(sin título)

“Había una vez… truz”.

Carlos León
No. 37, Julio-Agosto 1969
Tomo VI – Año IV
Pág. 521

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Una gota de agua

Por ahí leí que un regaderazo de agua fría calma los nervios.

La cabeza me dolía hasta casi estallar, la vista se nublaba y punteaba, los oídos zumbaban, la mano temblaba. Necesitaba ese regaderazo o cualquier ruido me hará gritar y violentarme.

Me metí al baño…

Casi no me desnudé…

Abrí la llave de la regadera… ¡No caía agua!

Sentí estallar con el cuarto y girar sin rumbo y sin velocidad medible.

Reparé en una gota de agua que asomaba de la regadera. La ví enorme, sobre mi cabeza. Vi que aumentaba y aumentaba.

Si cayera sobre mí… ¡Me arrastraría en su caída! ¡Se perdería conmigo en la atarjea!

¡Mis manos  buscarían asirse a cualquier cosa sin asirse a nada, mis pies buscarían la tierra para apoyarse sin apoyarse, mis pulmones buscarían aire para llenarse y se llenarían de agua!

Perdido en oscurísimas cavernas, arrastrado y golpeado, atado, atormentado con corrientes eléctricas; gritando, corriendo, cayéndome y levantándome, viendo a las cosas de enormes tamaños, a los insectos aumentados y yo pequeño e indefenso… si la gota de agua cayera.

Si la gota de agua cae…

¡No debe caer!

Empezaba a aumentar de tamaño, pequeñísimas corrientes de líquido se le unían, pronto no resistiría su peso y caería… sobre mí.

Grité, lloré, corrí hasta toparme y dejar sangrantes las paredes del baño.

No alcanzaba la regadera, alguien la puso muy alta para perderme.

Alguien apretó las llaves y no podía cerrarlas.

La gota se balanceaba.

De mi frente cayeron gotas de sudor.

Me subí sobre mis piernas, después sobre un cajón salido de la nada y… Detuve la gota de agua, mojó mi mano y se perdió en mi brazo… No me arrastró.

Salí aliviado y satisfecho, ya nunca necesitaría un regaderazo de agua fría, solo un cajón o una silla y una gota de agua que disolver cuando sintiera un dolor agudo en el cerebro.

Jorge Fuentes
No. 37, Julio-Agosto 1969
Tomo VI – Año IV
Pág. 519

Escaleras

Para Freud, soñar con escaleras alude a una proyección del subconsciente, una desesperada tendencia del individuo hacia la altura, producto de actos fallidos, inhibiciones, o como paradójico fruto del —tan llevado y traído— complejo de inferioridad. Esto, claro, a mí no me inquieta porque nunca he soñado con escaleras. Lo deplorable es que, efectivamente tengo que subirlas.

Subir escaleras es tan rutinario. Lo hace todo el mundo. Todo el mundo que quiera llegar a alguna parte que no encuentre en tierra firme, por supuesto. Todos los días, al bajar o al subir (particular ambivalencia de las escaleras) se encuentra uno generalmente a las mismas personas, con eventuales variantes, pero al fin cuestión de caras más o menos.

Pero hoy será diferente. Y la idea, aunque no carente de cierto morboso atractivo, tiene la aterradora noción de lo desconocido. Iré solo, como siempre. Me plantaré en el inicio de los peldaños para hacer un análisis cuantitativo de los que tendré que subir, aún sin saber ahora donde terminan, si habré de encontrarme con alguien que intente detener mi ascenso, por el sólo prurito de molestar; si el pasamano estará en buenas condiciones (aunque el no estarlo no interrumpiría el propósito). Sin tener idea incluso de cuándo acabará mi vigor, del que echaré mano en todo el trayecto. He repasado hasta el cansancio las explicaciones que daré para justificar mi empresa y todas son esencialmente las mismas. Por otra parte, me inquietará darme cuenta de que nadie de que nadie tendrá fe; ni siquiera ese señor que incluye en sus cotidianas obligaciones un saludo afectuoso para mí; ni aquel otro que a pesar de no saber siquiera quién soy me desea cálidamente “buenos días”, ni los que definitivamente no me saludan.

Hoy satisfaré por fin el deseo de penetrar más allá de los peldaños conocidos de esa interminable escalera, mitad laberinto, mitad otras muchas cosas sin sentido, que lo tienen precisamente por no tenerlo. Iré vestido de la misma manera para despistar; aunque se rumora, lo se, que me impulsan afanes inconfesables. Posiblemente, digo yo.
¿El elevador? Tonterías.

Hoy, pues, todo será diferente.

Moisés Coronado
No. 37, Julio-Agosto 1969
Tomo VI – Año IV
Pág. 518