El huevo cascado

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En la miseria un huevo es cena frugal y sueño tranquilo. Le cogí en mis manos y lo casqué para depositarlo en la sartén.

En lugar de la clara y la yema, salió un hombrecillo en todo semejante a mí.

Cascaba un huevo sobre la sartén y salía otro personaje, aún más pequeño, que también se me parecía, con un huevo en la mano.
Y así indefinidamente…

A. F. Molina
No. 65, Junio-Julio 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 609

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Fernando Jerez

Fernando Jerez

Fernando Jerez

Este narrador, pertenece a la generación literaria chilena, llamada “Los novísimos”. Fue becado por la Fundación Luis Alberto Heiremans para estudiar novela en un curso dictado por el notable novelista Manuel Rojas.

Algunas de sus obras reflejan los convulsionados días del Chile post 1970.

Durante años Fernando Jerez se autoexilió “en Chile”, se marginó de la vida literaria y dejó de concurrir a los lugares que frecuentan los escritores, Cuando reapareció, en 1983, sus amigos lo recibieron como a un exiliado retornado.

Dirigió la revista “Objetivos”.

Desde los 17 años cuando escribió “El bachiller extraño”, y luego por “Los sueños quedan atrás” (1960) hasta “Así es la cosa” (editado en México en 1974 y en Chile en 1983, mereció excelentes críticas. El autor tuvo por algunos años doble personalidad: la de funcionario de banco y la de escritor.

Por esta última colección de relatos recibió el Premio Municipal de Santiago, en 1984.

En 1996 y 1997 fue columnista del diario “Las últimas noticias”.

Varias veces director de la Sociedad de Escritores de Chile.

En 1992 asumió la coordinación general del Encuentro Internacional de Escritores “Juntémonos en Chile”.

Integró el Consejo Nacional del Libro y Lectura durante el período 1995-1997.

Monitor de talleres de lectura y creación literaria, entre los que cabe mencionar el Centro Penitenciario Colina I.

Ha participado en encuentros de escritores realizados en Chile y en el extranjero. Últimamente, en el Simposio de Literatura Chilena, “La difícil transición”, realizado en Alemania, en el mes de febrero, 1999.

Ha recibido distinciones literarias y también por su aporte a la cultura, su defensa de la libertad y la democracia[1].

 

Cumpleaños

Introducirse el día del cumpleaños entre azulejos y toallas humedecidas y polvos talco y desodorantes y agua colonias y pasarse el día entero escarbando el tiempo, rastrear su progresión en la bandeja de níquel descamada que sostiene la maquinilla de afeitar, las hojas, el hisopo, la gomina, el cepillo de dientes y los restos de pomada depilatoria que no utilizará Rosario. Y hurgar entre los objetos, esquivar el pañuelo de seda meciéndose en el colgador a causa del viento que ataca por la ventana del baño, tomar esa hoja de guillete que compraste ayer y oprimir los folios con la yema de los dedos y la seguridad absoluta de que no ocurrirá nada grave, porque ya anduvo por el rostro podando tallos negros y tallos blancos, y acercarse al espejo a ratificar que cada vez brotan más tallos blancos que negros; esa guillete no te sirve como ayer, cuando arrasaba durante meses las débiles pelusitas de la adolescencia y te daban el mejor rostro para encontrarte con ella en el paseo vespertino; ahora los filos sirven poco y brevemente (pese a toda propaganda que desnutre los programas de televisión). Y apretar los dientes confiado de que no caerá la placa al lavatorio, que no descubrirá la gruta marchita y su gesto atribulado.

Sin embargo, el cepillo de cerdas trabaja con facilidad sobre una derruida estructura de cabellos y el after shave se oculta en las arrugas hasta mucho después de haberte anudado la corbata que compraste hace quince años porque le gustaba a ella y… y cuando te sientes a la mesa a la hora del té (tu cumpleaños es un día domingo) y echas de menos la torta con adornos de frutillas… y recuerdes que hoy, por primera vez en treinta años, no amaneció a los pies de tu cama el paquete de regalos, solo entonces, te darás cuenta que, en efecto, Rosario ya cumplió todos sus años en el mundo de los vivos y que los hijos lejos de casa, todavía usan unas cuatro o cinco veces la misma guillete y que el alter shave resbala sobre la primavera del cutis sin que se les ocurra mirar nunca el calendario que está enrollado en el papel higiénico y que marca el día de tu cumpleaños.

Fernando Jerez
No. 65, Junio-Julio 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 608

Te recuerdo

por su espléndido pelo caído hacia delante, a la Verónica Lake; por la imposible expresión de tu sonrisa que sólo he contemplado en el mar; por los jeroglíficos de tus apuntes de psicología; por la mirada en que me crucificabas todas las tardes; por la ausencia de malevolencia hasta en tus actos deliberadamente malévolos; por la caja de pañuelos egipcios que me regalaste aquella tarde, aquella tarde de junio que no ha logrado esfumarse entre las demás tardes; por tu afición a los colores esotéricos de difícil ubicación mental; porque lloramos juntos aquella noche de lluvia interminable y nos reímos a la mañana siguiente como dos chiquillos que habían encontrado la senda; por la duda que me inspiró tu confianza y por la confianza que te inspiraron mis dudas; por el bien de haber querido conocerme sin detenerte en consideraciones de confort; por tu confianza en mi capacidad y por la acerada dureza de tus reproches; por la suficiencia con que externabas tus opiniones y por tu implacable desprecio hacia todo lo que significara afectación; por tu convicción de que, para bien o para mal, todo artista es un suicida que sobrevive; por el remordimiento de haber abandonado nuestra infancia seducidos por cosas lamentables; porque sucumbiste siempre deliciosamente ante la vacuidad de la moda; por el desdén con que veías las cosas tuyas cuando las veías en las otras mujeres; por tu manía de querer conciliar lo estético y lo erótico que feliz o infelizmente acabaste siempre traicionando; por la violencia que siempre sorprendí aún en la más imperceptible de tus caricias; porque acentuaste tu femineidad hasta lo increíble soñando en la dialéctica de ese amor que casi nos anonada; por nuestra presencia en aquel hotel-prostíbulo en el que se nos dispensó tan inusitada delicadeza; porque me hiciste llevar corbata la noche de tu graduación y, ríete, casi llegué a sentirme elegante; porque me enseñaste la prudencia de la serpiente y la sencillez de la paloma precisamente con tu múltiple y compleja actitud de mujer; por la ilusionada presencia de nuestros besos de los cuales nunca hicimos una finalidad; por aquella novela de Pío Baroja que leímos juntos y que, por un instante al menos, nos hizo olvidar nuestras mutuas discrepancias; por la interrogación que vi en tus ojos al despedirnos y por mis dudas que no accediste a satisfacer; por la maravilla del tiempo y del espacio en que se dio nuestro amor, te recuerdo, y por todas esas cosas que no es posible decir de ninguna manera.

Hilario Salazar
No. 65, Junio-Julio 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 606