Edward Emily Gibbon

Edward Emily Gibbon

(8 de mayo de 1737 – 16 de enero de 1794)

Fue un historiador británico, considerado como el primer historiador moderno, y uno de los historiadores más influyentes de todos los tiempos.

Su obra magna, The History of the Decline and Fall of the Roman Empire (Historia de la decadencia y caída del Imperio romano), publicada entre 1776 y 1788, es un trabajo fundamental cuya influencia perdura hasta hoy en día, no sólo para comprender la evolución historiográfica sobre este tema —que no el estado de la cuestión, dado que la obra está, lógicamente, desfasada—, sino también como sólido hito metodológico en el estudio

Nacido en Putney, por entonces una ciudad junto al Támesis, cerca de Londres, Inglaterra. Su abuelo había hecho y perdido la fortuna familiar en la burbuja de los mares del Sur. Gibbon era hijo único, y en sus memorias se describe a sí mismo como un “muchacho enfermizo”. Su madre murió cuando él contaba con diez años, y su crianza y cuidado corrió a cargo de su tía Catherine Porten. Asistió al Kingston Grammar School, residiendo en la casa de su favorita “Aunt Kitty”, seguida de Westminster School. A los 14 su padre lo envió al Magdalen College de la Universidad de Oxford.

Gibbon no disfrutó de la atmósfera escolar y más tarde describió los catorce meses pasados allí como los menos provechosos de toda su vida. Lo más memorable de este periodo fue su conversión al Catolicismo el 8 de junio de 1753. “Desde mi juventud he sido aficionado a la disputa religiosa”, escribió más tarde.

Por su conversión al catolicismo fue expulsado de Oxford y su padre lo envió a Lausana, Suiza, bajo la tutoría de M. Pavilliard, pastor calvinista y tutor privado, donde permaneció cinco años, un tiempo que tendría un fuerte impacto en su carácter y su vida posterior. Rápidamente apostató de nuevo y regresó al Protestantismo. Su estancia en Lausana enriqueció la inmensa aptitud de Gibbon para el estudio y la erudición. Además conoció al único amor de su vida, la hija del pastor, una joven llamada Suzanne Curchod, que más tarde sería la esposa de Jacques Necker el ministro de finanzas francés y madre de Madame de Staël. Una vez más intervino su padre en su vida, que le negó el permiso para proponer matrimonio a la joven y exigió su regreso a Inglaterra. Gibbon escribiría: “I sighed like a lover, I obeyed like a son.”

A su regreso a Inglaterra Gibbon publicó su primer libro Essai sur l’Etude de la Littérature en 1758. De 1759 a 1763 Gibbon pasó cuatro años de servicio con la milicia de Hampshire. A finales de 1763 embarcó para una Grand Tour a Europa, que incluyó una visita a Roma. Fue allí, en 1764, que Gibbon concibió por primera vez la idea de escribir sobre la historia del Imperio romano. En 1772 su padre murió dejándole lo suficiente como para vivir desahogadamente en Londres. Empezó a escribir su historia en 1773 y el primer “quarto” de la Decadencia y Ruina apareció en 1776. La obra tuvo mucho éxito entre los intelectuales de su tiempo y provocó cierta polémica con las autoridades eclesiásticas. Los últimos tomos de la “Decadencia y caída del Imperio romano” aparecieron en 1788. Trabajó en su autobiografía hasta su muerte, en 1794.

Gibbon sufrió de una afección, que ahora se piensa que podría ser hydrocele testis, de acuerdo con el Manual de Merck. Produce la exudación de fluido de los testículos en proporciones extraordinarias. Gibbon ideó muchas maneras de retirar el fluido en años posteriores, pero la situación empeoró y se convirtió en algo más doloroso y vergonzoso. Su médico, que hacía mediciones, sacó una vez más de un litro de líquido de la protuberancia. Esta inflamación crónica le causó una incomodidad añadida en una época en que la moda tendía a los calzones ajustados. Se refiere indirectamente a esto en sus memorias cuando comenta: “puedo recordar sólo catorce días verdaderamente felices en mi vida” y “nunca estoy contento sino cuando escribo en soledad”. La higiene personal durante el siglo dieciocho era como mucho opcional. La humillación social que soportó como consecuencia de su necesidad de higiene y su protuberancia quedó registrada. En una época en que el valor del hombre era medido no solamente por el “corte de sus calzones” sino también por su equitación, Gibbon fue una figura solitaria. En un incidente se arrodilló ante una dama de la sociedad a la que iba a declararse. Ella protestó, “Señor, por favor, levántese.” Gibbon replicó: “Señora, no puedo.”[1]

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Del cielo musulmán


Setenta y dos huríes, o muchachas de ojos negros, de luminosa hermosura, floreciente juventud, virginal pureza y exquisita sensibilidad, serán creadas para el uso del más mezquino de los creyentes; un momento de placer será extendido a mil años, y las facultades del hombre serán aumentadas doscientas veces, para que sea digno de su felicidad.

Gibbon
No. 36, Mayo-Junio 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 403

Ars longa vita brevis


Entonces conoció Gerbert lo extenso del conocer y lo corto de la vida. “Ars longa vita brevis”. ¡y la fiebre del saber le devoraba! “Para saberlo todo, no basta la vida de un hombre…”, se dijo. Y el Diablo que le acechaba, según cuenta la leyenda, halló su momento psicológico para presentársele, como lo hizo, ofreciéndole toda la sabiduría y todo el poder de la tierra en breve plazo, a cambio de su alma; y Gerbert aceptó. Llevolo entonces el maligno a Córdoba; y allí, con la ayuda del demonio de la perseverancia y del de la penetración, aprendió el enigma de la escritura árabe cuyos caracteres se trazan al revés de las letras cristianas; el álgebra, ésta cábala de la proporción; la geometría, clave de los misterios de la forma; conocimientos todos ignorados de los buenos creyentes. Luego alcanzó el arte de construir una máquina que midiera el tiempo, para poder ponderar la rapidez o lentitud de los procedimientos de la Providencia. Vio las estrellas de cerca, gracias a las artimañas infernales, escudriñando así la obra del Creador en sus detalles; y acabó, por fin, por adquirir el arte mágico de atraerse las simpatías.

Pompeyo Gener
No. 36, Mayo-Junio 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 397

Vendedor de senos en oriente


Era interminable la mostración de bellezas, de matices, de agilidades, cuando el vendedor de senos, se daba cuenta de que era un rico o un entendido el que quería un par de senos, si no iguales, muy parecidos el uno al otro.

—Se puede llamar al perito —acababa diciendo—, se puede llamar al perito, para que haga los cálculos de la geometría y le demuestre que son iguales.

Ramón Gómez de la Serna
No. 36, Mayo-Junio 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 392