El principio


“—¿De dónde venía yo cuando tú me encontraste?” —preguntó el niño a su madre. Ella, llorando y riendo, le respondió, apretándole contra su pecho:

“—Estabas escondido en mi corazón, como un anhelo, amor mío: estabas en las muñecas de los juegos de mi infancia; y cuando, cada mañana, formaba yo la imagen de mi Dios con barro, a ti te hacía y te deshacía; estabas en el altar, con el Dios del hogar nuestro, y al adorarlo a Él, te adoraba a ti: estabas en todas las esperanzas y en todos mis cariños.

“Has vivido en mi vida y en la vida de mi madre. Tu fuiste creado, siglo tras siglo, en el seno del espíritu inmortal que rige nuestra casa. Cuando mi corazón adolescente abría sus hojas, flotabas tú, igual que una fragancia, a su alrededor; tu tierna suavidad florecía luego en mi cuerpo joven como antes de salir el sol, la luz en el Oriente.

“Primer amor del cielo, hermano de la luz del alba, bajaste al mundo en el río de la vida, y al fin te paraste en mi corazón.

“¡Qué misterioso temor me sobrecoge al mirarte a ti, hijo, que siendo de todos te has hecho mío, y qué miedo de perderte! ¡Así, bien apretado contra mi pecho! ¡Ay! ¿Qué poder mágico ha enredado el tesoro del mundo a estos mis débiles brazos?”.

Rabindranath Tagore
No. 36, Mayo-Junio 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 431

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