Otro

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No soy yo. Pero sus conocidos me saludan en la calle.

Como en su misma mesa.

A la noche me acuesto en su cama.

Su mujer no le es infiel. Realmente somos iguales y yo mismo podría confundirme.

Ella tiene una forma extraña de gozar. Después se queda fría y duerme como un animalito.

A. F. Molina
No. 65, Junio-Julio 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 648

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El mejor uso

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Aquella mujer comía mucho, pero seguía adelgazando. Cuando bebía bastante cerveza, por unos instantes redondeaba su vientre. Pero enseguida se desinflaba de un eructo.

Estos avatares minaban su organismo y un día cayó vacía al suelo. Alguien la creyó un papel arrugado y, debido a su curiosa forma, la llevó a su casa y la dejó clavada a la pared con cuatro alfileres. Algunas noches la desprendía y la colocaba sobre la cama. Cada vez se fue aficionando más a esta costumbre, porque advirtió que abrigaba un calorcillo muy agradable. Además poseía unas extraordinarias dotes afrodisíacas que le daban la ilusión haber recobrado la juventud.

A. F. Molina
No. 65, Junio-Julio 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 647

De la máscara

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¡AYAYAYAY! Hay que velar la velada. El Tío Pedro y la Tía Águeda, su mujer, están sentados en un rincón, mientras su hija Consuelito baila por alguna parte. Una cinta de colores vivos desciende hasta la ancha nariz del Tío Pedro y lo incomoda. Al Tío se le ha muerto, por la tarde, una muela.

Las máscaras de risas rígidas pasan saludando con sus vocecillas mecánicas. ¿Cuál es Consuelito, piensa el Tío Pedro, Consuelito disfrazada de madama? A las doce de la noche fallece el carnaval, se quitan las máscaras, se dan los premios. El Tío Pedro podrá irse en paz a llorar su pérdida, que siente, en los huesos de la quijada, como una irreparable y dolorosa ausencia.

¿Cómo ha sucedido? La cinta de colores, desprendida, se le ha enredado amorosamente a la calva. Hay un corro en torno suyo de gentes que llevan, como si dijésemos, sus caras en las manos, que gritan y ríen en un rabioso regocijo. De la selva de brazos que gesticulan se desprende, agudo, incisivo, un índice que señala inflexible al Tío Pedro. Una voz insegura dice lentamente “vamos a la cara del triunfador, quítese la horrorosa máscara”. Y unas pinzas suaves tiran, tiran poderosamente de la desnuda nariz del Tío Pedro. Sudoroso, helado, el Tío Pedro sabe que es inútil, que nadie podrá arrancarle jamás la horrorosa máscara.

Eliseo Diego
No. 65, Junio-Julio 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 645