Welliana

Los últimos en aparecer eran de un color azul iridiscente. Con sus enormes patas mecánicas aplastaron automóviles y tranvías. Ya para entonces se había extinguido entre los habitantes de la ciudad hasta el último vestigio de duda.

Enrique Escalona
No. 37, Julio-Agosto 1969
Tomo VI – Año IV
Pág. 558

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El hombre

Toda su vida estuvo tratando de entender; pero se lo impedía su propia prisa. Hasta que se detuvo, y las cosas empezaron a tener sentido, porque su muerte estaba próxima.

Isaac Matus
No. 37, Julio-Agosto 1969
Tomo VI – Año IV
Pág. 555

El más corto cuento cruel

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Desfile patriótico. Cuando pasa la bandera, un espectador permanece sin descubrirse. La muchedumbre rezonga, lego grita: “¡El sombrero!” y se lanza contra el recalcitrante, que persiste en menospreciar el emblema nacional. Algunos patriotas le darán su merecido… Se trataba de un gran mutilado de guerra que tenía amputados los dos brazos.

Villiers del´Isle-Adam
No. 37, Julio-Agosto 1969
Tomo VI – Año IV
Pág. 551

Los sustitutos

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Esta vez, todo había terminado. Los hombres no realizaban ya ningún trabajo, las máquinas los sustituían por completo. Vivían retirados en sus refugios antirradiactivos y lentamente iban paralizándose, sin fuerzas siquiera para procrear. Pero esto no les importaba, puesto que los robots les proveían de todo lo que podían necesitar.

Así, los últimos hombres terminaron muy pronto por atrofiarse completamente. Entonces los autómatas los eliminaron tranquilamente. Después de tantos siglos desde que el hombre los creara, esperaban con ansia ese momento.

Después pensaron que al fin podrían descansar. Pero muy pronto se dieron cuenta de que para ello necesitaban servidores.
Así, inventaron a los hombres.

Bernard Pechberty
No. 37, Julio-Agosto 1969
Tomo VI – Año IV
Pág. 543

En el lecho

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La enfermedad que tengo me condena a la inmovilidad absoluta en el lecho. Cuando mi malestar adquiere proporciones excesivas que van a desequilibrarme, he aquí lo que hago: aplasto mi cráneo y lo extiendo ante mí, lo más lejos posible, y cuando está bien aplanado, saco mi caballería. Los cascos golpean fuerte sobre ese suelo firme y amarillento. Los escuadrones toman inmediatamente el trote, y piafan y cocean. Y ese ruido, ese ritmo claro y múltiple, ese ardor que respira el combate y la Victoria, encantan el alma del que está clavado al lecho y no puede hacer ni un movimiento.

Henri Michaux
No. 37, Julio-Agosto 1969
Tomo VI – Año IV
Pág. 542

Navidad en Technicolor

Amo la Navidad sobre todas las cosas. La amo apasionadamente porque se viste con mil colores que alocadamente irrumpen por la ventana de mi habitación, llenándola —como afirma mi madre— de fiesta y de embriagueces dedicadas a los ojos de los hombres…

Amo la Navidad porque en el más acogedor rincón de mi casa, al lado de los leños que en la chimenea dan pequeños grititos de gozo al dejarse acariciar la piel por la sensual lengua de las llamas, está el verde esmeralda del Árbol de Navidad: verde en sus ramas, plateado en sus hojas abrazadas por el heno y las esferas multicolores; blanco por el ingenuo algodón que aspira ser escarcha femenina; luminoso como soles por el polvo de oro con que maquillan el césped simulado en el que se clava su tronco color tabaco…

Amo la Navidad porque para mí es luz y color; porque es cohete travieso que estornuda y arroja cascadas de arenitas policromas; porque es velita de cera, pudibunda y discreta, que parpadea con el pabilo que le ilumina el talle esbelto y colorado… porque es piñata de mejillas ruborizadas y vientre de barro acariciado con corsets de papel crepé y de china de mil colores… porque es caramelo de menta blanca, de sonrosado sabor a fresa y de tierno verde limón…

Amo la Navidad porque es cascada infinita de luz, de brillo, de estrellas parpadeantes, de estallidos cromáticos de serpentinas y de mil colores que me guiñan el ojo desde su refugio de confites…

Amo la Navidad porque mi madre así me la describe jubilosa, mientras, sin vida, sin luz ni calor… mis ojos muertos y ciegos por el tracoma, se agitan nerviosos y navideños dentro del silencio de sus cuencas agigantadas e insensibles…

Héctor Manuel Romero
No. 37, Julio-Agosto 1969
Tomo VI – Año IV
Pág. 536

El abrazo

—Qué potencia, —pensaba Gumaro, —nunca pensé que fuera tan fuerte. ¡Cómo me estrecha! Pero, ¡que fría! —¡Espera, afloja un poco, casi no puedo respirar! Nunca quise llegar a esto, sólo deseaba jugar un poco…

Encontraron el cadáver en la cabaña solitaria; la anaconda asesina estaría a esa hora dormitando en algún apartado lugar de la selva.

Efraín Boeta S.
No. 37, Julio-Agosto 1969
Tomo VI – Año IV
Pág. 533

La mano

Cuando llegó a la cripta, final de su camino, notó que le faltaba una mano. “Mi mano”, gritaba con todas sus fuerzas, “mi mano”. Pero aquellas gentes que sostenían el féretro y esas otras que no cesaban de llorar junto a su caja, no lo oían. Quiso empujar la tapa y se dio cuenta que también su mano derecha había desaparecido.

José Salinas
No. 37, Julio-Agosto 1969
Tomo VI – Año IV
Pág. 554

Mañana

Siendo sábado, por la tarde, mi pequeño hijo Juan me preguntó.

—¿Mañana será domingo?

—No, mañana será viernes —le contesté por confundirlo, pero el niño no hizo alguna objeción.

Al día siguiente empecé a vivir, repitiéndose, todo lo que ya había vivido el viernes, pero al revés.

Eugenio Trueba
No. 37, Julio-Agosto 1969
Tomo VI – Año IV
Pág. 532