influencia en la literatura de su país.

 En 1940 sería llamado como miembro de la Academia Sueca. Ese mismo año recibe el título de Doctor Honoris Causa por la Universidad de Gotemburgo, y en 1951 gana el Premio Nobel de Literatura[1].