La jaula sin pájaro

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Félix no entiende cómo es posible tener a los pájaros prisioneros en jaulas.

—Del mismo modo —dice— que es un crimen cortar una flor, y personalmente sólo quiero aspirar su perfume cuando se encuentra en su tallo, los pájaros están hechos para volar.

No obstante, compra una jaula y la cuelga en su ventana, le pone un nido de borra, un plato de semillas, una taza de agua pura y renovable. Le atañe un columpio y un espejito.

Y cuando, sorprendidos, lo interrogan, contesta:

—Cada vez que miro esta jaula, me felicito por mi generosidad, podría encerrar en ella a un pájaro y la dejo vacía. Si quisiera, un oscuro tordo, un pardillo elegante o cualquier otra de nuestras aves, sería esclava. Pero, gracias a mí, cuando menos una de ellas permanece libre. Siempre pasa lo mismo.

Jules Renard
No. 65, Junio-Julio 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 640

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Lectores… ¡Urgen…!

En virtud de que los escritores habíamos aumentado en forma tan considerable que ya se nos dificultaba el conseguir suficientes lectores, sobrevino la crisis ante el constante alud de obras que salían de las imprentas.
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Las personas amantes de la lectura, al darse cuenta de que la oferta de impresos sobrepasaba en mucho a la disponibilidad de lectores, principiaron a dictar sus condiciones a los autores y casas editoras, obligando a éstas a ofrecer una serie de ventajas económicas.

Por ejemplo, por leer un libro de hasta 300 páginas, un peso; por dos obras, un peso cincuenta, y así hasta un máximo de ocho libros por mes, en que el lector asiduo recibía una suma adecuada, según las posibilidades económicas de los autores y la resistencia y asimilación del lector asignado.

Desde luego que la lectura obligada de ciertos libros, como los didácticos sobre ciencias exactas, discursos políticos, liturgia religiosa o recetas de cocina, conseguían un sobresueldo especial que llegaba en ocasiones al 50%. En cambio, había personas que ofrecían apreciables descuentos a cambio de leer algo del boom latinoamericano.

El sistema funcionó así por algún tiempo, por más que los escritores, en aumento incontrolado, demandaban cada vez mayor número de lectores, con la lógica consecuencia de que se impuso la ley de la oferta y la demanda: los consumidores de libros aumentaron sus exigencias, ante la inflación desorbitada en el mercado de impresos, en relación con el número de lectores potenciales.
A estas alturas, los lectores avisados habían formado ya poderosas uniones y sindicatos que demandaron mayores prestaciones, cada dos años, en la firma del contrato colectivo con autores o imprentas.

No ayudó mucho para contener la proliferación de autores, la “píldora” intelectual que significó la supresión drástica de la carrera de filosofía y letras en todas las universidades del mundo, porque a la represión oficial, como defensa, el auto-didacta, que escribía y escribía, aún sin preparación académica; exigía igualmente lectores para sus obras.

El estado trató de poner un alto a las peticiones de los sindicatos de lectores; pero éstos contestaron con paros de ojos caídos y, más tarde, con la temida huelga general, en demanda de mayor ingreso por volumen a leer, sillones de hule espuma, tiempo extra, vacaciones pagadas, anteojos o lentes de contacto gratuitos, no más de seis horas de lectura diaria, semana de cinco días y seguro social pagado por los escritores.

Ante la gravedad de la situación, aumentó la intervención gubernamental, que llamó a lectores y autores a pláticas de avenencia en el Ministerio correspondiente, pláticas que se prolongaron indefinidamente, mientras las imprentas vomitaban sin descanso nuevos libros que formaban montañas gigantescas…

Frente a tal situación, fue declarada emergencia nacional restablecer el equilibrio entre producción de libros y de lectores. Después de discusiones interminables, propuestas y contrapropuestas, el gobierno y los abogados que representan a las partes, continúan aún en pláticas en el momento en que se escribe la presente crónica.

Por mi parte, el problema no me afecta. Ya conseguí por lo menos un lector…

Pedro López Amador
No. 65, Junio-Julio 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 638

Bulp

Experto geógrafo, miraba con una lupa poderosísima los círculos negros que marcan en los mapas las ciudades importantes. Llevado de una insana curiosidad, orienté el lente hacia la circunferencia que situaba en el plano a mi propia ciudad. Hubiera querido decir que, en su interior, me vi a mí mismo observando con fruición un mapa; pero no sucedió así. Decepcionado, aparté la vista del lugar para sentir, justo encima de mí, un enorme ojo que me estudiaba. Concienzudo lector de revistas especializadas, no me amilané; sabía lo que estaba sucediendo. Sin inmutarme, puncé con una varilla la abultada pupila que me escudriñaba para que, como lo había previsto, fuera mi propio ojo izquierdo el que se vaciara con un molesto y silbante silbido. Por último preferí dejarlo todo como estaba para no continuar con ese molesto juego de reacciones disparatadas que prometía nunca acabar.

Una mañana descubrí que una brillante película negra cubría por completo el mapa; atribuí el fenómeno al coqueto parche de terciopelo oscuro que, desde el día del accidente, oculta mi cavernosa cuenca izquierda.

Luis Arturo Ramos
No. 65, Junio-Julio 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 636

El pavo real

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Seguramente va a casarse hoy. Debió haber sido ayer. Ya estaba listo, vestido de gala. Sólo esperaba a su novia. No vino. No puede tardar.

Glorioso, se pasea con garbo de príncipe hindú, y lleva puestos los mejores regalos. El amor aviva el brillo de sus colores y su cauda tiembla como una lira.

La novia no llega.

El pavo real sube a lo alto del tejado y mira en dirección del sol. Lanza su grito diabólico:

¡León, león!

Así llama a su novia. No ve venir a nadie ni nadie le responde. Las aves de corral, acostumbradas, ni siquiera levantan la cabeza. Están aburridas de admirarlo. Él vuelve a bajar al patio, tan seguro de ser hermoso que es incapaz de rencor.

La boda quedará para mañana.

Y, no sabiendo qué hacer con el resto del día, se dirige hacia la escalinata. Sube los peldaños con paso oficial, como si fueran las gradas de un templo. Levanta su traje de cola muy pesada y ojos que no pueden despegarse de ella.

Repite una vez más la ceremonia.

Jules Renard
No. 65, Junio-Julio 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 632