La inventora

Te espero. Yo, que no te conozco, te espero. Imagino la escena y en lugar de imaginarla parece que la recordara.

Tú llegas. Eres pequeña, morena, apenas tienes gestos: tu mirada abarca todo lo posible y te entretienes, antes de entrar, en dejar que tu mirada invente cosas a todo lo que me rodea.

Inventas una ventana grande, por ejemplo, y yo por ella te miro envuelto en tenues hojas que tú inventas para ese momento.

Inventas palabras también.

Y yo espero. Caminas apenas, y te acercas, pero ninguna palabra podrás decir hasta que las mismas palabras se digan.

Pienso, curiosamente, en que debo besarte. Que es el atardecer, que el viento sopla suavemente, que una canción se escribió hace mucho para este momento, que debo abrazarte, que debo decir antiguas palabras, dejarme estar en esa quietud de perdidos instantes.

Espero. Caminas —en esta historia que imagino o recuerdo, no sé— y sonríes. Apenas sonríes. Y entonces inventas mi cara, mi cuerpo, mis manos, mis gestos que se acercan y te abrazan, te besan, se dejan estar bajo la tenue llovizna del atardecer.

Y yo me miro y te miro. Abrazas mi memoria y tu invento, te quedas en él, despacio dejas de inventar cosas y regresas.

Apenas si puede alcanzarte alguna de mis voces. Parto junto a tu sombra. Me miro ir. Ningún invento queda en mis manos.

Vuelo.

Te espero.

No recuerdo si fue ayer o mañana.

Espero.

Vagamente se que me detendré en el tiempo, que olvidaré el viento, que escribiré un poema.

Alberto C. Vila Ortiz
No. 65, Junio-Julio 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 665

Disolución social

Antiguamente las cámaras fotográficas se revistieron de una particularidad especialísima que las llevó a la proscripción. Estos aparatos realizaban una síntesis exhaustiva de todos los conjuntos que se sometieron al juicio de la lente: todo aquello que resultara innecesario, feo, o no aportara nada a la composición, era borrado de la fotografía. El problema surgió cuando el inventor tomó una instantánea del gabinete presidencial: en la exposición sólo aparecieron 32 plumas fuente, una banda tricolor y un preservativo aún utilizable. También se inventó el delito que da título a este humilde breviario cultural.

Luis Arturo Ramos
No. 65, Junio-Julio 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 632

El poeta

Era un hombre que se volvía poeta en los plenilunios. Le crecía el cabello. Los ojos se le colmaban de brillos. Una palidez marfilínea le asaltaba en la cara. Estaba sujeto a los caprichos lunares como las corrientes oceánicas. También como los licántropos. Acostumbraba escribir sus versos en las arenas de las playas para que después las mareas se encargaran de borrarlo todo. Un día no pudo ver la luna llena por las nubes que cubrían el cielo. Tampoco los ojos se le llenaron de brillos. Murió de pena con los versos atorados en la garganta. Compadecido Dios le concedió la cabellera. Quedó flotando sobre el mar. Confundida con las algas.

Luis Arturo Ramos
No. 65, Junio-Julio 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 657

Hay cosas que me molestan

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Aquella mucama me sonrió al servirme el café y yo estaba necesitado de sonrisas femeninas.

Hacía tiempo que dormía solo y, aunque una sonrisa no sea necesariamente el principio de una aventura galante, sin sonrisas no existe ni el consuelo.

La maté con una botella de agua mineral.

Lo que más me extrañó fue que al quitarte el vestido no estuviera llena de ruedas, mecanismos y engranajes.

Le sacudí el polvo y me marché bastante aburrido.

A. F. Molina
No. 65, Junio-Julio 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 651