Esa tarde

El emisario llegó acompañado de dos hombres oscuros y ciertos resplandores —la pistola, casquillos de oro en los dientes (“uno pr cada cristiano”) y una luz fría que flotaba en sus ojos mientras hablaba—: “Óyeme bien, Mateo: dice el señor gobernador que no vuelvas a levantar más polvo con tus discursitos”

Esa tarde Mateo habló a los huelguistas. Al final de su discurso, cuando se sentía dueño de todas las palabras, un estallido le quebró el mundo, los sonidos, la luz…

Roberto Bañuelas
No. 65, Junio-Julio 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 604

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